
El horno, ese viejo conocido en las casas españolas - y de todo el mundo -, es uno de los aliados más fieles a la hora de cocinar. No hay receta que se le resista, pero también tiene su cruz: cuando toca limpiarlo, es fácil mirar para otro lado y dejar la tarea para otro día, y los restos de salsa en la puerta, manchas de grasa en las paredes y un poco de suciedad aquí y allá acaban siendo parte del paisaje.
Pasar por alto la limpieza no es buena idea. Si se deja acumular la porquería, además de los clásicos olores, pueden aparecer bacterias y algún que otro germen indeseado. Además de que, a más tiempo pase entre una limpieza y la siguiente, más difícil será una vez no pueda evitarse más. Los especialistas en productos del hogar, como los de Aldi, aconsejan limpiar el horno nada más usarlo. Pero como poca gente lleva a rajatabla esa recomendación, quizás lo mejor es fijarse una rutina, según el uso que se le de, para no dejar pasar demasiado tiempo.

Dejar que el horno se limpie solo
Afortunadamente, existen trucos que ahorran faena y evitan el uso de productos químicos fuertes. Una de las opciones más comentadas consiste en preparar una pasta con bicarbonato de sodio y un poco de agua. No hace falta complicarse: basta con mezclar bien y ayudar de una cuchara o espátula para extender la mezcla por las paredes del horno, eso sí, sin tocar las resistencias ni meterse mucho en las esquinas imposibles. Para los que prefieren un aroma más fresco y quieren atacar la grasa con algo extra, se puede añadir unas gotas de limón a la mezcla.
El invento requiere algo de paciencia, porque la clave es dejar que actúe toda la noche. Una vez extendida la pasta, se cierra la puerta y toca olvidarse hasta el día siguiente: el calor que queda en el horno permite que el bicarbonato ablande esa suciedad pegajosa que tanto cuesta quitar. Al despertar, la mayor parte del trabajo está hecha. Con pasar un paño húmedo en el interior, se lleva consigo la pasta y la suciedad reblandecida. No hay que rascar ni frotar con fuerza, ni tampoco preocuparse por tóxicos o productos raros: todo sale con facilidad.
Para los más perfeccionistas y quienes buscan un resultado aún mejor, existe un truco casero adicional. Se trata de precalentar el horno a unos 80 grados y, cuando alcance esa temperatura, apagarlo. Después, se coloca una cazuela con vinagre blanco en la rejilla de arriba y otra con agua hirviendo en la de abajo. La puerta se queda cerrada y los vapores trabajan solos durante toda la noche. Por la mañana, se retiran las ollas con cuidado y se mezcla el vinagre que queda con un poco de jabón de platos. Con una esponja suave se repasa el interior y, tras enjuagar con agua y secar bien con un paño, el horno recupera casi el aspecto del primer día.
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