El calor ha comenzado a descender después de un verano récord, que ha dejado más de 5.000 muertes atribuibles a las altas temperaturas y una temporada de incendios forestales con graves consecuencias. Entre el 1 de enero y el 31 de agosto de este año han ardido un total de 265.635 hectáreas, según los últimos datos publicados por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco), frente a la media de 217.711 que se quemaron en ese periodo de 2025. En estos ocho meses se han producido 44 grandes incendios, los que superan las 500 hectáreas.
Ahora que el riesgo de incendios ha bajado, comienza una etapa menos visible, pero decisiva para el bosque, ya que después de las llamas el terreno queda expuesto, con la vegetación reducida a cenizas y restos de madera quemada. El fuego también altera las capas superficiales del suelo, donde se concentra la materia orgánica y viven microorganismos esenciales para su equilibrio. Y, aunque la vegetación suele comenzar a recuperarse poco después del incendio, la reconstrucción de un bosque, en cambio, puede requerir entre 30 y 50 años, según las especies afectadas y las condiciones del terreno.
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“Las llamas provocan una mortalidad inmediata de plantas y eliminan la cubierta vegetal que protege el suelo frente a la erosión. Aunque muchas especies cuentan con mecanismos de adaptación —semillas resistentes al calor, órganos subterráneos capaces de rebrotar o cortezas gruesas, como en el caso del pino canario—, la recuperación depende de que el ecosistema disponga de tiempo suficiente”, explica a Infobae Jesús Notario del Pino, profesor titular del departamento de Biología Animal, Edafología y Geología de la Universidad de La Laguna, en Tenerife.
El fuego, aclara, también provoca una esterilización parcial del suelo inducida por el calor, de forma que los microorganismos mueren en los primeros centímetros del suelo. “La pérdida de microorganismos, artrópodos y materia orgánica genera una pérdida temporal de fertilidad. Parte de los nutrientes queda disponible en las cenizas, pero la restauración del terreno queda condicionada por la lluvia, la disponibilidad de agua y el riesgo de erosión tras el incendio”.
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El mayor problema surge “cuando las llamas regresan antes de que el bosque se haya recuperado”, añade Notario del Pino, porque los daños se acumulan. Un ejemplo es la Sierra de la Culebra, en Zamora, que sufrió graves incendios en 2022 y volvió a verse afectada en 2025 entre la frustración de los vecinos por el abandono.
“Los ecosistemas pueden estar adaptados a una determinada frecuencia de incendios, pero la repetición anual o cada pocos años acumula daños y compromete su capacidad de regeneración. Ese deterioro no siempre se percibe de inmediato, sino que puede hacerse visible a lo largo de décadas”, aclara el docente.
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Por otro lado, los árboles que sobreviven a las llamas suelen quedar debilitados y, durante los años posteriores al incendio, se vuelven más vulnerables a plagas y enfermedades, explica José Valentín Roces-Díaz, profesor de la Universidad de Oviedo, en declaraciones a la agencia Science Media Centre. “El incendio también afecta a los procesos de funcionamiento del propio ecosistema, ya que la eliminación de la cubierta vegetal afecta a la producción primaria, al carbono almacenado o al ciclo hidrológico, con cambios en la infiltración del agua y la escorrentía”, señala el también investigador en el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB) del CSIC-Universidad de Oviedo.
Un incendio “no siempre equivale a una catástrofe ecológica”
Aun así, el ingeniero forestal Víctor Resco, profesor de Ingeniería Forestal en la Universidad de Lleida, aclara que un incendio no siempre equivale a una catástrofe ecológica. “El fuego forma parte de los procesos naturales de muchos ecosistemas desde hace miles de años”, señala, aunque advierte de las graves consecuencias sociales, económicas y sanitarias que pueden causar los grandes incendios.
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La alteración de los recursos hídricos también es una de las consecuencias ambientales relevantes de los incendios, advierte Resco, de forma que las lluvias que ya han comenzado a caer en numerosos puntos de España pueden arrastrar sedimentos, cenizas y otros compuestos presentes en el suelo hacia ríos, embalses y otras masas de agua. El barro eleva la turbidez, mientras que las cenizas y determinadas sustancias químicas pueden alterar el pH y afectar la calidad del agua, por lo que el impacto no se limita a las aguas superficiales. “Parte de esos materiales puede infiltrarse en el terreno y alcanzar los acuíferos, con posibles efectos sobre las aguas subterráneas”, concluye.
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