
En el contexto actual de cambios constantes e incertidumbre, la capacidad de adaptación a distintos entornos se ha vuelto fundamental. Esa habilidad flexible puede traducirse como la resiliencia, la cual permite a las personas enfrentar desafíos, superar obstáculos y crecer frente a la adversidad, tanto a nivel individual como colectivo.
En general, cuando una persona tiene educación emocional, logra gestionar de mejor manera sus sentimientos para una mejor toma de decisiones, saber accionar frente al fracaso y permitirse experimentar diferentes caminos ante un problema.
Además de los beneficios personales, la resiliencia tiene un impacto significativo en las comunidades y organizaciones. Una comunidad resiliente es capaz de recuperarse más rápidamente de desastres naturales, crisis económicas u otros eventos disruptivos. En el ámbito laboral, fomentar un ambiente resiliente en la empresa no solo mejora la moral de los empleados, sino que también incrementa la productividad y la capacidad de innovación.
¿Qué es la resiliencia?

Aun cuando es un concepto que se ha manejado en las conversaciones más recientes de la agenda educativa y de salud mental, el concepto fue introducido en el ámbito psicológico hacia los años setenta por el paidopsiquiatra Michael Rutter, directamente inspirado en el concepto de la física, según describe una investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “En la opinión conductista de Rutter, la resiliencia se reducía a una suerte de ‘flexibilidad social’ adaptativa”.
La resiliencia se toma como un término de la psicología, que se define como la habilidad emocional, cognitiva y sociocultural para reconocer, enfrentar y transformar constructivamente situaciones que causan daño o sufrimiento, o que amenazan el desarrollo personal, según explicó María Isabel Martínez Torres, profesora de la Facultad de Psicología de la “máxima casa de estudios”.
Si bien algunas teorías psicológicas consideraban que los seres humanos nacíamos con esta habilidad ya desarrollada, resulta más bien que es un concepto que debemos construir y fortalecer a través de nuestra capacidad relacional social. De hecho, es más común de verlo, pero no solemos asociar dichas situaciones con el concepto. Por ejemplo, cuando dos amigos íntimos que se gradúan juntos en la universidad y se enfrentan a un mercado laboral complicado; mientras que uno de ellos, gracias a su persistencia y adaptabilidad, logra conseguir una oferta laboral, el otro amigo, abrumado por la presión y los rechazos, experimenta un deterioro en su salud mental y no tiene éxito insertándose al mundo del trabajo.
Es tan importante a nivel personal y social trabajar la resiliencia, que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tiene una serie de Directrices comunes de las Naciones Unidas para contribuir a la creación de sociedades resilientes, ya que se considera que una perspectiva de resiliencia es un requisito previo para lograr las ambiciones de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Cuáles son los tipos de resiliencia

La resiliencia, con sus diferentes manifestaciones, tiene un impacto positivo en la salud mental. Esta capacidad no solo ayuda a recuperarse de los contratiempos, sino que también permite adaptarse y mantener una mentalidad positiva frente a la adversidad. Investigadores de Universidad Pontificia Comillas señalan que “la resiliencia conduce al crecimiento personal y al aumento del bienestar”.
De acuerdo con la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés), existen cuatro tipos de resiliencia que se pueden identificar según sus estadios, orígenes e implicaciones: física, social, mental y emocional.
Resiliencia física
La resiliencia física se centra en cómo el cuerpo enfrenta y se recupera de cambios, demandas físicas, enfermedades y lesiones. «Dormir lo suficiente, mantener una dieta nutritiva y hacer ejercicio regularmente son solo algunas formas de fortalecer este tipo de resiliencia», explican los especialistas Diversos estudios hechos en el área, por parte de la APA y de universidades internacionales, apuntan a una correlación positiva entre la resiliencia física y un mejor estado de salud, impactando positivamente en el proceso de envejecimiento.
Resiliencia social
La Asociación Americana de Psicología también habla sobre la resiliencia social, igual referida como resiliencia comunitaria, la cual se traduce como la capacidad de recuperación colectiva ante dificultades. El Instituto de Salamanca publicó un estudio en el que se comprobó que el nivel de resiliencia social mejora el entorno en el que se desarrolla una comunidad. “Las comunidades socialmente resilientes poseen redes y relaciones fuertes que fomentan la cooperación y la asistencia mutua”, apuntó la investigación. Este tipo de resiliencia subraya la importancia de la acción colectiva, la empatía y la inclusión para crear sociedades más interconectadas.

Resiliencia mental
La resiliencia mental se refiere a la capacidad de adaptación al cambio y la incertidumbre. “Las personas que poseen este tipo de resiliencia son flexibles y calmadas durante momentos de crisis”, precisó María Isabel Martínez Torres, especialista de la UNAM. Estos individuos utilizan su fortaleza mental para resolver problemas y mantener esperanza, incluso en momentos de alta complejidad. Esta cualidad es esencial para navegar por los obstáculos de la vida con perseverancia y determinación, contribuyendo significativamente a una buena salud mental.
Resiliencia emocional
Finalmente, la resiliencia emocional se enfoca en la capacidad de gestionar y regular las emociones frente a las dificultades. “Una persona emocionalmente resiliente puede manejar emociones fuertes como la ira, la tristeza o el miedo sin sentirse abrumada por ellas”, según estudio difundido por medios relevantes. Esta forma de resiliencia permite una adecuada expresión de las emociones y una eficaz gestión del estrés, lo cual es vital para el bienestar emocional.
Mejorar la resiliencia mental y emocional implica desarrollar un conjunto de habilidades y estrategias que ayuden a recuperarse de situaciones difíciles. “Es un proceso continuo que puede contribuir en gran medida al bienestar general y a la capacidad de afrontar los retos de la vida”, expusieron investigadores de la Universidad de Castilla. La autorreflexión, el autocuidado, el aprendizaje de nuevas habilidades y la búsqueda de apoyo son componentes clave en este proceso.
Si bien se habla de los tipos de resiliencia, la realidad es que todos están interrelacionados y juntos contribuyen a un estado mental saludable, actuando como mitigadores del estrés crónico. Aspectos como las habilidades de afrontamiento, la regulación emocional, el optimismo, el apoyo social, la autoestima y la autoeficacia desempeñan roles fundamentales para prevenir las consecuencias negativas del estrés.
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