
La escena se repite cada año en millones de hogares españoles. Los décimos sobre la mesa, la televisión encendida y la amarga espera forman parte de un ritual con décadas de historia que se repite cada 22 de diciembre. Los españoles esperan que Gordo del Sorteo de la Lotería de Navidad caiga justo ahí: en su barrio, en su pueblo, en su casa. Hay más esperanzas que posibilidades, pero la ilusión no se pierde. El año pasado tocó en Logroño, donde una sola administración repartió las 193 series del 72480. Pero, muchas de las papeletas fueron a parar a 300 kilómetros de allí. El Club Deportivo Distrito Olímpico de Madrid, ubicado en el barrio de San Blas-Canillejas, tiene la tradición de pedir sus décimos en Loterías ‘María del Carmen’, de donde se llevaron la mitad de las participaciones disponibles y millones de euros con ellas.
Los miembros del equipo de baloncesto repartieron entre sus amigos y familiares los boletos, un total de 380 millones de euros. Es la primera vez que las 778 familias que participan en el club deportivo tenían tal suerte en este sorteo nacional. Entonces, Infobae España habló con uno de los agraciados. Javier Valverde contaba que en su casa habían guardado dos participaciones, mientras que su abuelo se hizo con tres. “Está toda la familia como loca, y los que no compraron tirándose de los pelos, claro”, decía aquel 22 de diciembre entre risas. Nadie quiere ser el que se tira de los pelos y esas es una de tantas razones por las que se comparten los números.
Compartir un décimo de la Lotería de Navidad es una tradición en España, ya sea en el club deportivo, en el trabajo, con el grupo de amigos o en el bar de toda la vida. Pero, ¿por qué?
Quien mucho abarca poco aprieta
La costumbre de repartir participaciones o intercambiar décimos tiene una función práctica: minimizar el riesgo económico. Vicenta, manchega de 84 años, lleva jugando décadas. Siempre compra cuatro décimos: uno para ella y los tres restantes para sus tres hijos. “Así, si toca, toca a partes iguales y yo no tengo que compartir”, defiende. También lleva uno con la vecina. “Vamos a medias, lo hacemos igual todos los años y no cae, pero anda y si toca. Tendremos que repartirlo entre las dos, pero algo es algo”, apostilla. Aunque juega con muchos más números, los que tres traen sus hijos. Hacen lo mismo que les enseñó su madre y que se repite en la mayoría de los hogares: un décimo para cada uno, “por si acaso”. Lo dice el dicho: quien mucho abarca, poco aprieta. Hay 100.000 números distintos que van del 00000 al 99.999, así que por mucho que quiera, los cinco números que lleva aprietan poco.
Al no tener que asumir el coste total de un billete, quienes participan pueden hacerlo de forma más accesible. “Nunca había comprado lotería hasta que unos amigos decidieron que era buena idea compartir un décimo. La inversión era pequeña -dos euros- y era una forma de hacer algo juntos y suponía una ilusión por la posibilidad de poder ganar un premio entre todos”, explica a Infobae Lydia, una joven madrileña de 26 años, añade, con los años se ha animado a comprar con sus compañeros de empresa y con sus familiares.
Una costumbre heredada
Marcos, madrileño de 26 años, solo tendrá que revistar dos números el próximo lunes. Lleva el de su trabajo y el que su madre compra para él y para su hermana. Eso sí, un décimo para cada uno. “Mis abuelos, mis padres y mis tíos siempre han comprado para compartir y un año mi madre decidió comprarnos uno y a mí y a mi hermana. Desde ahí es una tradición”, cuenta. El de su empresa lo tiene para “compartir algo entre todos”.
A más de 500 kilómetros, Carmen, sevillana de 25 años, explica a Infobae que al principio la tradición no le convencía. “En mi casa siempre se han comprado muchos décimos de lotería y yo lo veía una tontería gastar tanto dinero si sabía que a nosotros nunca nos iba a tocar”, dice. Pero cambió de idea: “Cuando empecé a trabajar, ya me entró la ilusión de fantasear con la idea de que pudiera tocarme algo". Aun así, ella solo lleva dos por su cuenta. “He comprado el del trabajo y otro con mis amigas. No veo tanto la necesidad de comprarme uno solo para mí, porque creo que la gracia está en tener el mismo número con alguien que quieres e imaginar con la otra persona qué haríamos con el dinero”, afirma.
Una cura en salud por si toca
Al contrario que Carmen, hay quienes comparten, no para que les toque junto a los demás, sino por si les toca a los demás y no a ellos. Nadie quiere ser el que se tira de los pelos. Alba, que tiene 30 años y vive en Ciudad Real, está entre ellos. La castellanomanchega no compra por ningún número por su cuenta ni le hace especial ilusión. “Al final es lo que dicen siempre, hay más posibilidades de que te caiga un rayo que de que te toque el gordo”, defiende. Este año, solo ha comprado uno: el del trabajo. “Imagina que a todos les toca menos a mí”, comenta horrorizada. No quiere ser como esos protagonistas de los anuncios navideños que decidieron no comprar el número de la empresa o del bar y les toco al resto. No cree que nadie fuera a compartirlo y recurre al refranero: “Más vale prevenir que curar”.
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