
Una ola de frío golpea a Monterrey: en los noticieros y en los cafés todos hablan de las bajas temperaturas y de la tormenta de Estados Unidos que afecta a la ciudad. Los padres han dejado por hoy —y tal vez también mañana— que los chicos falten a clase. Es invierno, pero ni aún así Monterrey está acostumbrada al termómetro bajo cero. En el Tec de Monterrey han cubierto las plantas con telas y bolsas para evitar que el frío las queme. Los patos y los ciervos que caminan por el campus se quedan donde el sol los abriga.
Es un contexto nuevo para el IFE Conference, el congreso anual que reúne a investigadores y educadores de todo el mundo para pensar el futuro de la educación. En las diez ediciones anteriores la gente llevaba suéter livianos y tal vez una campera que se quitaba a la hora del almuerzo. Ahora, el paisaje está colmado de narices coloradas, abrigos pesados, bufandas, gorros de lana. La tormenta también provocó que se cancelara la visita de algunos invitados que llegaban vía Estados Unidos. En algunos casos su participación será virtual; en otros han sido reemplazados.
José Escamilla, director asociado del Instituto para el Futuro de la Educación del Tecnológico de Monterrey, comenzaba la conferencia de prensa agradeciendo a los presentes:
—Algunos de ustedes viajaron con problemas por la nieve y todo esto —dice— y por eso estamos doblemente agradecidos.
Es casi la única mención que se hará al clima durante la siguiente hora. Después todos volveremos al tema: si hace uno o dos grados bajo cero, dónde tomar un café caliente, dónde comprar un suéter extra. Ahora el tema es el IFE Conference y las ideas que entre el martes y el jueves van a abordarse en las más de 500 actividades que se desarrollan en diferentes summits: sobre inteligencia artificial, sobre trabajo y educación, sobre políticas públicas, sobre tecnología educativa, sobre educación a lo largo de la vida.
Con la presencia de medios internacionales, cámaras de televisión y celulares que transmiten en vivo por streaming, la conferencia de prensa es, en realidad, un panel compuesto por grandes protagonistas de la educación. Además de José Escamilla, que hace las veces de host, están: Mercedes Mateo Díaz, jefa de División de Educación del BID; Selma Talha Jebri, directora de Investigación y Política en el World Innovation Summit for Education (WISE); Michael Fung, director ejecutivo del IFE; Javier Guzmán, vicepresidente de Investigación del Tec de Monterrey; y Jessica González de Cosío, vicepresidenta de Inclusión, Integridad y Cumplimiento del Tec.
Cada uno de ellos va a proponer una respuesta a la pregunta sobre cómo sostener la relevancia de la universidad en un escenario donde se producen fuertes cambios demográficos, aparecen dudas sobre su valor y la aceleración tecnológica que no da tregua.
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El modelo tradicional ya no alcanza
Jésica González de Cosio fue la primera en tomar la palabra. La vicepresidenta de Inclusión del Tec habló de una serie de tendencias que muestran cómo las universidades abandonan de a poco el modelo educativo tradicional para pasar a otras formas más flexibles a partir de la transformación digital, el uso de tecnología y la influencia de la inteligencia artificial. “Sin duda”, dijo, “el tema es cómo avanzamos en el desarrollo de habilidades para un mercado laboral en constante cambio y en constante evolución y reto”.
Para González, las nuevas tendencias en educación superior miran un giro en cuanto a gobernanza y liderazgo y muestran la necesidad de un cambio de mentalidad en cuanto a incorporar acciones y estrategias que cierren las brechas y a la vez que se preparan para recibir a los estudiantes que antes no tenían acceso a este nivel educativo.
Finalmente hizo mención al cambio climático: “El reto para las universidades es saber si vamos a seguir siendo un espectador o un actor que cuestione, transforme y genere soluciones no solo en el ámbito del desarrollo sostenible, sino también en la regeneración de nuestro planeta”.

Un enfoque de flexibilidad educativa
Selma Talha Jebri, de WISE, llevó el panel al terreno de los estudiantes no tradicionales: los que estudian y trabajan, los que llegan con familia, los que vienen de entornos vulnerables. ¿Cómo garantizar el éxito para ellos? Con el rediseño de políticas pedagógicas y un sistema de apoyo. La primera medida es considerar al diseño educativo pensando en la flexibilidad.
—Los estudiantes no tradicionales —dijo— a menudo fracasan, no por la falta de habilidades, sino porque los sistemas asumen una disponibilidad de tiempo completo.
