
A las siete de la mañana, el Wind Surf, de la compañía Windstar, atracaba en el puerto de Barcelona. Sus 188 metros de eslora lo hacen parecer casi pequeño frente a los gigantes del sector, capaces de transportar a miles de pasajeros. En el muelle, varios taxistas aguardaban con paciencia, sabiendo que hasta pasadas las ocho y media no comenzaría el desembarque. No se equivocaban. Según RAC1, solo unos 300 turistas bajaron del barco, pero se sumaron a los miles que cada día transitan por la infraestructura, especialmente en los meses de verano.
Procedente de Lisboa, el Wind Surf había hecho escala en Cádiz, Gibraltar, Almería, Cartagena y Palma. Muchos pasajeros terminaban en Barcelona su travesía de ocho días. Entre ellos, todos coincidían en dos ideas: repetirían el viaje… pero hay puertos en los que la saturación turística les ha dejado mal sabor de boca.
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Palma, la escala más criticada
La parada en la capital balear fue la más comentada a bordo y, para algunos, la más decepcionante. “Había cinco grandes cruceros y no nos gustó nada. ¡Demasiada gente! Vas a la ciudad y te encuentras con 10.000 turistas”, lamenta Kent, un estadounidense que viaja con su esposa Cristina. Katherine, también estadounidense, intenta rescatar lo positivo: “La catedral era preciosa, pero estaba todo demasiado lleno”.
Las cifras avalan la sensación de estos viajeros. El puerto de Palma registró en 2024 un total de 1.840.001 movimientos de pasajeros. En 2022, el gobierno autonómico y las navieras acordaron limitar a tres el número de cruceros diarios y a 8.000 el máximo de turistas desembarcados. Sin embargo, ese tope se ha desdibujado. El pasado 2 de agosto, dos megacrueros atracaron en Palma con unos 15.000 visitantes a bordo, casi el doble de lo pactado.
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François, un pasajero francés, lo resume con resignación: “Palma estaba muy llena, pero ya sabíamos dónde íbamos”. Este patrón se repite en otros puertos mediterráneos donde el turismo masivo pone a prueba la convivencia con los residentes.
Un puerto en crecimiento
El Puerto de Barcelona es el líder europeo en tráfico de cruceros y el sexto a nivel mundial, con 3.655.981 movimientos de pasajeros en 2024, un aumento del 15,7% desde comienzos de año. En el primer semestre de 2025, ya ha recibido a 1,7 millones de cruceristas. Solo los grandes puertos del Caribe lo superan, mientras que Civitavecchia (Roma) le sigue en el ranking.
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El fenómeno alimenta un debate sobre el modelo turístico de la ciudad. La primera teniente de alcaldía, Laia Bonet, advirtió en enero que “se ha tocado techo” y anunció junto al puerto una reducción progresiva de terminales, que pasarán de siete a cinco en 2030.
El atractivo de los barcos pequeños
Frente a los megacrueros, el Wind Surf pertenece a la categoría de embarcaciones de menos de 1.000 camas, que representan un tercio de las escalas en Barcelona según la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros (CLIA). Sus pasajeros valoran las dimensiones reducidas.
“Te permite tener una relación más cercana con la tripulación y con los demás pasajeros”, explica Cristina. François, el turista francés, es tajante: “Nunca iría en uno de esos megacrueros”. Además, este tipo de barcos accede a puertos más pequeños y menos saturados. Sin embargo, reconocen que no es una opción asequible para todos.
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Durante el viaje, la comodidad ha sido un argumento clave. “No tienes que conducir ni preocuparte por el transporte; cada día visitas un sitio y por la noche viajas”, cuenta François. Jessica, estadounidense, añade: “Es genial que tu habitación se mueva contigo y no tengas que cargar maletas”.
Expectativas en Barcelona
Tras el desembarque, algunos pasajeros se dirigieron al aeropuerto del Prat, mientras que otros aprovecharán para pasar unos días en la capital catalana. Entre sus planes figuran las visitas al Museu Picasso y a la Sagrada Familia.
Jessica, que no lograba recordar el nombre del templo, lo definió como “la gran y famosa catedral que lleva una eternidad en construcción”. Katherine, que estuvo en la ciudad hace dos décadas, espera encontrarla “más bonita y avanzada que entonces”.
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Mientras tanto, Barcelona sigue lidiando con el reto de gestionar un flujo turístico que no deja de crecer y que, como advierten los cruceristas, puede hacer que algunos destinos pierdan parte de su encanto.
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