La inmigración se convierte en el motor silencioso del crecimiento de España: explica el 47% de la subida del PIB desde 2022

Uno de cada cinco trabajadores en el país es extranjero y su incorporación al mercado laboral ha facilitado el desplazamiento de asalariados españoles hacia ocupaciones de mayor productividad y mejor pagadas

Guardar
Una parte importante de los
Una parte importante de los trabajadores extranjeros se concentran en actividades con escasez de mano de obra, como determinadas ramas de la construcción. (Jesús Hellín/Europa Press)

La inmigración se ha consolidado como uno de los motores fundamentales del actual ciclo expansivo de la economía española. La incorporación de trabajadores extranjeros explica el 47% del crecimiento acumulado del Producto Interior Bruto (PIB) desde 2022, lo que equivale a 4,2 puntos porcentuales, según el estudio La inmigración en España: retos, impacto y políticas, editado por Funcas y coordinado por Raquel Carrasco y Raymond Torres.

El dato no es menor: casi la mitad del avance económico reciente tiene detrás el empuje de trabajadores nacidos fuera de España. En un contexto marcado por la recuperación tras la pandemia, el tirón del turismo y la reactivación de la construcción, la llegada de inmigrantes ha ampliado la capacidad productiva del país y evitado tensiones mayores en precios y salarios.

Según recoge el informe, España ha vivido en menos de una generación una transformación demográfica profunda. A finales del siglo XX era un país tradicionalmente emisor de emigrantes; hoy es uno de los principales receptores de población extranjera en Europa.

1,8 millones de trabajadores extranjeros

Desde 2019, la población activa ha crecido un 7,8%, lo que se traduce en 1,8 millones de nuevos trabajadores. Prácticamente todos ellos son de origen extranjero. Los autores del estudio hablan de un “shock de oferta” laboral sin parangón entre las grandes economías europeas.

La descomposición del crecimiento del PIB en tres variables —productividad, tasa de ocupación y número de activos— permite aislar el impacto. La aportación de la mano de obra extranjera al crecimiento de la población activa suma 4,7 puntos, mientras que su efecto sobre la tasa de ocupación añade otros 0,3 puntos. En conjunto, el saldo es claramente positivo para el crecimiento.

Sin esa inyección de trabajadores, sostienen los investigadores, la economía española habría respondido al aumento de la demanda —especialmente en turismo y vivienda— con subidas de precios más intensas en lugar de con más producción. La inmigración, por tanto, ha funcionado como válvula de ajuste y como palanca de expansión.

Los ‘salvadores’ de la hostelería, el comercio o la construcción

El sesgo sectorial y ocupacional de la fuerza laboral extranjera ha sido clave. Muchos inmigrantes se concentran en actividades con escasez de mano de obra, como la hostelería, el comercio, el trabajo doméstico o determinadas ramas de la construcción.

Este encaje ha permitido que sectores estratégicos siguieran creciendo sin cuellos de botella severos. Además, ha facilitado el desplazamiento de trabajadores nacionales hacia ocupaciones de mayor productividad y mejor remuneradas, generando un efecto de movilidad ascendente dentro del mercado laboral.

No obstante, el estudio también advierte de un efecto composición negativo: la mayor presencia de inmigrantes en sectores de bajo valor añadido ha restado 0,8 puntos a la productividad agregada. Es decir, aunque el PIB crece más, parte de ese crecimiento se apoya en actividades menos intensivas en capital y tecnología.

Inmigración joven

Uno de los factores diferenciales del caso español es el peso de América Latina como principal área de procedencia. Sudamérica, América Central y el Caribe representan el 47% de la población inmigrante residente. Europa aporta el 27%, mientras que África, Asia y Oceanía suman el 24%.

La afinidad lingüística y cultural con buena parte de los inmigrantes latinoamericanos ha facilitado su integración económica y social. A ello se suma una variable demográfica determinante: la edad. Mientras que el 62% de la población española se encuentra en edad de trabajar —entre 15 y 64 años—, el porcentaje asciende al 84% entre la población nacida en el extranjero. Se trata, por tanto, de una inmigración mayoritariamente joven y en plena etapa laboral.

Este rejuvenecimiento relativo contribuye a sostener el mercado de trabajo y alivia, al menos parcialmente, el impacto del envejecimiento poblacional.

España, a la cabeza en Europa

La comparación europea muestra hasta qué punto el fenómeno ha sido intenso. En España, uno de cada cinco trabajadores es inmigrante. En Francia e Italia, la proporción es de uno de cada seis.

En el año 2000, apenas el 4,2% de la población en edad laboral en España había nacido en el extranjero, muy por debajo de Francia (12,3%), Alemania (19,5%) o incluso Portugal (5,3%). Sin embargo, en poco más de dos décadas, España ha escalado hasta el 21,3% en 2023, superando a Francia (14,2%) y acercándose a Alemania (23,3%), países con trayectorias migratorias mucho más largas.

Otra diferencia relevante es la tasa de actividad. En España, Italia y Portugal, los inmigrantes presentan tasas de actividad superiores a las de los nativos. En Alemania y Francia ocurre lo contrario. Sin embargo, los inmigrantes en España tienden a tener menor nivel educativo promedio y mayor concentración en empleos precarios o de baja cualificación, una brecha más marcada que en el caso alemán y, en menor medida, en el francés.

La Comisión Europea ha dicho este jueves que le corresponde al Gobierno español "decidir" sobre las soluciones legales que dar a los migrantes en España, porque es una competencia nacional, al tiempo que ha considerado que la regularización extraordinaria adoptada el miércoles es una opción legal posible para responder a las "necesidades" del mercado laboral. (Fuente: Comisión Europea)

Retos estructurales pendientes

Pese a su contribución decisiva al crecimiento, la inmigración no es una solución mágica a los problemas estructurales de la economía española. El estudio subraya que persisten desafíos como la baja productividad, la debilidad salarial y la estrecha base de financiación del sistema de pensiones.

Los beneficios de la inmigración, insisten los autores, dependen en gran medida de la capacidad de integración. No basta con atraer mano de obra; es imprescindible mejorar su empleabilidad y su encaje en sectores de mayor valor añadido.

Entre las recomendaciones, figuran la agilización y mejora de los procesos de homologación de títulos, el acceso a formación adaptada a las demandas del mercado y el refuerzo de políticas contra la discriminación laboral. Solo así será posible aprovechar plenamente el capital humano de quienes llegan y evitar la cronificación de bolsas de precariedad, señala el estudio.