El rediseño implica, entre otras cosas, permitir que los estudiantes hagan una pausa y entren cuando puedan, expandir las clases híbridas, nocturnas y los fines de semana, presentar ventanas de evaluación flexibles y trayectorias de tiempo parcial. Junto a estas medidas, habló de una serie de políticas que la universidad debe tomar: el reconocimiento de aprendizajes previos, apoyos integrados, soporte emocional, una cultura inclusiva y, por último, “garantizar la supervisión humana de la inteligencia artificial para evitar sesgos en el algoritmo contra grupos vulnerables”.

La universidad como educación continua
El director ejecutivo del IFE, Michael Fung, habló de cómo el cambio tecnológico y el mundo del trabajo impacta en la educación superior. En su experiencia de más de veinte años de desarrollo de políticas de capital humano diferentes países llegó a la conclusión de que se hace cada vez más imperioso tener oportunidades de aprendizaje permanente y ágil en el sistema educativo.
El punto central de su disertación fue que la innovación educativa existe, pero no escala porque hace falta un enfoque sistémico que evite que la formación dependa de soluciones aisladas. Las universidades siguen teniendo un peso específico en la validación de los saberes.
—Después de la Iglesia, las universidades son las instituciones más confiables y respetadas. Juegan un papel importante en el futuro de la educación —dijo.
En el final de su intervención señaló que las universidades deben ser capaces de llegar a la diversidad de los estudiantes y estar más conectadas con las industrias. Reservó para el final una palabra clave que había sobrevolado toda su participación: evolución.
—Las universidades tienen que evolucionar —dijo— para convertirse en centros de aprendizaje permanente.
Un llamado a repensar el rol humano
¿Cómo pueden las universidades retomar un rol relevante en la movilidad social de sus estudiantes? Esa fue la pregunta que José Escamilla le hizo a Mercedes Mateo, jefa de la División de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo. Y ella desdobló la respuesta en dos partes, primero como diagnóstico y luego como horizonte de llegada.
La situación actual es —“como todos conocemos bien”— crítica. Por un lado, sólo dos tercios de los estudiantes latinoamericanos se gradúan de la secundaria, pero los que sí lo hacen no necesariamente tienen las habilidades que se requieren para la vida. “Entre el 20 y el 25% del talento que sale del sistema educativo es skillable, reskillable, upskillable”, dijo. Y, a pesar de que el acceso a la universidad ha aumentado más de diez puntos porcentuales en las últimas dos décadas, todavía existen barreras económicas —desde el lado de la demanda— y de calidad, relevancia y conexión con el mercado laboral —desde el lado de la oferta.
—Ahora voy a tratar de ser un poquito más provocadora —dijo.
Y comenzó con un dato que, como mínimo, sorprende: al menos el 60% de nuestro tiempo se consume en actividades en línea. El uso de pantallas en bebés y niños provoca una maduración acelerada del cerebro que se expresa en falta de plasticidad y resiliencia al llegar a la adolescencia, donde además se agregan los síntomas de depresión y ansiedad. El mayor desafío de esta época es lograr un vínculo humanizante con la tecnología: “hay que repensar el rol del ser humano”, dijo. Y cerró:
—Hay que volver al rol de la universidad como un centro humanista de pensamiento existencial que lidere la transformación social, económica, filosófica de lo que el ser humano va a ser conviviendo con la inteligencia artificial. Eso requiere no ajustes en el margen. No podemos pensar los sistemas educativos y la educación superior bajo un parámetro de “mejoras”. No estamos discutiendo cómo enseñamos con inteligencia artificial o cómo enseñamos la inteligencia artificial a nuestros alumnos: hoy estamos discutiendo cómo vivimos y convivimos con un agente nuevo que tiene un potencial cognitivo superior al nuestro y cuál va a ser el rol del ser humano en nuestra sociedad.
Investigación: menos papers por ranking, más impacto verificable
El último participante fue Javier Guzmán, vicepresidente de investigación del Tec de Monterrey, quien defendió la apuesta institucional por la investigación aplicada, para que el conocimiento no quede encerrado en papers ni responda a la lógica de rankings. “No estamos tratando de hacer publicaciones por hacer publicaciones”, sino de generar conocimiento con incidencia social.
Guzmán enmarcó el problema como algo que excede a México. Dijo que el sistema de evaluación “es un problema mundial” y que en su origen buscaba comparar productividad, pero terminó por deformarse con derivas éticas. “La gente publica por publicar y trata de hasta comprar estas publicaciones”.
La salida está en la innovación. El conocimiento que producen las universidades puede aplicarse hacia y desde el emprendimiento y las startups. El Tec busca estructuras sin tabiques, dijo, donde muchas disciplinas juntas tratan de resolver el mismo problema a la vez.
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