
Cada noche, millones de personas se enfrentan al mismo enemigo invisible: la dificultad para dormir. Estrés, pantallas, ruido o preocupaciones suelen señalarse como los culpables más habituales, pero pocas veces se mira hacia los gestos cotidianos que pueden estar detrás del insomnio, como es el caso de la hora a la que cenamos. En una sociedad que vive acelerada, donde el trabajo, los compromisos y el ocio empujan las comidas hasta altas horas de la noche, el reloj biológico se resiente y, con él, la calidad del sueño.
Los expertos insisten en que dormir bien no es solo una cuestión de número de horas, sino de ritmo interno. Nuestro cuerpo está programado para alternar entre digestión y reparación, pero ambos procesos no pueden suceder plenamente al mismo tiempo. Cenar tarde, por tanto, no solo afecta a la sensación de ligereza antes de dormir, sino también a la profundidad del descanso y al equilibrio hormonal que se produce durante la noche.
Así lo explica el especialista en sueño Gregorio Mora a través de sus redes sociales (@gregoriomorasleep en TikTok): “Cenar tarde es una forma elegante de cargarte tu descanso”, sentencia, haciendo referencia a uno de los hábitos que más frecuentemente influyen en la calidad del sueño. Pero ¿por qué ocurre esto?

La digestión y la reparación
Cuando comemos justo antes de dormir, el organismo destina energía a digerir en lugar de regenerar tejidos, producir hormonas y fortalecer el sistema inmunitario. “Tu cuerpo no digiere y repara al mismo tiempo”, añade Mora. Esa interferencia metabólica explica por qué muchas personas se despiertan cansadas incluso tras haber dormido ocho horas.
El problema, según este especialista, no está en lo que comemos, sino en cuándo lo hacemos. La cena a las once de la noche, tan habitual en países como España, se convierte en una trampa para el descanso. “Si cenas a las once, tu melatonina se bloquea y tu sueño profundo se va. Por eso te levantas pesado o hinchado”. La melatonina, conocida como la hormona del sueño, empieza a liberarse cuando la luz disminuye, pero su acción se interrumpe si el cuerpo está ocupado digiriendo. En otras palabras, una cena copiosa y tardía puede “apagar” nuestro reloj interno.
Mora insiste en desterrar una idea frecuente: no es la edad la que hace que durmamos peor, sino los hábitos adquiridos con el tiempo. “No es tu edad, es tu horario”, sentencia. Cambiar la rutina puede parecer un sacrificio en una cultura donde la vida social se extiende hasta la medianoche, pero los beneficios son tangibles. Cenar dos o tres horas antes de acostarse permite al organismo completar la digestión y preparar el terreno para un sueño profundo y reparador.
Las personas que adelantan su cena reportan menos despertares nocturnos, una mejor concentración al día siguiente y menos sensación de hinchazón matutina. “Cenar antes no es moda, es biología”, recuerda Mora. La clave, dice el experto, es darle tiempo al organismo para cumplir su función natural: “Dale tiempo a tu cuerpo para hacer su trabajo: reparar”.
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