
La mirada de Ana Torrent en El espíritu de la colmena y en Cría cuervos, el magnetismo de Ivana Baquero en El laberinto del fauno, la personalidad de Laia Artigas en Verano 1993, la sensibilidad de Haley Joel Osment en El sexto sentido y su madurez en A.I. Inteligencia Artificial, la fuerza arrolladora de Quvenzhané Wallis en Bestias del sur salvaje, la contagiosa credibilidad de Dakota Fanning en La guerra de los mundos o la profesionalidad de Christina Ricci en La familia Addams.
La historia del cine, tanto español como internacional está lleno de interpretaciones prodigiosas de menores que han quedado incrustadas en el imaginario colectivo. Sin embargo, siempre existe el debate en torno a ellas. ¿Hasta qué punto resultan fruto de una verdadera preparación profesional? ¿Es justo premiarles? ¿Saben los niños realmente lo que están haciendo o su participación en las películas supone para ellos un juego?
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Premiar a los niños, sí o no
En los dos últimos grandes certámenes internacionales, el de San Sebastián y el de Berlín, se ha vuelto a abrir esta controversia después de que en ambos casos el premio a la mejor actriz recayera en una menor. En el primer caso, Carla Quílez tenía 13 años cuando recogió la Concha de Plata por encarnar a una madre menor de edad en La maternal, de Pilar Palomero. En el segundo caso, Sofía Otero, contaba con tan solo nueve años cuando se alzó con el Oso de Plata por interpretar a una niña trans en 20.000 especies de abejas, la ópera prima de Estíbaliz Urresola.
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Sin embargo, ninguna de las dos ha podido o podrá optar a los premios Goya, ya que desde 2011, la Academia de Cine decidió que los menores de 16 años no podían optar a las candidaturas. Desde la institución alegaron que la exposición pública a las que se les sometía, así como la falta de madurez de los niños para afrontarla era perjudicial para su desarrollo en la edad adulta. Hasta que se modificó este reglamento, seis menores habían recibido el galardón, siempre en las categorías de Mejor actriz o actor revelación.
El primero fue el pequeño Andoni Erburu, que con diez años dio luz con su mirada a Secretos del corazón (1997), de Montxo Armendáriz. Más tarde, Juan José Ballesta se convirtió en el descubrimiento de la temporada gracias a El Bola (2001), de Achero Mañas, cuando tenía 12 años. La misma edad tenía Ivana Baquero cuando se puso a las órdenes de Guillermo del Toro en El laberinto del fauno (2007) y también Nerea Camacho, la estrella de Camino (2009), de Javier Fesser. Los últimos en conseguirlo fueron los dos niños protagonistas de Pa negre (2011), de Agustí Villaronga, Marina Comas y Francesc Colomer.
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Muchos han continuado su carrera en el mundo de la interpretación, y otros simplemente dejaron esa incursión infantil para la posteridad y llevaron una vida alejada de las cámaras. Para que el trabajo de los pequeños sea seguro existe la figura del coach, que los acompaña en los rodajes e intenta convertir este espacio en una zona segura para ellos. Rubén Martínez, además de actor, se dedica también a esta labor gracias a la que ha conseguido resultados increíbles en Las niñas y La maternal, ambas de Pilar Palomero. “Cuando eres adulto, aunque no seas actor o actriz profesional, tienes más vivencias personales y profesionales, más conocimiento. Pero con los niños hay que rescatar toda la parte lúdica, introducirse en su imaginario y sensibilidad y conectar con aquello que les motiva para trabajar desde ahí y guiarles de una manera más fácil para ellos”, cuenta a Infobae España.

Pero, ¿son conscientes de lo que están haciendo? “Por mi parte intento quitarse todo tipo de presión de lo que significa un rodaje. En Las niñas lo planteé así, casi como si se tratara de un campamento de verano, para que se sintieran libres y no hubiera miedo al error y si pasaba, que fuera bienvenido porque eso nos llevaría a abrir otra puerta”.
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Por ley, los menores de 16 años que participen en una obra audiovisual, deben contar un contrato con requisitos y características específicas que incluyen, asegurar la integridad física del menor durante el rodaje, que la autorización sea solicitada por los representantes legales y que el menor manifieste su consentimiento cuando sea mayor de 7 años. Además, se limita el número de horas de trabajo para hacerlas compatibles con el horario escolar y en la mayoría de los territorios se exige que el menor sea acompañado por un familiar. Tampoco se les permite rodar más allá de las diez de la noche.
Rubén Martínez piensa que premiar a los menores es un asunto delicado. “No sé hasta qué punto son conscientes, sobre todo cuando son muy pequeños. Y eso además genera una presión, porque ganar un galardón simboliza un triunfo. ¿Y qué pasa después? Probablemente les reste lo más valioso que mantienen, que es la inocencia”. Tiene claro que hay niños y niñas que tienen algo innato, una especie de energía que traspasa la pantalla, y que ahí es donde surge la magia. “Cuando eres más mayor se trabaja desde un punto de vista más consciente e irracional, pero en estos casos tiene que ver con el alma que tenga ese niño, con su manera de mirar, de escuchar, cosas que están impresas en su personalidad que no se aprenden”.
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Los rodajes con niños siempre son peliagudos y, en algunas ocasiones, están marcados por la polémica. Es lo que le sucedió a la película Sparta del austríaco Ulrich Seidl, que giraba alrededor de un hombre con tendencias pedófilas. Los padres de los menores que aparecían, entre 9 y 16 años, acusaron al director de ocultar deliberadamente de qué iba la película y de que tampoco preparó a los pequeños para afrontar una grabación que giraba en torno a la violencia sexual y que incluía otros aspectos como el abuso de alcohol.
No sabemos lo que ocurrirá con Sofía Otero, pero por el momento, Carla Quílez ha decidido continuar en el terreno de la interpretación y ya se encuentra inmersa en otro proyecto. El tiempo dirá hasta qué punto los premios que han recibido, han marcado sus vidas, tanto personales como profesionales.
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