
En Tracy-le-Val, un pequeño pueblo en Oise, al norte de Francia, sus aproximadamente 1.000 habitantes enfrentan una situación que tiene a los vecinos desesperados: desde hace tres años, olores similares a la “col podrida” invaden periódicamente las calles.
“Es un infierno”, dice Hervé Lefranc, uno de los residentes más afectados. En declaraciones al canal TF1, relató cómo se ve obligado a “esconderse” en su casa para escapar del desagradable olor. “No es posible de otro modo. De lo contrario, ya no respiraremos en casa. Es un infierno. No debemos sufrir anomalías como estos olores pútridos que nos atrapan en la garganta”, explicó. Aunque los malos olores no son constantes, Lefranc estima que ocurren entre 80 y 100 días al año, afectando incluso su descanso nocturno. Con su mascarilla para apnea del sueño, afirma que los olores se intensifican: “Te despierta, puedes olerlo enseguida. Es más potente con la mascarilla que sin ella”.
Vecinos como David, miembro del colectivo “Brigada de la nariz”, corroboran esta situación. “La gente se siente mal y vomita”, denuncia. Este grupo de ciudadanos, creado en respuesta a la inacción de las autoridades, busca identificar la fuente del problema. Siguiendo la dirección del viento, han señalado como posibles responsables a dos instalaciones en la localidad vecina de Moulin-sous-Touvent: una planta de compostaje y un centro de enterramiento de residuos domésticos, donde cada año se procesan 40.000 toneladas de desechos.
Una “brigada” para investigar el caso
A pesar de estas observaciones, ninguna investigación oficial ha confirmado que dichas instalaciones sean la causa de los olores. La empresa Suez, gestora de una de las plantas, negó su responsabilidad a TF1: “Hasta la fecha, los problemas de olores comunicados por los residentes locales no están relacionados con el funcionamiento de la plataforma de compostaje GL Organosol. Esta observación fue confirmada por la prefectura y las autoridades locales”, explicaron.
El alcalde de Tracy-le-Val, Claude Servais, apoya la hipótesis de los residentes y considera que los vientos procedentes del sur podrían ser los responsables de dispersar los olores. Sin embargo, reconoce que hace falta más evidencia. Mientras tanto, los habitantes han recurrido a soluciones temporales, como inciensos, velas y difusores, para mitigar el mal olor. “Puedo confirmar que hay días que no huele bien”, comenta un transeúnte. Otro vecino, más contundente, asegura que “huele a huevos, a secreción”.
La preocupación también recae en los posibles efectos en la salud. “Alguien puede estar envenenando a nuestros hijos. Ese es el verdadero problema”, subraya David, mientras exigen a las autoridades una solución definitiva. Entre las propuestas del colectivo se encuentra trasladar los residuos a una planta de incineración a una hora de distancia, donde serían tratados en un horno industrial.
Por ahora, los habitantes continúan registrando cada episodio de malos olores y presentando denuncias ante la Dirección Regional de Medio Ambiente, Planificación y Vivienda (DREAL). Aunque persisten las dudas y el descontento, la comunidad de Tracy-le-Val sigue unida en su lucha por recuperar la calidad de vida en su pueblo.
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