La psicología revela qué hay detrás de un “muchísimas gracias” por un pequeño favor

Detrás de una gratitud desmedida suelen esconderse la baja autoestima, miedos del pasado o la presión de quedar en deuda

Dos mujeres en la entrada de un edificio donde una sostiene la puerta abierta y la otra sonríe con una mano en el pecho.
Una mujer da las gracias a otra persona que sostiene la puerta de un edificio. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Seguramente conoces a alguien que, ante el gesto más cotidiano e insignificante —como sostenerle la puerta del ascensor o prestarle un bolígrafo—, responde con una efusividad desmedida y repite “muchísimas gracias” como si le hubieses salvado la vida. Aunque la reacción inmediata suele ser atribuir esta conducta a una educación impecable, a un carácter afable o a una amabilidad extrema, la psicología sugiere que en muchas ocasiones hay dinámicas emocionales, aprendizajes profundos y vivencias del pasado mucho más complejas en juego.

Para comprender en detalle este fenómeno, la psicóloga Leticia Martín Enjuto, directora del Centro de Psicología que lleva su nombre, abordó el tema en una entrevista con el portal Cuerpomente. Según la especialista, una gratitud desproporcionada no siempre refleja únicamente una excelente cortesía: “En algunos casos, detrás de ese ‘muchísimas gracias’ puede haber bastante más que educación o gratitud”, señala, aclarando que la manifestación externa responde a cómo cada individuo percibe el apoyo ajeno.

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Uno de los motores principales detrás de este comportamiento es la sensación de estar contrayendo una deuda involuntaria. Para ciertas personas, aceptar un favor no se vive como una interacción fluida, sino como un compromiso implícito. “Para ciertas personas recibir ayuda puede resultar incómodo”, explica la psicóloga, ya que sienten que adquieren un compromiso que solo se salda devolviendo el gesto o demostrando un agradecimiento constante. “Por eso, algo que para el otro ha sido un gesto completamente natural puede generarles bastante movimiento emocional”, asegura.

Una pensionista habla por teléfono con su nieto. (Freepik)
Una mujer habla por teléfono. (Freepik)

La incomodidad de pedir ayuda

Asimismo, las vivencias durante la infancia o etapas tempranas juegan un rol determinante. “Hay personas que se han acostumbrado desde muy pequeñas a hacerlo todo solas, a no pedir demasiado y a intentar no molestar a nadie”, comenta la experta. Si además han crecido en entornos donde la ayuda conllevaba un costo o un reclamo posterior, aprenden a desconfiar de la generosidad desinteresada. De adultos, “ese aprendizaje puede mantenerse incluso cuando la realidad es completamente diferente y la persona que ayuda no espera absolutamente nada a cambio”, añade.

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El temor a convertirse en una molestia es otra variable fundamental. “También puede existir un miedo bastante profundo a molestar”, sugiere la psicóloga. Ante cualquier favor, surgen pensamientos como “no quiero dar trabajo” o “seguro que estoy abusando”. En estos casos, “el agradecimiento excesivo se convierte entonces en una manera de tranquilizarse y de asegurarse de que la otra persona sabe que no dan por hecho su ayuda”.

Una mujer y un hombre parados en una vereda urbana sostienen vasos con tapa, frente a edificios y automóviles en la calle.
Una mujer y un hombre sostienen un café. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por otro lado, la falta de confianza en uno mismo condiciona cómo se procesa el apoyo recibido. “Cuando alguien no confía demasiado en sus propias capacidades, necesitar ayuda puede reforzar la idea de que no es suficientemente capaz”, explica la especialista, lo que puede llevar a interpretar un gesto mínimo como una prueba de las propias limitaciones.

La psicóloga aclara que dar las gracias de forma efusiva no implica que exista un problema. La clave reside en la vivencia interna: “Si aceptar ayuda genera culpa, ansiedad, vergüenza o una necesidad constante de compensar al otro, quizá haya algo más profundo que trabajar”, concluye.

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