
La educación disruptiva es aquella que procura romper con el canon establecido y generar un nuevo paradigma y optimizar lo ya existente. Un mundo hiperactivo e hiperconectado requiere una gran (r)evolución por parte de todos los agentes educativos para enfrentar los desafíos que se presentan en cada institución, teniendo en cuenta sus características y las de su comunidad.
Dentro de este contexto, la tecnología se presenta como una herramienta imprescindible a la hora de impulsar un proceso de formación que ofrezca una nueva perspectiva de la adquisición eficaz y significativa del aprendizaje. Teniendo en consideración los grandes cambios que se vienen desarrollando en diversas esferas, se puede afirmar que los sistemas educativos no han modificado en absoluto sus programas y objetivos, ocasionando una involución que se ve plasmada en variadas desigualdades que padecen a diario los estudiantes debido al carácter anacrónico de los mismos, que continúan anclados en el siglo pasado y no responden a los requerimientos de la era digital.
En este marco, el escritor Curtis Johnson adhiere a la idea de que la forma actual de enseñar es incapaz de educar a los alumnos de hoy en las competencias que han de dominar para desenvolverse en la sociedad digital. Por ello, algunos de los retos que plantea la educación del siglo XXI consisten en el enfoque práctico de la enseñanza, el aprendizaje multidisciplinario, la innovación, el nexo de unión con el mundo laboral y, en particular, la brecha digital que, en muchos lugares del mundo, sigue siendo una deuda pendiente para millones de personas.

A pesar de esto e interpretando que una de las acepciones del término sugiere que la tecnología es el instrumento del cual disponemos para transformar la educación, deberíamos preguntarnos y reflexionar acerca del modo en que ocurre la disrupción en aquellos sitios remotos donde las únicas tecnologías disponibles del docente aún siguen siendo la tiza y el pizarrón.
En estos espacios, la disrupción se basa en ofrecerles lo mejor a los estudiantes con los escasos recursos que se poseen, donde el educador mantiene la convicción y el amor a la profesión, proyectando un futuro mejor para sus alumnos, a pesar de las necesidades que viven en carne propia día a día. Un claro ejemplo es el de Owura Kwadwo Hottish, el maestro ghanés que para enseñarle a utilizar el procedador de textos Word a sus alumnos (en un contexto de plena pobreza, sin dispositivos tecnológicos), dibujó con sus tizas en el pizarrón cómo se vería este en una laptop real y él mismo subió las fotografías a su cuenta personal de Facebook, transmitiendo el siguiente mensaje: “Enseñar TIC en Ghana es muy divertido. TIC en el pizarrón. Amo a mis estudiantes, por lo que haré que entiendan lo que estoy enseñando”.
Luego de la viralización de las imágenes, la empresa Microsoft de África donó computadoras para que los alumnos pudieran implementar de manera práctica lo visto en teoría. Es por ello que al plantearme si la educación disruptiva es una utopía moderna, simplemente puedo concluir este artículo asegurando que lo imposible solo tarda un poco más.
Y ustedes, educadores, ¿qué utopías concretan cada día para (r)evolucionar la enseñanza y la vida de sus estudiantes?
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