
El conocimiento sobre la vida y las costumbres en las comunidades prehistóricas es muy escaso debido a la falta de restos fósiles en buen estado de conservación. O por lo menos así era hasta 1991, cuando dos montañeros alemanes descubrieron la momia humana natural más antigua de Europa y, por raro que parezca, la mejor conservada. Después de más de 5.300 años en el mismo lugar, los excursionistas hallaron a Ötzi en un glaciar de los Alpes de Ötztal, en la frontera entre Austria e Italia.
En ese instante, los que acudieron a su rescate no reconocieron la antigüedad de la momia. De hecho, creían que se trataba de un alpinista desaparecido el año anterior por la zona. Además, el hecho de que el cadáver estuviera congelado y semienterrado en la nieve y el hielo ayudó a que se encontrase en excelentes condiciones de conservación. A esto se suman las labores de extracción que no fueron para nada las adecuadas en estos casos. Uno de los agentes de policía austriacos, al llegar al lugar, trató de levantarlo con una perforadora neumática sin éxito y, aun por encima, atravesó la cadera izquierda y desgarró parte de la ropa.
Asimismo, algunas de las personas que accedieron al lugar, cuando se corrió la voz de su descubrimiento, se llevaron las pertenencias que yacían con Ötzi. No fue hasta que le practicaron los primeros análisis que se supo la verdadera datación de los restos: el Hombre de Hielo habría muerto hacia el 3.250 a. C. No obstante, desde el primer contacto con sus restos, el aura científica se vio acompañada por rumores de un supuesto castigo sobrenatural a quienes perturbaron su descanso. Y es que tras su hallazgo se desencadenó una serie de muertes y accidentes entre los que descubrieron su cuerpo.
Los siete hombres que murieron en extrañas circunstancias
La leyenda de Ötzi se ha construido a partir del fallecimiento de siete personas que estuvieron relacionadas con su extracción de los Alpes de Ötztal. Gracias a la reconstrucción de los hechos de Blik, se sabe que el primer afectado fue Rainer Henn, experto forense que trasladó el cuerpo con las manos desnudas. Un año después, Henn murió en un accidente de tráfico mientras se dirigía a una conferencia para hablar sobre Ötzi.
Otra víctima relacionada con la maldición fue Kurt Fritz, experimentado guía de montaña que lideró el traslado del cuerpo en helicóptero. Al parecer, falleció atrapado por una avalancha, siendo el único de su grupo que no logró sobrevivir pese a su conocimiento del terreno. Poco después, la lista de muertes continuó con Helmut Simon, el turista alemán que descubrió la momia junto a su esposa. El excursionista había iniciado acciones legales para recibir una compensación económica por el descubrimiento de Ötzi y, tras ganar el juicio en 2004, desapareció en las montañas. Su cuerpo fue hallado boca abajo sobre la nieve, en una postura que recordaba a la del propio Ötzi.
La muerte de Simon precedió a la de Dieter Warnecke, jefe del equipo de rescate que localizó su cuerpo. El especialista sufrió un infarto fulminante al concluir el funeral del turista, sin que hubiera antecedentes de problemas cardiacos. A la cadena se sumó la del periodista Rainer Holz, quien estaba elaborando un documental sobre la evacuación de la momia. Según recoge Blik, falleció por un tumor cerebral que se desarrolló especialmente rápido.

Después de eso, el arqueólogo Konrad Spindler, figura central en la investigación de Ötzi, perdió la vida a causa de complicaciones derivadas de la esclerosis múltiple. El evento tuvo lugar después de bromear en público sobre la lista de fallecidos. Por último, Tom Loy, científico australiano encargado de analizar el ADN en las ropas de la momia, murió en su casa por una rara afección sanguínea mientras finalizaba un libro sobre el Hombre de Hielo.
La cronología de los hechos tuvo lugar entre 1991 y 2005, pero todos ellos estuvieron vinculados, en mayor o menor medida, al contacto con la momia de Ötzi. De este modo, se reforzó la leyenda sobre una supuesta maldición o venganza ancestral, asociada al “espíritu inquieto de un chamán” que, según los rumores, castigaría a quienes alteraran su reposo. Sin embargo, pese a la extraña coincidencia, la estadística no apoya la existencia de una anomalía.
Y es que cientos de personas han participado en el estudio de la momia, incluidas fuerzas de seguridad, científicos, periodistas y montañistas, que no han fallecido. Igualmente, la proporción de muertes no se aparta de lo esperable, considerando que algunos de los fallecidos practicaban deportes extremos o padecían enfermedades previas. Aun así, la figura de Ötzi sigue aglutinando tanto el interés científico como el mito, y permanece en exhibición en Bolzano, donde el flujo de visitantes no se detiene.

Una puerta única a las comunidades prehistóricas
La preservación natural del Hombre de Hielo permitió conservar órganos, piel y vestigios de su última comida, compuesta por carne de cabra montés, ciervo, trigo antiguo y restos de helechos tóxicos empleados en la conservación de alimentos. Asimismo, Lars Holger Pilø, uno de los arqueólogos que forman parte del Programa de Arqueología Glacial —una iniciativa encargada de analizar todos estos vestigios ocultos bajo el hielo—, explicó que gracias al análisis de su cuerpo “fue posible determinar su último itinerario con gran detalle, basado en el polen presente en su intestino”.
La momia presentaba más de 60 tatuajes, distribuidos principalmente en zonas asociadas con dolencias articulares y musculares, como la parte baja de la espalda, tobillos y muñecas. Los especialistas sugieren que respondían a una función terapéutica ancestral y no ornamental, ya que consistían en líneas y cruces hechas con incisiones y polvo de carbón vegetal. Esta información podría ser cierta, ya que el cuerpo de Ötzi documenta múltiples enfermedades, entre ellas un severo desgaste articular, aterosclerosis, caries, inflamación de encías, parásitos intestinales y el primer caso conocido en humanos de síndrome de Lyme.
Por otro lado, los exámenes practicados a su cabello revelaron elevados niveles de cortisol, una señal de estrés intenso en los últimos meses de vida. También era intolerante a la lactosa. Pero, a pesar de las patologías detectadas, la causa de muerte no fue por enfermedad, sino que tuvo que tener un enfrentamiento violento: una radiografía de 2001 confirmó la presencia de una punta de flecha en el hombro, una herida en la mano derecha y un golpe en la cabeza.
Desde su exhibición en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur en Bolzano (Italia), la figura de Ötzi atrae a miles de visitantes, cautivados tanto por su conservación como por el enigma de su destino. Pero la trascendencia de su hallazgo no solo radica en los aportes científicos, sino en el surgimiento de una leyenda sombría: la supuesta maldición asociada a quienes participaron en su rescate y estudio.
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