
Ya son muchos, y cada vez más, los lugares en el mundo en los que los pisos turísticos son rechazados con fuerza por la población local, que se ve desplazada por una industria hiperactiva que encarece sus vidas y gentrifica sus barrios. Tiene sentido, en realidad, porque lo que no lo tiene es mantener vacía una vivienda perfectamente habitable durante todo el año a excepción de en los momentos puntuales en los que a algún turista le apetezca darle algún uso. Si fuesen pocos, todavía podría ser gestionable, pero el problema es que ni lo son ni parece que vayan a ser menos próximamente, aunque se empiecen a aplicar medidas para regular este fenómeno. Al final, que tanto piso se mantenga fuera de la oferta total de vivienda provoca tal subida de los precios que a las personas que viven en la zona en cuestión les acaba resultando imposible pagar cualquier alquiler.
La última inquilina de un edificio de Turín
No faltan casos que lo demuestren: “Para pagar el alquiler, tuve que vender collares y pulseras. Como el edificio solo ha estado habitado por turistas y estudiantes, el alquiler ha subido de 600 a 900 euros. Soy la única que vive aquí permanentemente: los demás apartamentos suelen estar vacíos”. Así lo cuenta - en el medio italiano Corriere della Sera - María C., una vecina de 80 años de Porta Palazzo, Turín (Italia), que lleva cuarenta años viviendo en el mismo edificio, donde ha ido quedándose sola poco a poco hasta convertirse en la única inquilina que vive allí a largo plazo. A los demás, según cuenta, no les renovaron los contratos y se vieron obligados a abandonar los apartamentos para verlos convertidos en pisos turísticos o para estudiantes, es decir, de alquiler a corto plazo. En internet, pueden encontrarse anunciados por alrededor de 1.100 euros al mes.
“Hace dos años, llegaron cartas advirtiendo que, al vencimiento del contrato de arrendamiento, no habría renovación. Así que, uno a uno, se fueron todos. El último inquilino dejó el apartamento hace unos meses”. A ella, que llevaba cuatro décadas allí, si le renovaron el contrato, pero con una subida de 300 euros mensuales en la cuota, de los 600 euros a los 900. Cuarenta años, los que llevaba viviendo ahí, es una vida entera: María no quiso marcharse, como se puede llegar a comprender. “Este es mi hogar”, explica, “un lugar importante” para ella. Pero conservarlo no fue fácil, porque María tiene “una pensión normal, no muy alta. Así que intento sobrevivir” y, según cuenta, se vio “obligada a vender unas joyas para pagar el alquiler”.

El resto del edificio está prácticamente vacío. No vive “casi nadie ahora mismo” y, de hecho, el último indicio de que alguien más pasa por ahí de vez en cuando llegó “hace unos días”, en un cruce con “unos desconocidos en el ascensor”. Con toda probabilidad “eran turistas”, asegura María, quien añade al respecto que “apenas saludaron”. Por lo demás, apartamentos reformados, todos ellos, que se mantendrán vacíos, al menos, hasta septiembre. A pesar de todo, María no culpa al casero, y dice que “no voy a criticar lo que hace”. “Lo que más me duele”, explica, “es ser de Turín, haber trabajado aquí toda mi vida y sentirme la única que queda, como si ya no tuviera ningún derecho”.
No es algo exclusivo del portal de María, sino que todo “el barrio, el de verdad, ya no existe”, lamenta la mujer. “He visto crecer aquí a niños que ahora tienen cuarenta años, y todavía me saludan por la calle. Este era un edificio piamontés; durante años, vivieron allí las mismas familiar. No había grandes amistades, salvo raras excepciones, pero al menos sabía que estaban ahí, que no estaba sola. Hoy es todo diferente: no sabes quién vive al lado, quién entra o sale. Y me siento cada vez más sola”. Todo Porta Palazzo está cambiando, incluso “el mercado ya no es lo que era, la calidad ha bajado. Pero aun así quiero quedarme”, aclara María. “Crearon una desgracia con el PalaFuskas, un edificio realmente feo”, un centro comercial inaugurado en el 2005. Según María, el crítico e historiador de arte - además de miembro de la Cámara de Diputados italiana en varias ocasiones y algún cargo, incluso como alcalde, en administraciones municipales - “Vittorio Sgarbi vino cuando lo inauguraron: le pregunté qué le parecía y me dijo sin rodeos que era repugnante”.
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