
Según PISA y el ERCE, menos del 1% de los estudiantes colombianos alcanza el nivel máximo de competencia lectora y solo uno de cada tres niños de primaria comprendia lo que leyó. El punto no es nuevo, pero sí la respuesta que empieza a tomar forma: prácticas específicas, frecuentes y medibles, orientadas a la fluidez y a la comprensión.
En ese escenario, MBC y Ticmas firmaron un convenio para desplegar en toda la red la propuesta ¡A leer en vivo!, que ingresa a la clase sin alterar el calendario: bloques breves, objetivos ceñidos y un seguimiento que permite ajustar la intervención con evidencia. La aplicación recrea un entorno de transmisión de streaming en vivo; los estudiantes leen en voz alta textos curados por especialistas, reciben preguntas de un chat y vuelven sobre los pasajes que exigen atención. La dinámica acerca un lenguaje que los chicos conocen y, al mismo tiempo, produce información valiosa para el docente.
La herramienta ofrece, además, guías de clase y métricas que describen uso y progreso, útiles para tomar decisiones: a quién dedicarle más tiempo, qué tipo de texto conviene introducir, cuándo pasar de la corrección de pausas a la verificación de inferencias. Ese circuito —práctica, dato, ajuste— es el corazón del programa.

El acuerdo entre MBC y Ticmas se sostiene, además, en evidencia de la región. En Vicente López (Argentina), un piloto intensivo durante el verano mostró resultados con una dedicación acotada: cuatro semanas, sesiones de 40 minutos. El 60% de los estudiantes mejoró su fluidez, el 43% mejoró su comprensión y, en todos los casos, aumentó la confianza para leer en voz alta. El dato pedagógico es claro: sesiones cortas y regulares, con foco en la oralidad, mueven la aguja rápido y sostienen la motivación.
La implementación en la red MBC tendrá un ritmo graduado. Primero, una etapa de instalación con acompañamiento técnico y pedagógico para adoptar la rutina —tres o cuatro prácticas por semana, de media hora— y acordar indicadores simples de avance. Luego, un periodo de seguimiento con reuniones breves para revisar reportes, comparar progresos entre cursos y afinar criterios de intervención. Finalmente, un cierre de ciclo con evidencias de mejora que puedan comunicarse a familias y equipos directivos. La idea es que cada escuela trace su propio mapa, pero hable el mismo idioma: precisión en la fluidez, lectura con sentido, preguntas que verifiquen comprensión.
En el aula, el mecanismo es concreto. La lectura en voz alta obliga a marcar pausas, modular la entonación y sostener el hilo del texto. El chat integrado —una simulación de “seguidores”— introduce una capa de atención que obliga a escuchar, releer, corregir. El registro de la sesión permite volver sobre el propio desempeño. El docente, con ese material, detecta patrones: cortes abruptos, vacilaciones en palabras frecuentes, errores que se repiten, respuestas literales donde se espera una inferencia. La intervención se apoya en lo que ocurrió en clase y en cómo se respondió a cada desafío. Al integrar elementos de juego y tecnología, Ticmas ofrece una solución integral que marca una diferencia real en el desarrollo de habilidades lectoras.

El despliegue abre, además, una oportunidad de colaboración entre escuelas. Compartir reportes —con los recaudos de privacidad— permite comparar ritmos y ajustar prácticas. Una sede puede mostrar cómo resolvió la transición de textos narrativos a expositivos, otra puede aportar criterios para el pasaje de preguntas literales a inferenciales, una tercera puede documentar el efecto de sumar fragmentos con mayor densidad léxica. Es información situable, que se traduce en decisiones de clase.
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