
Cambiar un hábito parece, sobre el papel, una cuestión de voluntad; para muchas personas, basta con proponérselo y esforzarse al máximo para conseguirlo. Apuntarse al gimnasio en enero, empezar una dieta el lunes o apagar el móvil a las diez de la noche: la lista de propósitos se repite año tras año. Sin embargo, lo que comienza con entusiasmo suele desinflarse con mucha rapidez.
El problema no es la falta de motivación inicial. De hecho, el arranque suele estar cargado de energía, expectativas y una visión idealizada del resultado. Lo que ocurre es que vivimos en una época marcada por el perfeccionismo y la exigencia excesiva, lo que nos lleva a querer cambios vitales en días y transformaciones completas en semanas. Así, cuando los resultados no llegan al ritmo imaginado, la frustración empieza a erosionar el compromiso.
En ese contexto, el esfuerzo se convierte en una especie de dogma contemporáneo. Nos han repetido que todo depende de cuánto empujemos, de cuántas horas invirtamos, de cuánta disciplina seamos capaces de sostener. Pero ¿y si el problema no fuera la falta de esfuerzo, sino el exceso mal dirigido?
El médico psiquiatra Carlos Cenalmor, experto en burnout y estrés laboral, habla precisamente sobre esta cuestión en uno de sus vídeos de TikTok (@dr.carloscenalmor): “El esfuerzo te está alejando de tus objetivos y desde luego te está alejando del equilibrio y de la paz”.

El esfuerzo excesivo lleva al ‘burnout’
Cenalmor cuestiona una de las creencias más arraigadas en nuestra cultura: la idea de que el esfuerzo ilimitado todo lo puede. “Pensamos que con esfuerzo podríamos alcanzarlo todo, cosa que de base es una falacia”, afirma. “Por ejemplo, mucho esfuerzo sin una estrategia correcta lo único para lo que te sirve es para agotarte y para quedarte en el mismo sitio donde estabas”.
La advertencia no es solo filosófica, sino también neurobiológica. Según explica, el cerebro no es una máquina infinita de rendimiento. “Nuestro cerebro tiene un límite de absorción del esfuerzo y esto se ve mucho en la ciencia de cambio de hábitos”. Es decir, existe un umbral a partir del cual insistir más no suma, sino que resta.
En el ámbito de los hábitos, la evidencia científica apunta en una dirección que contradice la mentalidad del “todo o nada”. “Cuando tú quieres establecer un nuevo hábito, algo que se dice es que hay que empezar muy poquito a poco”, señala. La progresividad es precisamente una estrategia de adaptación cerebral. El problema aparece cuando se intenta acelerar el proceso: “Si no lo haces así, si quieres pasar de cero a cien, es muy probable que tu cerebro rechace ese nuevo hábito”.
Ese rechazo no siempre es consciente. Se manifiesta en forma de abandono, procrastinación o sabotaje interno. Lo que comenzó como una decisión firme acaba convirtiéndose en una fuente adicional de culpa. “Esto nos pasa con todos los cambios vitales y personales que queremos hacer”, advierte el psiquiatra.
Según explica Cenalmor, “si nos esforzamos demasiado, al final lo único que logramos es bloquearnos, cerrarnos, y esto, al final, es dañino, nos acaba estresando más, nos acaba quemando más y encima nos acaba dejando con la sensación de desesperanza de que es imposible cambiar cuando eso nunca es cierto. Siempre es posible cambiar”.
La clave, por tanto, no se encuentra en las ganas, la motivación y cuánto esfuerzo se ponga en lo que se hace, sino en que este sea sostenido y progresivo para evitar el burnout, que podría llevarnos a abandonar antes de tiempo.
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