Con los hombros hundidos, con aires máximos de indefensión, Ricardo recuerda los dos años que durmió en las calles de Madrid. La primera noche es inolvidable, porque es la primera vez que notó cómo las ratas le saltaban por encima y las hormigas se suben a tu cuerpo. Tras varios trabajos, tras ser hostelero casi 13 años, durante la crisis del coronavirus, se vio sin red sobre la que caer y acabó sin hogar.
“Me quedé sin trabajo y no pude encontrar nada. Dormí detrás de un Carrefour en Móstoles y así estuve dos años”, relata este hombre a Infobae España. Su adicción al alcohol le llevó a una deriva autodestructiva. “He llegado a tener buenos trabajos, pero todo se estropeaba. Bebía diez cartones de vino al día. Por la mañana me bebía cinco y me quedaba dormido, pero me despertaba de la ansiedad y me tenía que beber otros cinco”, asegura. Probó el whisky con 9 años, dice, el gran error de su vida.
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Ahora, Ricardo vive en el Centro de Acogida San Isidro, en el centro de Madrid, y tiene cama y comida en busca de su reinserción a la sociedad. Tras la pandemia, el sinhogarismo es un problema que ha aumentado drásticamente en España. En 2022, 21.684 personas se alojaron en centros de atención a personas sin hogar por toda España, un 22,0% más que en 2020. Del mismo modo, el encarecimiento de los alimentos ha disparado las colas del hambre, que han aumentado un 10,5% en los comedores sociales.
La pobreza extrema se ha agravado tras la pandemia, y los centros de acogida, pese al aumento de plazas, también engorda sus listas de espera. Ricardo es un buen ejemplo, desprovisto de cualquier ayuda tras una vida entera dedicada al trabajo. “Cuando llegó Filomena —la helada de Madrid en enero de 2021— dormí sobre el hielo. Y durante varios meses, vivía con otros sinhogar en Jacinto Benavente, que tenías que pagarles para poder entrar en su círculo y poder tener esa protección de grupo”, relata Ricardo sobre sus memorias en la otra cara de la noche madrileña.
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El aumento de la demanda de plazas en los centros de acogida se puede constatar desde el Ayuntamiento de Madrid. En 2018 había contabilizadas 650 personas sinhogar. Actualmente, el Ayuntamiento de Madrid cuenta con 1.157 plazas en sus centros, todas llenas y con listas de espera pendientes de ocupar las vacantes. En total, el presupuesto para gestionar esta demanda oscila actualmente los 30 millones de euros en la ciudad. Durante el invierno hay campañas para evitar que nadie duerma al raso, pero la demanda siempre sobrepasa las capacidades que Ayuntamiento pone a disposición de sus trabajadores.
Yolanda García, jefa del departamento de prevención de sinhogarismo y atención a personas sin hogar del Ayuntamiento de Madrid, apunta que el tratamiento de estas personas nunca tiene fecha final. La línea de meta es difusa porque sus heridas son muy profundas: “El perfil del sinhogarismo requiere una intervención muy larga. El trabajo es lento. Las estancias en los centros son largas. Son personas con muchas dificultades en muchas áreas: documentación, adicciones, salud mental... Nosotros trabajamos la reducción del daño. Son personas muy vulnerables y a lo mejor una en concreto sabemos que no se va a poder reinsertar en el mercado laboral porque tiene problemas de salud mental. Otras, sí. No hay tiempo de estancia en los centros”.
Un nuevo perfil de personas sin hogar
Desde que está ingresado en el centro de San Isidro, Ricardo acude todas las mañanas a la sala de reducción de daño. Ahí, combate su abstinencia y su alcoholismo. “Me dan un vasito de vino y me tiene que durar una hora”, sostiene el hombre, una cantidad y un ritmo mucho menor al que su cuerpo se había acostumbrado. Las heridas causadas por el alcoholismo son visibles, sufre de cirrosis y desde los 27 años, ocasionalmente, vomita sangre.
El perfil de la persona sinhogar ha variado en los últimos años, sostiene Yolanda García: “Han aumentado los mayores de 65 años, y también hemos notado un incremento de personas entre 18 y 25 años. También de chicas jóvenes, que salen de relaciones de violencia y también de jóvenes que cumplen la mayoría de edad tras haber sido tutelados por la Comunidad de Madrid”. En general, según el Instituto Nacional de Estadística, los datos de 2022 dejaron que un 20,0% de las personas sin casa son migrantes, otro 7,2% mujeres víctimas de violencia de género y el 72,8% restante no corresponde a minorías.
Ricardo se prepara para su paseo rutinario tras comer, donde cruza algunas zonas verdes del Templo de Debod para pasar las horas. Sus palabras son de agradecimiento hacia el sistema, por haberle rescatado de las calles. Pero sus ojos y su actitud son de completa derrota, aunque una pequeña sonrisa se abre paso entre su vencimiento, gracias a una aspiración vital que le vuelve a dar inquietud y humanidad a sus palabras: “Algún día escribiré un libro con todo lo que me ha pasado”.
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