A los 82 años, Keith Richards sigue siendo ese tipo indomable que desafió a la muerte y a todos los manuales de supervivencia del rock. Hoy, el guitarrista de The Rolling Stones revisa su propio mito y cuenta cómo tuvo que aprender a bajar revoluciones para no quedar tirado en el camino.
Del humo y la furia a la calma eléctrica
Richards decidió dejar los cigarrillos hace seis años. Después de décadas prendido a la nicotina, un día se miró al espejo y vio en ese gesto algo ridículo. “Me pareció infantil”, dijo sin filtro. La decisión no fue una pose: los cigarrillos cayeron por la borda y, según él, ni siquiera los extraña.
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Cuando la banda se preparaba para salir de gira, Richards notó la diferencia: tenía diez veces más aire en los pulmones. Los parches de nicotina funcionaron y la sensación de libertad fue inmediata. “No estaba lejos del final de la pista antes de pedir ayuda a gritos”, confiesa.
Por su parte, el whisky ya no corre como antes, pero tampoco desapareció; Richards aprendió a tomar con mesura. La frontera entre el exceso y el control es fina, y él la camina con la destreza de quien conoce el abismo. “Es la única manera de seguir tocando”, dispara.
La transformación no fue solo física. El guitarrista reconoce que su cabeza también mutó. Los impulsos de autodestrucción, tan celebrados en los años dorados del rock, dejaron paso a una ética de supervivencia. La regla es clara y nadie la discute en su banda: “Tiendes a bajar el ritmo si quieres seguir. Te regulas”.
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Richards no esquiva la sombra de la heroína, esa vieja compañera de ruta que casi lo deja fuera de juego en los años setenta. Hoy, la menciona con ironía y cierta distancia: abandonó ese hábito en 1978 y nunca miró atrás.

El paso del tiempo se siente, y no hay vuelta atrás. Richards sabe que cada gira puede ser la última, aunque no se obsesiona. “A veces pienso que el último disco puede ser el final, pero prefiero ver hasta dónde puedo llegar”, dice, con el temple de quien está acostumbrado a improvisar en el escenario y en la vida.
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El rock y la pausa: una ecuación inesperada
El vértigo de la juventud quedó lejos, pero el fuego sigue ahí. Richards mira hacia atrás y se reconoce como un sobreviviente. La edad le enseñó a no subestimar los límites y a disfrutar de la pausa.
Hoy, su vida es una mezcla de disciplina y rock and roll, un equilibrio improbable para alguien que desafió todos los pronósticos.
Keith Richards encontró la manera de seguir siendo el alma rebelde de los Rolling Stones sin prenderse fuego en el intento. Entre la calma y el caos, la guitarra sigue siendo su lugar en el mundo. Y mientras haya escenario, habrá riff. La leyenda, lejos de apagarse, se reinventa cada noche.
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