
El 2 de marzo empezaron las clases en las primarias y jardines de casi todo el país. Una semana después, el 9 de marzo, les tocó el turno de iniciar a las secundarias. Solo una semana después, el lunes 16 de marzo, se suspendieron las clases presenciales en todos los niveles. En el mejor de los casos, los alumnos asistieron dos semanas en lo que va del año. Sin mencionar que ya venían con los dos meses y medio de vacaciones de verano después de terminar el ciclo lectivo 2019.
En agosto, tras las vacaciones de invierno, empezarán a volver a las aulas las provincias con poca o nula circulación comunitaria del virus. El Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y ciudades como Resistencia, Chaco, deberán esperar aún más.
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Ya se sabe que la nueva escuela será distinta. Los alumnos y docentes se verán la mitad de las caras. Tendrán que usar tapabocas en todo momento. Tendrán que estar a al menos un metro y medio de distancia. Las aulas lucirán semi vacías. Los recreos serán espaciados, en varios turnos para que no haya aglutinamientos, sin los juegos tradicionales para evitar el contacto físico.
Las pautas sanitarias ya están definidas, pero ¿qué va a pasar con lo estrictamente pedagógico? Las preguntas que surgen exceden al uso de barbijo y alcohol en gel. ¿Cómo se va a reescolarizar a 10 millones de alumnos que atravesaron una experiencia inédita, de meses sin escuela? Infobae consultó a expertos en la materia para elaborar una suerte de guía con propuestas e inquietudes didácticas para el regreso.
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Los vínculos
El primer foco no estará en los aprendizajes, sino en lo vincular. Docentes y alumnos solo se conocieron, en el mejor de los casos, a través de una pantalla en este tiempo.
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“Es imprescindible que las escuelas diseñen propuestas para el reencuentro después de tanto tiempo, para socializar entre compañeros, con los docentes, y que permitan aprender las nuevas pautas y las formas de cuidado que planteen los protocolos sanitarios. No podemos pensar que volveremos a las aulas igual que como las dejamos en marzo porque la pandemia plantea una experiencia emocional muy fuerte para todos”, planteó Sandra Ziegler, directora de la maestría en Educación de FLACSO.

Por su parte, Irene Kit, presidenta de la Asociación Civil Educación para Todos, considera que se deben instalar “formas cooperativas” de trabajo entre los alumnos. “No era inusual en las aulas que los estudiantes que llegaban con mejores trabajos, maquetas, producciones, por tener más recursos o apoyos en el hogar, marcaran una diferencia, y que, sin querer, los adultos produjéramos cierta vergüenza y malestar en unos, y cierta soberbia o superioridad en otros. En las propuestas del retorno sería clave que tendamos más a un esfuerzo solidario que a un lucimiento individual: instalar una meritocracia de la solidaridad puede hacer que todos aprendan más y mejor”, sostuvo.
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A partir de agosto la mayoría de los chicos volverá a las escuelas, pero en la secundaria, ya se sabe, se producirá un desgranamiento fuerte de la matrícula. Muchos alumnos quedarán en el camino. Ante la deserción, se necesitarán acciones coordinadas entre las escuelas y las jurisdicciones para identificar a los adolescentes que abandonaron e ir a buscarlos.
Cuánto aprendió cada uno
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El cierre de las escuelas acrecentó la brecha entre los chicos según los hogares donde viven. Tener computadora e Internet, si antes era central, se volvió condición sine qua non para el aprendizaje. Algunos alumnos pudieron sostener cierto ritmo escolar; otros quedaron a la deriva durante cinco meses.
Guillermo Jaim Etcheverry, presidente de la Academia Nacional de Educación, piensa que el primer paso a dar es diagnosticar. “Más allá de la recreación del singular clima de tarea en común que representa la escuela, lo primero es determinar los conocimientos y las habilidades básicas con las que han regresado los chicos. Me refiero a la lectura, la escritura, la capacidad de abstracción”.
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En la misma línea, Ziegler cree que las escuelas se deben anticipar al regreso a las aulas. Diagnosticar y a partir de ahí elaborar estrategias diferenciadas. Identificar a los chicos más rezagados para reforzar el apoyo escolar.
“Si en las aulas siempre hay situaciones distintas, en este contexto las desigualdades son más pronunciadas. Es fundamental identificar los aprendizajes logrados y aquellos pendientes para trabajar cuando se retome la escuela presencial. Eso se puede ir mapeando con antelación para llegar en mejores condiciones”, señaló.
