
Madrid está a punto de recibir la visita del papa León XIV. Sin embargo, aunque cientos de miles de peregrinos inunden las calles de la capital, las creencias religiosas de los jóvenes van mucho más allá de un gran evento de masas. Para esta nueva generación, la religión es una guía de valores que define su forma de ser y de entender el mundo. Tiende a ser la búsqueda de una espiritualidad propia, alejándose de una simple imposición familiar heredada y adaptándola a los nuevos tiempos para que pueda convivir con realidades que, hasta el momento, parecían incompatibles con la Iglesia.
La mayoría de estos “nuevos” católicos, jóvenes que han reconectado con su espiritualidad, ya no solo basan su práctica en acudir a misa los domingos, sino en vivir la fe en lo cotidiano. Según los últimos datos del CIS, el 56,1% de los españoles se declara católico, aunque solo un 18,3% se identifica como practicante. Con motivo de la llegada del Pontífice, la religión vuelve a ocupar espacio en el debate público, mientras cientos de jóvenes eligen la fe como un acto consciente. Sus historias muestran que, lejos de desaparecer, el molde del catolicismo tradicional se está expandiendo y rompiendo sus moldes.
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“Es una elección consciente”
Para muchos jóvenes creyentes, el primer contacto con la religión llega a través de la familia —bautizos, comuniones o la misa dominical—, e incluso en algunos casos a través de entornos más normativos, donde la moral religiosa estructura la vida cotidiana desde la infancia. En ese contexto, el vínculo inicial de Andrea (nombre ficticio), vallisoletana de 23 años, estuvo marcado por sus padres: “De pequeña lo vivía como una costumbre, pero a día de hoy es una elección consciente”, explica.
En el caso de Isabel, una estudiante de enfermería de 20 años que ha crecido en Madrid,, el recorrido fue lineal. “Mis padres ya estaban en el Camino Neocatecumenal; ellos fueron catequizados en su parroquia”, relata. “Yo he crecido yendo a eucaristías y convivencias desde pequeña”. Hoy forma parte de una comunidad donde la fe se vive de forma colectiva, dentro del movimiento impulsado por Kiko Argüello.
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En el extremo opuesto, Pablo, un madrileño de 27 años que trabaja en marketing digital, encarna una trayectoria distinta, ya que fue bautizado, pero creció en una familia poco practicante. Su acercamiento a la fe llegó más tarde, tras la invitación de un amigo a un retiro religioso. “Fue a partir de ahí cuando empecé a replantearme muchas cosas y a reconstruir mi relación con la fe”, subraya.

Esta tensión entre herencia familiar y decisión personal se repite en las siguientes historias, aunque desde trayectorias muy distintas. Sara, farmacéutica de 26 años, creció en Madrid entre dos mundos —una madre católica practicante y un padre ateo— y hoy se define como creyente practicante. “Para mí Dios es un amigo al que le pido y le doy gracias”, indica.
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Manuela, opositora de 28 años, se crió en Motril (Granada) en un entorno que describe como “más conservador”, marcado por una visión más rígida de la fe, que más tarde tuvo que replantear para poder vivir en paz con su propia sexualidad. “Hubo un momento en el que me di cuenta de que soy lesbiana y quería vivirlo”, reconoce, un punto de inflexión que la llevó a cuestionar su lugar dentro de la Iglesia.
En una línea similar, aunque con otra historia, Melanie, farmacéutica de 29 años, creció en Ecuador en una familia “muy católica”, donde la religión estaba plenamente integrada en el día a día, y posteriormente se mudó a Madrid. Sin embargo, al descubrir su orientación sexual con 18 años, su vínculo con la religión se tensó.
