
Pilar Montes de Oca lleva décadas dedicada a una causa que parece modesta y resulta ser infinita: entender cómo habla México. Fundó y dirige la revista Algarabía, que convirtió el amor por el idioma en un proyecto editorial de largo aliento. Es también la autora del Chingonario, un diccionario que tomó una de las palabras más elásticas del español mexicano, que se reconfigura con cada frase y cada hablante: “A chingarse bonito”, “Chingón”, “No más por chingar”, “Tener un chingo”... y todas las versiones como insulto.
En esta entrevista, un argentino y una mexicana hablan en una lengua que comparte la gramática y se bifurca en casi todo lo demás. Es un encuentro y desencuentro que termina por ser el nervio de la conversación: del “ahorita” como forma de resistencia y el componente político de la lengua, a la RAE y sus límites, de la ironía que viene de la colonia a la clase social que se cuela en cada palabra. Una charla sobre un idioma que, en el fondo, no es uno solo.
—¿Qué te sigue asombrando del idioma de México?
—El español tiene una —podríamos llamarle— homogeneización que no tienen otras lenguas. El portugués de Brasil y el de Portugal ya casi no se comprenden. En cambio, en español, aun cuando tú hablas de una manera y yo de otra, nos podemos comprender. En México tenemos un gran sustrato. Cuando los españoles llegaron aquí encontraron muchísimas lenguas indígenas. La más importante, y la que se sigue hablando en México más o menos por un millón de personas, es el náhuatl. Pero hay otras, como el maya, el otomí, el zapoteco, el mixteco. Olvídate de palabras: ejote o elote o tomate o —la heredamos a todo el mundo— chocolate. En ese sustrato hay una estructura de la lengua, una forma de relacionarte lingüísticamente que seguimos teniendo los mexicanos.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, el albur, que es hacerte una broma sin que te estés dando cuenta. Esto se da mucho en el virreinato. Los indígenas, que obviamente estaban trabajando para el español, trataban de hablar de una manera críptica para que no los entendieran. Entonces, de repente, decían “camote” —que en Argentina es la batata—, que tiene una forma fálica: “¿Quieres camote?”. El albur se sigue usando muchísimo en todos los estratos y hace que el español de México sea interesante. Y están todos los dialectos: todos hablamos español, pero lo hablamos de diferente manera. No es lo mismo el yucateco que el quintanarroense o el chilango. Los dialectos son creativos. La creatividad es un orgullo en México y entonces la exaltamos más.

—Hay una crónica de Caparrós en África que se llama “Pole pole”, una palabra que usan para decir “ahorita”. Ahí dice que “pole pole” y “ahorita” es como la revancha del pobre para robarle tiempo al rico. El ahorita es algo que puede suceder ahora, en el próximo minuto o en los próximos cuatro años.
—El “ahorita” es la revancha del que no tiene el poder, que le quita el tiempo al que sí lo tiene. Los hijos lo aplican mucho a las mamás: “M’hijito, ¿ya hiciste la tarea?”, “Sí, ahorita, amá”. Lo aplican mucho los empleados: “¿Ya arreglaron el foco?”, “Ahorita”. Y ese foco nunca se arregla. Ahora, este “ahorita” en México habla de otra cosa, que es muy interesante, que en Argentina o en España no tienen: el diminutivo va a sustantivos y adjetivos —la sillita, chiquita—, pero aquí lo aplicamos a los adverbios y a los verbos. “Pasadito el Oxxo”, “Llegandito yo te marco”, “Tantito”. Es una forma difícil de traducir a otros idiomas.
—¿Cuándo una discusión lingüística se convierte en una discusión política?
—Todo el tiempo. La lengua es política todo el tiempo. Siempre tenemos posibilidades de hablar de la lengua de una manera lúdica y de reírnos —como lo estamos haciendo—, pero la lengua cambia en tres vertientes. Cambia por estrato sociocultural o sociolingüístico: no habla igual una clase popular, una clase media, una clase culta. Cambia por geografía: por dónde estás parado. Y cambia en el tiempo: cuando lees el poema del Mío Cid o el Martín Fierro no entiendes muchísimas palabras.
—“Moza fermosa de la finojosa”.
—¡Claro! Lo interesante es que la lengua siempre ha sido el estandarte de los imperios. A Roma no le importaba que la Galia o Hispania siguieran adorando a sus dioses; les importaba que pagaran los impuestos y hablaran latín. Y cuando llegan los españoles a América pasa exactamente lo mismo. La lengua siempre ha sido política porque, a final de cuentas, cuando hablas, estás exaltando ciertas cosas. Pensemos en el fenómeno de Bad Bunny, que cantó en el show del medio tiempo del Super Bowl, cuando dijo: “¿No me pueden entender? Tienen cuatro meses para aprender”. Ese tipo de cosas acaban siendo políticas, aunque sean graciosas. La política y la lengua están entreveradas todo el tiempo.
—En México, el libro de Virginia Woolf se llama Una habitación propia. Pero en la Argentina, como lo tradujo Borges para el Grupo Sur —que era de clase alta y no decía “habitación”—, se llama Un cuarto propio.
—Bueno, ellos eran total y absolutamente elitistas.
—En el diario de Bioy, Borges nunca cena: “Come en casa, Borges”.
—Ustedes comen, ustedes, en la noche, ¿no?
—Sí, ustedes comen y cenan; nosotros almorzamos y comemos.
—Es interesante también en las traducciones. No sé si te ha pasado tener que malamente leer algún texto traducido por españoles. Me acuerdo de El guardián entre el centeno, cuando yo no sabía suficiente inglés como para leerlo en inglés. Entonces eso hace que todo sea político porque, al final de cuentas… Pero hay un fenómeno en México: la gente no lee. Es abismal la diferencia con España, con Argentina, con otros países de Europa, con Estados Unidos. Tenemos un problema que se llama el horror al renglón seguido, que es cuando ves demasiadas líneas.

