
El final de Cleopatra VII, apodada por la propaganda romana como el “monstruo fatal” que había seducido a Marco Antonio y lo había arrastrado a una alianza considerada desastrosa por Roma, marcó el colapso de la dinastía ptolemaica. El relato alcanzó su clímax a principios del 30 a.C., cuando las fuerzas de Octavio (futuro emperador de Roma) se acercaba a Alejandría y el matrimonio se vio obligado a quitarse la vida. Tras su muerte, Roma se vio invadida por el odio hacia Cleopatra, aunque el Egipto que ella había gobernado mantenía su prestigio cultural.
En medio de este conflicto quedó Cleopatra Selene, nacida en el 40 a.C., y criada en el Palacio Real de Alejandría. De acuerdo con la BBC, la hija de la pareja tendría 10 años cuando quedó huérfana junto con sus hermanos, Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo, quienes fueron trasladados a Roma bajo la custodia de Octavia, hermana de Octavio y exesposa de Marco Antonio. Esto marcaba el comienzo de una trayectoria bañada en el trauma, la supervivencia y el ejercicio del poder tras la caída definitiva del antiguo Egipto. No obstante, su trayectoria política no acabó con el fin de su reino, pues décadas más tarde se hizo con el trono de Mauritania, simbolizando un legado que resistió a la desaparición de su imperio ancestral.
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El cuidado de Octavio con los hijos de Cleopatra: una figura paterna bondadosa

A pesar de lo que se pueda creer en primera instancia, la residencia de los tres hermanos en Roma no fue del todo perniciosa. Según el biógrafo de Octavio, Suetonio, el emperador era una figura paterna bondadosa, que insistió en que se cuidara a los menores como si fueran su propia descendencia. No obstante, detrás de esa medida existía una estrategia política: “Retener el control de los niños significaba que se neutralizaba cualquier amenaza potencial al poder de Roma sobre Egipto”, según relata la BBC.
En el contexto romano se celebró el Triple Triunfo de Octavio en el 29 a.C. El último día del festival incluyó una procesión donde los niños caminaron junto a una efigie de su madre entrelazada con las serpientes que supuestamente habían acabado con su vida. En este momento, Cleopatra Selene desfiló vestida como la Luna y Alejandro Helios como el Sol, representando los nombres que les otorgó su padre, para asegurarse de que las multitudes que se alineaban en la ruta procesional los reconocieran.
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Mientras otros hijos de Marco Antonio, como Iullus Antonius o Antonia la Menor, fueron plenamente integrados en la aristocracia romana, la situación de Cleopatra Selene se mantuvo sin resolver por años. El problema radicaba en que Marco Antonio la había nombrado reina de Creta y Cirenaica por derecho propio en el año 34 a.C. De este modo, podría reclamar el trono de Egipto al considerarse la reina legítima tras la muerte de su madre.
Ante el miedo del imperio romano, se ideó un plan: unir en matrimonio a Cleopatra Selene con Gaius Julius Juba, también pupilo de Octavio y de linaje real africano. El candidato a marido, “el cautivo más feliz jamás capturado”, había sido exhibido en la capital durante el triunfo de Julio César tras la derrota de Numidia, el reino gobernado por su padre, Juba I, quien perdió la guerra civil y la vida frente a Roma.
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La influencia de Cleopatra Selena en Mauritania

El matrimonio de Cleopatra Selene y Juba consolidó la creación del reino cliente romano de Mauritania —actual Marruecos y Argelia—, un territorio de alto valor para el comercio imperial gracias a sus recursos como tinte púrpura, madera de cidro, animales exóticos, cereales y pescado. Allí, la que debió gobernar en Egipto no solo sobrevivió, sino que se manifestó de forma activa. Y es que, las mujeres en la periferia imperial estaban mejor aceptadas en las actividades de gobierno y representación.
Tal influencia resultó evidente en el impulso arquitectónico y cultural. Al final, Selene había crecido viendo a su madre gobernar y mantener contacto con otros poderes femeninos del mundo antiguo. Por lo que, después de casarse y establecer su residencia en Mauritania, no mostró ninguna inclinación a hacerse a un lado. Las monedas acuñadas dejaron constancia fehaciente: en una cara figuraba Juba con la inscripción latina “Rex Iuba” y en la otra, Cleopatra Selene con la leyenda griega “Kleopatra Basilissa”. Además, la reina emitió sus propias monedas, repletas de referencias a sí misma a través de lunas crecientes, motivos egipcios como cocodrilos, ibis y la corona y el sistro de Isis. Incluso, una de esas emisiones se atribuyó con la frase: “Reina Cleopatra, hija de la reina Cleopatra”.
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La pareja real nombró Cesarea a la capital, en honor a Octavio, e impulsó grandes obras públicas, entre ellas, un faro inspirado en el de Alejandría, un palacio, foro, teatro y anfiteatro. Asimismo, importaron obras egipcias y fomentaron el culto de deidades provenientes del Nilo, con templos dedicados a la diosa Isis y la introducción de animales sagrados. Con el tiempo, el centro del país se desarrolló en una corte cosmopolita y competente, punto de encuentro de eruditos y artesanos de diferentes orígenes.
Un legado eterno
Su reinado terminó de forma prematura en torno al cambio de era, probablemente entre el 5 a.C. y el 3 d.C., fechas coincidentes con eclipses lunares observados tanto en Roma como en Mauritania. Un poema atribuido a Crinágoras de Mitilene, destacado en un artículo de la BBC, describe la muerte de la reina egipcia: “La Luna misma, que salió temprano en la tarde, apagó su luz, velando su luto con noche, pues vio a su tocaya, la linda Selene, descender muerta al tenebroso Hades. A ella le había otorgado la belleza de su luz, y con su muerte mezcló sus propias tinieblas”.
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Tras su muerte, Cleopatra Selene fue sepultada en un mausoleo monumental cerca de Cherchell. Sin embargo, no dejó el trono desprovisto, pues fu su hijo Ptolomeo, quien tiró de los mandos del reino como cogobernante en el 21 d.C., hasta que su padre dejó el trono dos décadas después. Los hallazgos numismáticos en la región de Tánger demuestran el uso continuado de las monedas de la reina, evidencia de un brillo perdurable que sostuvo la legitimidad de sus descendientes. Así, a pesar de la escasez de menciones sobre Mauritania en los textos antiguos indica un periodo de prosperidad y estabilidad, el legado de Cleopatra Selene continúa vigente entre los vestigios arquitectónicos y las emisiones monetarias que difundieron su imagen y linaje mucho después de su muerte.
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