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Las cazadoras de eclipses: las mujeres que desafiaron las barreras de la ciencia para estudiar el cielo

Una historia que comienza con una “bruja” de la antigua Grecia y llega hasta las astrónomas que recorrieron el mundo para observar este fenómeno

Annie Russell Maunder usando sus dos cámaras para fotografiar el eclipse total de Sol del 28 de mayo de 1900. (British Astronomical Association)
Annie Russell Maunder usando sus dos cámaras para fotografiar el eclipse total de Sol del 28 de mayo de 1900. (British Astronomical Association)
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Durante siglos, los eclipses despertaron miedo, supersticiones y todo tipo de explicaciones. Se creyó que podían anunciar desgracias, provocar enfermedades o incluso poner en peligro un embarazo. Pero mientras unos miraban al cielo con temor, otros intentaban entender qué ocurría. Entre ellas, también hubo mujeres que tuvieron que abrirse paso en una ciencia que durante mucho tiempo les estuvo prácticamente vetada.

Algunas predijeron eclipses cuando ese conocimiento todavía era extraordinario; otras construyeron modelos para explicar el movimiento de los astros y, ya en el siglo XIX, viajaron miles de kilómetros para fotografiar eclipses y recoger datos. Muchas, sin embargo, terminaron eclipsadas por sus compañeros, supervisores o maridos.

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Cuando predecir un eclipse parecía brujería

El ejemplo más antiguo aparece entre los siglos II y I a.C., en la región griega de Tesalia. Allí habría vivido Aglaonice, una astrónoma cuya existencia no está confirmada y que aparece mencionada en los escritos de Plutarco. Se la vinculó con las llamadas “brujas de Tesalia”, mujeres a las que se atribuía la capacidad de “bajar la Luna”, según recoge SINC. Sin embargo, una interpretación posterior apunta a que era la capacidad de predecir eclipses.

Los babilonios ya habían calculado los periodos de repetición de estos fenómenos, los llamados ciclos de saros, y es posible que Aglaonice hubiera tenido acceso a esos calendarios. Pero en una época que apenas daba crédito a los conocimientos de las mujeres, sus habilidades acabaron asociadas a la brujería y la superstición.

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Lilian Martin-Leake junto a un telescopio. (Biodiversity Library)
Lilian Martin-Leake junto a un telescopio. (Biodiversity Library)

Mucho después, en China, entre 1768 y 1797, vivió Wang Zhenyi, una astrónoma que recibió formación científica de su familia y completó sus conocimientos de manera autodidacta. En el jardín de su casa construía modelos de eclipses solares y lunares con lámparas y espejos para explicar el movimiento de los cuerpos celestes. Sus experimentos también le permitieron cuestionar creencias de la época, incluida la idea de una Tierra plana.

Una profesión reservada a los hombres

El gran cambio llegó en el siglo XIX, cuando la ciencia comenzó a convertirse en una profesión. El problema era que seguía siendo, en buena medida, una profesión para hombres. Las mujeres tenían dificultades para acceder a estudios superiores y a las instituciones científicas y, en astronomía, necesitaban además equipos costosos y el respaldo de las organizaciones donde se compartían y publicaban los descubrimientos.

Los eclipses añadían otra dificultad: había que viajar hasta el lugar exacto desde el que serían visibles, transportar los equipos y conseguir permisos para cruzar fronteras. Pese a todo, durante ese siglo surgió una oleada de mujeres dedicadas a observarlos, especialmente en los países anglosajones.

La Royal Astronomical Society de Londres aceptó en 1835 a Mary Somerville y Caroline Herschel, aunque solo como miembros honorarias. A finales de ese siglo, la British Astronomical Association permitió la entrada de mujeres desde su fundación. Entre aquellas pioneras destacó Annie Russell Maunder, quien no pudo obtener un título en Cambridge porque entonces la universidad no los concedía a las mujeres. Más tarde trabajó en el Real Observatorio de Greenwich, pero tuvo que abandonar su puesto al casarse con su supervisor.

El eclipse total de sol será un momento único en la vida de quienes lo observen.

Eso no frenó su carrera. Se convirtió en una destacada especialista en fotografía de eclipses y estudio del Sol. Para fotografiar el eclipse de 1898 en la India, diseñó una cámara de gran angular con la que captó una de las mayores extensiones de la corona solar registradas hasta entonces. Sus investigaciones también contribuyeron al diagrama de mariposa, que muestra la evolución de las manchas solares y la actividad del Sol.

Viajes al otro lado del mundo

Ser una “cazadora de eclipses” exigía algo más que conocimientos astronómicos. Había que viajar hasta lugares remotos, transportar equipos y trabajar en condiciones difíciles. Annie Russell Maunder participó en expediciones a Noruega, India, Mauricio, Canadá y Argelia. Para observar el eclipse total del 28 de mayo de 1900, viajó hasta Argel junto a otras astrónomas, entre ellas Catherine Octavia Stevens, Lilian Martin-Leake y Mary Acworth Orr.

También Elizabeth Brown convirtió los eclipses en una aventura personal. En 1887 viajó a Rusia con su prima Martha Louisa Jefferys y dos años después ambas repitieron el viaje a Trinidad. Brown financiaba sus propias expediciones, pero sus contribuciones apenas quedaron reflejadas en los informes oficiales.

Muchas otras participaron desde posiciones menos visibles, como colaboradoras, esposas o hijas de astrónomos. Entre ellas estaban las llamadas “lady computers”, encargadas de realizar mediciones, catalogaciones y cálculos. Era un trabajo temporal y mal pagado, aunque requería preparación y podía producir resultados científicos valiosos.

Maria Mitchell mirando por un telescopio. (Wikki Commons)
Maria Mitchell mirando por un telescopio. (Wikki Commons)

Algunas sí llegaron a liderar sus propias campañas. En 1878, Maria Mitchell, considerada la primera astrónoma profesional de Estados Unidos, dirigió una expedición formada íntegramente por mujeres a Colorado junto a cinco de sus alumnas. En Australia, Annie Louisa Trehy Dodwell hizo lo mismo en 1910 en la isla de Bruny. Las nubes impidieron observar el eclipse, pero sus registros de temperatura durante la totalidad resultaron de interés científico.

Pioneras de la astronomía en España

En España, la historia fue más discreta. La astronomía no alcanzó durante ese periodo el mismo desarrollo que en otros países europeos y la presencia femenina fue todavía más reducida. Entre las pioneras destaca Isabel Muñoz-Caravaca, matemática, maestra y astrónoma autodidacta, que en 1905 recibió en Guadalajara al astrónomo francés Camille Flammarion, llegado a Almazán (Soria), para observar un eclipse solar. Ya en la segunda mitad del siglo XX, Maria Assumpció Català i Poch dedicó más de tres décadas al estudio de las manchas solares y a los cálculos sobre órbitas y eclipses.

Las llamadas “cazadoras de eclipses” viajaron, fotografiaron y observaron el cielo cuando hacerlo, siendo mujer, implicaba superar obstáculos que sus compañeros no tenían. Algunas consiguieron que sus nombres sobrevivieran; otras quedaron ocultas en los informes de sus maridos o supervisores. Recuperarlas permite volver a mirar aquellos eclipses y descubrir que, detrás de muchos de ellos, también había mujeres.

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