
El calor dentro de casa ha dejado de ser una incomodidad veraniega para convertirse en una crisis silenciosa de salud pública. Con veranos cada vez más calurosos, la refrigeración ya no es un extra de confort, sino una necesidad. Sin embargo, la desigualdad socioeconómica determina quién puede protegerse del termómetro. Y, teniendo en cuenta que los ventiladores a menudo se quedan cortos, se abre el debate de si debería ser obligatorio por ley el aire acondicionado en los pisos de alquiler.
“No disponer hoy de refrigeración es un riesgo para la salud, no una cuestión de comodidad”, advierte José Antonio López Bueno, investigador del departamento de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano del ISCIII. El científico señala que estos sistemas tienen un efecto protector tan claro que la ley debería equipararlos a la calefacción en invierno: “Son un mecanismo de protección imprescindible”.
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López Bueno explica que el impacto del calor intramuros es profundamente desigual. Durante el día, el riesgo se concentra en quienes pasan la jornada entre cuatro paredes: jubilados o amas de casa y, de manera muy preocupante, mujeres mayores que sufren soledad no deseada. En ellas, apunta el experto, factores como los ciclos hormonales o el deterioro cognitivo sabotean la capacidad de percibir el peligro y regular la temperatura.
Al caer la noche, el problema deja de ser exclusivo de los perfiles más vulnerables y se democratiza debido al mal aislamiento de los edificios. Las consecuencias de estas noches tropicales van mucho más allá del cansancio: “Se asocia con una pérdida en la calidad del sueño, un empobrecimiento de la salud mental de la población, problemas de atención, accidentes e incluso alteración de la conducta”, detalla el científico.
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“Alrededor del 80% de los edificios tienen calificaciones energéticas muy bajas”
Toda esta evidencia científica choca de frente con la realidad del mercado inmobiliario español. Gonzalo, representante del Sindicato de Inquilinas de Madrid, pone sobre la mesa un factor estructural que explica por qué las casas se convierten en ratoneras térmicas: el parque residencial de nuestro país es de los más obsoletos de Europa. “Más del 70% de las viviendas se construyeron antes de 1980 y alrededor del 80% de los edificios tienen calificaciones energéticas muy bajas (E, F o G)”, explica.
Desde el sindicato denuncian una profunda “asimetría” y una falta de voluntad generalizada por parte de los propietarios para adaptar las casas a la crisis climática, a pesar de que existen fondos públicos que subvencionan hasta el 80% de la rehabilitación: “Los caseros no piden las ayudas porque a ellos no les afecta el calor del piso”.
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Esta inacción aboca a los arrendatarios a una desprotección que inunda las redes sociales con casos flagrantes de abuso: inquilinos a los que el propietario solo les permite instalar el aparato si lo pagan íntegramente de su bolsillo y, además, lo dejan en la vivienda como “regalo” al terminar el contrato. “Si a veces no te quieren arreglar ni la lavadora, ¿cómo te van a climatizar la vivienda?”, sentencia el portavoz.
Los barrios se transforman en “islas de calor”
Este choque frontal entre la salud pública y el bolsillo ha saltado de los hogares a la agenda política. A nivel autonómico, formaciones como Más Madrid han registrado Proposiciones No de Ley (PNL) para exigir que las viviendas cuenten con sistemas de refrigeración para obtener la cédula de habitabilidad. En el plano nacional, Sumar ha elevado la apuesta al proponer directamente prohibir los contratos de alquiler en inmuebles desprovistos de climatización, tildando de “inhumano e indecente” cobrar rentas mientras los inquilinos sobreviven con un ventilador de pie.
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La gravedad del problema depende en gran medida del código postal y del nivel de renta. Un reciente informe de Amigas de la Tierra revela que el 60% de la ciudadanía en las urbes españolas carece de un acceso suficiente a zonas verdes. Los barrios con menores ingresos sufren una mayor densidad habitacional y falta de árboles, lo que genera “islas de calor” donde el asfalto absorbe las temperaturas diurnas para descargarlas durante la noche.
“Refrigeración pasiva”: toldos, persianas y aislar fachadas
¿La solución es plagar las fachadas con motores de aire acondicionado? El investigador del ISCIII introduce una paradoja urbana: el aparato eléctrico es un salvavidas inmediato, pero un enemigo para el ecosistema exterior. “Se da la contradicción de que estos sistemas contribuyen al calentamiento de las ciudades, ya que enfrían el ambiente interior a costa de generar calor en el exterior”, expone López Bueno.
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Por ello, el científico aboga por reformas estructurales basadas en la arquitectura pasiva. Explica que la solución pasa por aislar las fachadas, diseñar viviendas con ventilación cruzada y usar elementos tradicionales como toldos y persianas. El objetivo, según López Bueno, es “garantizar que el edificio tiene una buena inercia térmica y una buena refrigeración pasiva, sin gasto de energía”, una estrategia que debe complementarse con la renaturalización de las ciudades.
Mientras esas reformas llegan, el experto propone reforzarse con refugios climáticos de proximidad integrados en los propios barrios para evitar que los vecinos vulnerables caminen bajo el sol. En este punto, López Bueno descarta los centros comerciales que se publicitan como tales: “Son problemáticos porque están condicionados a la capacidad de consumo de la persona. Deben ser espacios públicos, gratuitos y en los que se garantice el acceso al agua e hidratación”.
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Por su parte, el Sindicato de Inquilinas exige intervenir ya el mercado para proteger a quienes no pueden decidir sobre sus casas. Sus reivindicaciones incluyen prohibir el alquiler de inmuebles con baja eficiencia (inferior a la etiqueta C), penalizar a los caseros que se nieguen a reformar y legalizar la “huelga de alquiler por reparaciones”. “Debería ser totalmente legal que una inquilina pueda poner el aire por su cuenta, descontarlo del alquiler y listo”, zanja Gonzalo.
La crisis climática ya no es una previsión de futuro, sino un presente asfixiante que avanza mucho más rápido que las soluciones. Mientras las administraciones discuten los límites de la habitabilidad, miles de inquilinos en España afrontan los meses más duros del año desprotegidos entre cuatro paredes, sabiendo que mantener sus casas frescas ya ha dejado de ser una simple cuestión de confort para convertirse en una herramienta de supervivencia.
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