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“Mi fe tembló al saber que en la iglesia no estaba bien visto”
El paso a la madurez no solo implica elegir la fe, sino también cuestionarla. Lejos de ver la duda como una debilidad o un tabú, estos jóvenes la entienden como un motor necesario para fortalecer sus convicciones. Para Isabel, ese examen llegó al entrar a la universidad: “Tuve una época con mucha ansiedad donde lo pasé muy mal y no ves a Dios por ningún lado”. Aquel bache la distanció espiritualmente, pero no de las rutinas: “Yo me alejé un poco más de Dios, aunque sí que iba a misa”. Con el tiempo, la estudiante ha visto que era una transición necesaria porque “no es lo mismo la fe de niña que la de ahora”. “Con el tiempo he ido creando una fe más adulta, ahora tengo una relación con Dios mucho más estable”, concluye.
Para Sara, los interrogantes forman parte del mismo proceso: “Yo he tenido momentos de duda, de ruptura no. Pero bueno, hay veces que cuesta entender el porqué en el momento puntual y, pasado el tiempo, realmente obtienes la respuesta”. En una línea muy similar se sitúa Andrea, quien asegura que con el paso del tiempo su fe “se ha ido fortaleciendo”, ya que nunca ha sufrido una desconexión total: “He tenido etapas en las que he vivido la religión con mayor o menor intensidad”.
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En otros casos, la duda llega por el dolor de las pérdidas personales. Para Pablo, el primer gran interrogante apareció con la enfermedad y fallecimiento de su padre, un golpe que se sumó a alguna situación que observó más tarde en su comunidad: “Fue el primer gran momento de casi empezar a separarme un poco más”, recuerda. Una experiencia con el duelo que comparte Melanie, quien perdió a su madre con tan solo cuatro años y creció con una fe intermitente. Sin embargo, para ella el verdadero dilema llegó a los 18 años al confrontar su espiritualidad con su orientación sexual: “Mi fe tembló al saber que en la iglesia no estaba bien visto”, subraya.
Ese conflicto identitario también obligó a Manuela a replantearse sus creencias. Sin embargo, convirtió esa crisis en una reconexión con Dios: “La duda me parece una parte esencial de la fe y del crecimiento; es ahí donde de verdad evolucionas como creyente”. Hoy, a sus 28 años, está en plena “reconstrucción” de su espiritualidad: “Sigue siendo importante para mí. Creo que es importante hacer que la fe sea tuya, porque es tu vida. Es tu relación entre Dios y tú”.
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“Me gusta darle gracias al finalizar el día”
Hacer la fe “propia” implica también bajarla al terreno de lo cotidiano. Las rutinas de estos jóvenes se adaptan a los ritmos de cualquier persona de su edad —trabajo, salir de fiesta o tener pareja—, pero con el añadido de la oración o la comunidad. Manuela, por ejemplo, conserva un hábito de su infancia: “Todos los días por la mañana, cuando me levanto, rezo y doy gracias a Dios usando la misma oración que rezaba con mi familia antes de ir al colegio”. Sara, por su parte, prefiere la noche para balancear su jornada tras salir de la farmacia: “No tengo una rutina rígida, pero me gusta al finalizar el día darle gracias por algo que me haya pasado en concreto”.
Además, el concepto de “practicante” se ha vuelto mucho más elástico. Mientras Andrea y Sara acuden a misa rigurosamente todos los domingos, Manuela vive su catolicismo de forma más íntima y solitaria por miedo al rechazo debido a su orientación sexual. En el caso de los no practicantes, como Melanie, la fe se centra en esa visita anual a la iglesia por el aniversario de su madre. En el extremo opuesto, Isabel vive una práctica muy ligada a su comunidad: “Tenemos un día a la semana la Palabra, la eucaristía los sábados y una convivencia al mes. En lo individual, suelo rezar antes de dormir y, si estoy muy necesitada, voy a una iglesia con el Santísimo expuesto 24 horas”.
