
Todas las personas tenemos preferencia por cierto tipo de comida, ya sea porque nos agrada su sabor, su textura, su calidad, sus nutrientes…, y tiene una explicación. Según un nuevo estudio de la Universidad Técnica de Dresde (TUD), en Alemania, la respuesta no tiene que ver con que esa comida sea objetivamente mejor, sino con un mecanismo mucho más simple: la costumbre de repetir lo que ya elegimos antes.
La investigación, publicada en la revista Communications Psychology y liderada por el profesor Stefan Kiebel, especialista en neurociencia computacional cognitiva, analizó el comportamiento de más de 700 personas a través de nueve tareas de decisión diseñadas específicamente para el estudio, además de seis conjuntos de datos publicados anteriormente. El objetivo era entender cómo aprendemos a valorar distintas opciones en un contexto determinado y qué ocurre cuando esas mismas opciones vuelven a aparecer, pero combinadas de forma distinta.
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Durante décadas, buena parte de la psicología ha asumido que las personas toman decisiones “irracionales” porque comparan mal el valor relativo de las opciones disponibles. El equipo de Dresde propone una explicación diferente: muchas de esas preferencias que parecen ilógicas no nacen de una mala comparación de valores, sino de la simple tendencia a repetir una acción que ya elegimos antes en una situación parecida. En lugar de evaluar cada vez, desde cero, todas las ventajas y desventajas de cada alternativa, el cerebro recurre a un atajo: recuerda qué eligió la última vez y tiende a repetirlo.
<b>Repetir hace que algo “parezca” mejor</b>
Ese hábito puede hacer que sigamos prefiriendo una opción concreta incluso cuando el contexto ha cambiado y existen alternativas iguales o mejores. Uno de los hallazgos más llamativos del estudio, según explica Ben Wagner, autor principal del trabajo, es la fuerza con la que la simple repetición puede transformar nuestras preferencias. Las opciones elegidas con más frecuencia no solo terminaban siendo las preferidas, sino que además los participantes las calificaban como objetivamente mejores, aunque no lo fueran.
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Esto significa que la costumbre no se limita a hacer que sigamos comprando el mismo pan o pidiendo el mismo plato: también moldea la percepción que tenemos de esa elección, haciéndonos creer que la preferimos por sus cualidades y no simplemente porque ya la elegimos antes. El acto de repetir termina generando su propia justificación, un círculo en el que la costumbre alimenta la creencia de que lo elegido es, efectivamente, lo mejor.
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Aunque el estudio se basó en tareas de decisión controladas en laboratorio, sus autores señalan que el hallazgo puede ayudar a explicar comportamientos cotidianos que a menudo parecen poco racionales: por qué volvemos siempre al mismo supermercado, por qué mantenemos las mismas rutinas o por qué, sí, seguimos pidiendo el mismo plato durante años aunque haya opciones mejores en la carta. Esta idea tiene implicaciones que van más allá de la curiosidad psicológica: entender que la repetición por sí sola puede fijar preferencias —y no solo el valor real de lo elegido— resulta útil tanto para la psicología del consumidor como para quienes diseñan entornos en los que las personas toman decisiones de forma habitual, desde supermercados hasta aplicaciones o menús de restaurante.
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<b>Un atajo mental, no un fallo</b>
Lejos de tratarse de un simple error de la mente, los investigadores plantean que este mecanismo de repetición podría ser, en realidad, una estrategia eficiente: evaluar todas las opciones disponibles cada vez que decidimos algo sería costoso en tiempo y energía mental. Repetir lo conocido, en cambio, simplifica el proceso y libera recursos mentales para otras tareas.
El precio de ese atajo es quedarnos atados a elecciones pasadas, incluso cuando el mundo o el menú ha cambiado a nuestro alrededor. Así que la próxima vez que pidas “lo de siempre”, quizá no sea porque de verdad sea lo mejor, sino porque, sencillamente, es lo que ya elegiste la última vez.
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