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Qué priorizar
La necesidad de recuperar la normalidad en las aulas puede llevar a replicar el trabajo de años anteriores, a dar el currículum tal como viene diagramado de antemano. El poco tiempo escolar obligará a reconfigurar los programas y establecer prioridades.
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Melina Furman, profesora de la Universidad de San Andrés, remarcó la necesidad de definir qué contenidos son los irrenunciables, aquellos que no pueden dejar de ser aprendidos, pero también llamó a buscar desarrollar el “oficio de estudiante”. “Que se trabaje para que puedan organizarse, autoevaluarse, reflexionar sobre lo aprendido, decir la consigna con sus propias palabras. Un montón de capacidades que ayudan a aprender de manera autónoma. Siempre ha sido importante, pero ahora es aún más urgente”, subrayó.

Irene Kit propuso organizar el proceso de enseñanza-aprendizaje en torno a proyectos que integren distintas materias y se conecten con la realidad cotidiana de los estudiantes y hagan partícipes a las familias -”no solo las familias letradas, sino todas”-. “Ya llegará el momento de decidir cómo calificar en la cuadrícula restrictiva de los boletines: ahora importa más el aprendizaje significativo, interesado, productivo y que pueda vincular a todas las familias desde el lugar del saber y con menor cantidad de estrés para entender consignas ajenas a la realidad diaria”, consideró.
Jaim Etcheverry dijo que, a partir del diagnóstico inicial, se debería intensificar la enseñanza para alcanzar, en el menor tiempo posible, el nivel esperable en lectoescritura y matemática para cada etapa madurativa. En las competencias básicas tendría que estar el foco.
El desafío de la alternancia
Desde agosto, la asistencia a clases será alternada. El distanciamiento de al menos metro y medio en las aulas forzará a dividir los cursos en por lo menos dos grupos. Por ejemplo, el grupo A concurrirá lunes, miércoles y viernes, mientras que el grupo B irá martes y jueves. La semana siguiente cambiaría el orden de los grupos para repartir equitativamente los días.
La alternancia supone un desafío extra para el docente, que ya no solo deberá lidiar con la virtualidad, sino que deberá balancear su trabajo entre el grupo remoto y el grupo en el aula. Uno de los modelos que cobra fuerza para sortear la dificultad es el conocido como flipped classroom o aula invertida.
Miguel Sedoff, ministro de Educación de Misiones y especialista en el modelo, es uno de sus principales impulsores. La provincia lo aplica desde 2015 y, según afirma, sus resultados son positivos llevaron a que otros ministros se interesaran. El método consiste en invertir el proceso de enseñanza-aprendizaje. A través de videos, audios o textos, la exposición de los temas se da en el hogar, mientras que en el aula se aprovecha el tiempo para despejar dudas y plantear actividades en torno a esos contenidos.
“El docente planifica sus clases en dos espacios: el individual (hogar) para la instrucción directa o presentación de temas nuevos en formato audiovisual o pdf y el grupal que transcurre en la escuela, donde se da lugar a la reflexión, dudas, consultas, y trabajo prácticos. La “sobrecarga” se puede dar al inicio, cuando se preparan los materiales didácticos para el modelo. Por eso, una opción es sumar estudiantes de formación docente para ese acompañamiento. Luego es cuestión de práctica”, explicó Sedoff.
Para Furman, el aula invertida también es una alternativa válida para cuando se produzca el regreso. Los docentes van a estar en la escuela todos los días y se les va a hacer cuesta arriba el ida y vuelta con los alumnos a distancia. Ni hablar de sostener las clases por videoconferencia. “Lo recomendable sería usar el tiempo en clase para un intercambio más rico de resolver dudas, de recomponer los vínculos. Los primeros y últimos cursos de los niveles, tanto primaria como secundaria, son los años para poner especial énfasis”, agregó.
El otro problema que se deriva de la asistencia alternada, plantea Kit, es que muchas docentes son madres de familia y, por ende, podrían solicitar la licencia laboral para acompañar a sus hijos los días que ellos no concurran a la escuela. Del mismo modo, también hay maestros dentro de los grupos de riesgo, mayores de 60 o con enfermedades preexistentes. Cabe preguntarse, entonces, cómo se ocuparán esas vacantes con las limitaciones presupuestarias que dejará la pandemia.
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