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Esta conciliación diaria tiene hoy un nuevo escenario: el entorno digital. Para Pablo, la tecnología es a veces una barrera: “Intento reservar 15 o 30 minutos para rezar cuando puedo, aunque muchas veces es más pereza que otra cosa por el móvil”. Sin embargo, reconoce que las plataformas han cambiado las reglas del juego: “A mí ayer en Instagram me salió un vídeo del papa haciendo el six seven. Eso hace 20 años era impensable; las redes hacen que todo sea más cercano”.
Ese impacto digital ha transformado la visibilidad de las creencias. “Gracias a personajes públicos que hablan abiertamente de su fe o a cuentas de TikTok, la gente ve la religión como algo muchísimo más cercano”, explica Sara, quien percibe un “resurgir” juvenil. Pero la exposición también tiene sus trampas. “Es un buen instrumento, pero muchos influencers católicos acaban cayendo en las dinámicas de la popularidad y la fama, alejándose del propósito original", advierte Manuela.
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Las redes sociales funcionan como un “altavoz”, como indica Andrea, quien señala que, gracias a grupos como Hakuna u otros perfiles relevantes, “la gente se replantea su fe o se acerca tras estar desconectada”. Sin embargo, conectar a través de una pantalla no siempre se traslada a la vida real. Como apunta Isabel, aunque estos movimientos “ayudan a que mucha gente se encuentre con Dios a través de la música o las redes, luego muchos no son constantes en su día a día”.

“Ya es hora de que las mujeres tengan el mismo porvenir que el hombre”
Ser joven y católico hoy no significa comulgar con cada directriz de la Iglesia. Al contrario, esta generación destaca por una mirada profundamente crítica hacia la institución. Sara lo resume con pragmatismo: “Como todo en la vida, hay cosas que yo haría de otra forma”. Una exigencia de cambio en la que Pablo va un paso más allá, apuntando directamente a la inclusión: “Ya va siendo hora de que las mujeres tengan el mismo porvenir que el hombre; no hay motivo por el que no puedan ser sacerdotes. Y se debe intentar no excluir a la gente divorciada o al colectivo LGTBI”.
El juicio de Manuela es todavía más tajante y señala las grandes asignaturas pendientes: los abusos y el machismo estructural. “La Iglesia está formada por seres humanos y los seres humanos erramos, pero hay ciertos errores que están más institucionalizados que otros”, denuncia, exigiendo transparencia radical en los casos de pederastia y un nuevo estatus para la mujer. En el lado opuesto, Isabel considera que “no tiene que cambiar nada”, ya que “representa los valores cristianos que deben ser. Si se cambian, dejaría de ser la Iglesia que conocemos”. Mientras que Andrea considera que la Iglesia “está intentando adaptarse y mejorar para hacer que la fe se viva de manera más cercana”.

Esa misma dualidad se traslada a la figura del pontífice. Mientras jóvenes como Pablo, Manuela o Melanie valoran positivamente el legado de apertura hacia el colectivo LGTBI+ y los temas sociales que impulsó el papa Francisco, Isabel prefiere poner el foco en la cercanía espiritual con las nuevas generaciones: “Se acerca mucho a nosotros y hace cosas para que podamos encontrarnos con Dios”. Una expectación que ahora se renueva ante la figura de León XIV. El nuevo papa apenas lleva poco más de un año en el cargo tras suceder al pontífice argentino, lo que convierte su viaje en un momento clave para medir su sintonía con la juventud.
Más allá de los matices ideológicos o las críticas estructurales, la visita del papa a España se entiende unánimemente como un hito histórico para los creyentes. Aunque las circunstancias impedirán asistir a algunos de ellos, otros tantos se unirán a la marea de fieles que inundará los eventos de Madrid para vivir lo que Andrea resume a la perfección como “una experiencia única”. Para todos ellos, ver a la figura visible de la Iglesia en la capital trasciende el debate institucional: es la oportunidad perfecta de demostrar que, a su manera y con sus propias reglas, la fe juvenil sigue estando muy viva.
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