
El estreno de Buenos muchachos hace 35 años significó un punto de inflexión en el cine de gangsters. Dirigida por Martin Scorsese y presentada el 9 de septiembre de 1990 en el Festival Internacional de Cine de Venecia, esta obra redefinió el género y se consolidó como referente.
Su debut, rodeado de incertidumbre, se transformó con el tiempo en una influencia duradera en la industria, tal como destacó la BBC en su análisis.
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Polémica y reconocimiento internacional
El contexto previo al estreno estuvo marcado por la controversia. Dos años antes, Scorsese había afrontado fuertes críticas y amenazas tras el lanzamiento de La Última Tentación de Cristo. Esta atmósfera de tensión se mantuvo en las primeras proyecciones organizadas por Warner Bros., donde la audiencia reaccionó con rechazo, abandonando incluso la sala durante la secuencia inicial interpretada por Joe Pesci.
No obstante, el recibimiento en Venecia fue completamente distinto: Scorsese obtuvo el León de Plata al mejor director y la crítica internacional elogió la audacia y el realismo de su trabajo.
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La película no tardó en conquistar a la industria. Buenos muchachos sumó seis nominaciones al Oscar y permitió que Joe Pesci obtuviera la estatuilla al mejor actor de reparto gracias a su papel como Tommy DeVito, basado en el gánster real Thomas DeSimone.
La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos incluyó a la película en el Registro Nacional de Cine, resaltando su importancia cultural, histórica y estética. La BBC subrayó cómo esta obra consolidó su prestigio con el paso de los años, reafirmando su influencia en el séptimo arte.
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Una historia auténtica y descarnada
La trama, adaptada del libro Wiseguy de Nicholas Pileggi, narra el ascenso de Henry Hill, interpretado por Ray Liotta, en el mundo criminal de Brooklyn. Guiado desde su juventud por Jimmy Conway (Robert De Niro) y el impredecible DeVito, Hill participa en delitos menores y termina implicado en el legendario atraco a Lufthansa de 1978, donde se sustrajeron USD 5 millones en efectivo y joyas valuadas en USD 875.000.
El declive de Hill, impulsado por el tráfico de drogas y el temor constante, culmina en su colaboración con el FBI y su ingreso al programa de testigos protegidos, giro que inspiró la comedia My Blue Heaven escrita por Nora Ephron.
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Scorsese, que previamente había explorado el bajo mundo en Malas Calles, reconoció ante la BBC que dudó en regresar al género, pero la veracidad de las memorias de Hill y la investigación exhaustiva de Pileggi lo hicieron cambiar de opinión.
El cineasta buscó retratar a sus personajes como individuos complejos, mostrando aspectos cotidianos como la vestimenta, la gastronomía y los rituales sociales. Para lograr mayor autenticidad, invitó al fiscal federal Edward McDonald a interpretarse a sí mismo, recreando conversaciones originales con Hill.
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Un elenco comprometido con la autenticidad
El reparto se volcó en recrear fielmente ese universo. Ray Liotta relató a la BBC cómo todo el equipo compartía el objetivo de alcanzar una representación genuina. Robert De Niro mantuvo comunicación constante con Hill, quien seguía oculto, para asegurar que su personaje reflejara los matices y particularidades reales del entorno mafioso.
Incluso, De Niro destacó que el atractivo del criminal reside en su desafío a la autoridad, pero la película nunca idealiza la violencia ni el caos inherentes a ese estilo de vida.
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La autenticidad también se reflejó en escenas emblemáticas. La secuencia del Copacabana, realizada en un solo plano de tres minutos, sumerge al público en el lujo de la mafia.
Otros momentos, como el tenso “¿Funny How?”, nacieron de vivencias personales de los actores y no figuraban en el libro. Scorsese explicó que incorporar estas situaciones permitía mostrar el peligro latente y la imprevisibilidad que definían ese mundo.
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Innovación técnica y narrativa vertiginosa
En términos técnicos, la película destaca por su ritmo ágil y el uso innovador de la cámara. Scorsese planeó cada toma meticulosamente, utilizando cámara en mano y zooms dinámicos para transmitir el vértigo y la sensación de un destino fuera de control.
El montaje, dirigido por Thelma Schoonmaker, emplea imágenes congeladas y cortes abruptos, reforzando la paranoia y el consumo de drogas del protagonista. La realizadora señaló a la BBC que el montaje se aceleró progresivamente para traducir la creciente inestabilidad de Hill.
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La música ocupó un rol clave en la ambientación. Scorsese optó por que las canciones fueran contemporáneas a la época de cada escena, permitiendo al público ubicarse en un entorno preciso. Schoonmaker explicó que el director seleccionaba personalmente cada tema y a veces reproducía la música en el set, sincronizando los movimientos de cámara con el ritmo.
Canciones como “Rags to Riches” de Tony Bennett, “Then He Kissed Me” de The Crystals o “Gimme Shelter” de The Rolling Stones marcan momentos fundamentales, mientras que “My Way” de Sid Vicious cierra la película aludiendo a la ausencia de arrepentimiento del protagonista.
Una visión cruda del mundo criminal
A diferencia de otros clásicos como El Padrino, dirigido por Francis Ford Coppola, que se centra en el poder de las altas esferas, Buenos muchachos muestra la brutalidad y la rapidez de la vida en los escalones más bajos de la mafia.

La BBC señaló que, a medida que avanza la historia, el atractivo inicial desaparece y emerge una realidad marcada por la violencia, la traición y el desencanto; siendo que la mayoría de los personajes enfrentan la muerte, la cárcel o la frustración.
El mensaje tras el mito
La reflexión de Scorsese, recogida por la BBC, sintetiza el núcleo del filme: detrás de la aparente grandeza de la vida criminal se oculta una existencia destructiva y vacía, donde la búsqueda de poder desemboca en la desolación y la autodestrucción.
Una película que, tres décadas después, permanece como un retrato potente y honesto de la mafia y sus consecuencias.
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