—¿En qué punto la oralidad deja de ser un rasgo y se vuelve una manera de mirar el mundo?
—Cada país tiene una idiosincrasia lingüística, que es cómo te acercas a las cosas, cómo ves las cosas, cómo haces bromas acerca de ciertas cosas. Por ejemplo, en México nunca se hacen bromas como las que hacen ustedes: “Más pesado que vaca en brazos”.
—Es muy del campo, eso. “Pesado como collar de melones”.
—“Pesado como milanesa de chancho”. “Más incómodo que bailar con la suegra”. Señalan las cosas. Cuando las escuchas, qué forma de reírte. La lengua no solo pasa por la palabra: pasa por la metáfora, la comparación, la aliteración, la repetición de ciertas cosas. Aquí es muy común decir “va” y entonces, en lugar de decir “va”, dices “Bambi”, y luego “Bambi es un venado y tambor su valedor”. Y te vas extendiendo. “Oye, ¿vas a ir a la fiesta?”, “Pues Bambi es un venado”.
—“No hay de qué… so, nomás de papa”.
—¿Todavía pasan “El Chavo” en la tele allá? Es increíble.
—Hay una canción de Café Tacvba, “Chilanga banda”, que todas las palabras dicen “che”.
—Fíjate que el prólogo de Chilangonario, que es el diccionario del habla chilanga que hicimos en la revista Algarabía, es de Jaime López, y él lo que dice que el éxito de Chespirito puede estar en la che. Muchos apodos o hipocorísticos en México la tienen: Conchi, Chava, Soledad es Chole, Graciela es Chela, que es también como le decimos a la cerveza. Algo feo es chafa.
—Pero no usan el Che como nosotros.
—Usamos el güey.

—Es habitual que en las discusiones te mencionen a la RAE. Mi posición con la RAE es que los españoles arreglen primero sus cosas y después vengan a decirnos cómo hablar, pero ¿qué pasa cuando las construcciones del habla popular están mal hechas?
—Son dos preguntas. Sobre la Real Academia Española, primero que es española y es real: yo no tengo ningún rey y no me importa lo que pase en España. No nos rige ni a ti ni a mí ni a ningún país de Latinoamérica. El último diccionario de la Real Academia Española tiene 180.000 entradas. El diccionario Webster tienen un millón. El inglés no tiene Academia y claramente se ve cómo aceptan el cambio constantemente. ¿Hablas mal inglés? No importa. Crearon una lengua que cambia día con día. En español tratamos de detener eso. Es un absurdo. La lengua va a cambiar. Muchas de las palabras que usamos todos los días en español vienen de errores de un latín vulgar. Yo siempre les digo a mis alumnos: habla como te dé la gana, pero escribe bien. Ahí hay una diferencia abismal. No hay error en el hablar, te lo puedo asegurar. Si yo digo “haiga” es porque soy un campesino y me funciona en lugar del haya. Y está bien. Lo que sí es cierto es que, cuando tú hablas, aunque no quieras, se va a ver tu código postal, tu estudio, tu edad. La lengua es tu carta de presentación: es lo que eres.
—La gente de clase media hace un esfuerzo enorme por hablar correctamente por temor a ser confundidos con la clase baja.
—Hay un horror con ser confundido con la clase baja. Aquí hay miedo por ser indígena; es un rollo impresionante. La gente va a decir que tiene la piel color “moreno claro” —pero a mí me parece padrísimo ser moreno: tengo problemas de piel horribles—, para no decir “Es que tengo sangre indígena”.
—Pero los nombres de las ciudades, los monumentos, las calles…
—Es un orgullo para fuera. Es lógico: cuando han estado marginados, cuando no pueden hablar su propia lengua, cuando tienen ciertos rasgos físicos por los que no te van a dejar entrar a un lugar.
—¿Cómo se enseña a hablar bien sin que suene a regaño?
—Eso es interesante. En general, yo no corrijo a la gente. Como te dije: yo siempre digo que hay que hablar como te dé la gana, pero hay que escribir bien. Si en un WhatsApp te digo “Nos vemos mañana” y no te pongo signos de interrogación, tú estás pensando que yo estoy afirmando algo y ahí viene una serie de problemas graves. La coma del vocativo es muy común: “Vamos a comer niños” o “Vamos a comer, niños”. Ese tipo de cosas son importantes a la hora de escribir, porque no tienes la entonación, no tienes las pausas. Pero el otro día una amiga me dijo “Es la primer vez que nos vemos” y yo le dije “Es la primera”. Y ella: “Me choca que me corrijas”. ¿Cómo hacer para que no caiga mal? Lo que a veces trato de decir: “Bueno, yo digo como yo lo digo, tú dilo como tú quieras”.
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