
Así como el resto de las habilidades cognitivas, el desarrollo del lenguaje depende fundamentalmente de factores genéticos y de la experiencia. Si bien nuestro cerebro está preparado para poder aprender a hablar y adquirir el lenguaje desde nuestro nacimiento, precisa desarrollarse en un entorno estimulante para que eso efectivamente suceda. Por eso, y para poder alcanzar su máximo potencial, se necesita crecer en un entorno en el que no solo estén satisfechas las necesidades nutricionales y materiales, sino también las socio-emocionales y las lingüísticas.
Los avances de la neurociencia han identificado períodos en los que los sistemas neuronales son particularmente sensibles al impacto de ciertos factores externos en relación con algunas funciones cognitivas, como el lenguaje. Es decir, etapas o momentos específicos del desarrollo en los cuales el cerebro está preparado para la recepción de ciertos estímulos y luego dar lugar a una función determinada.
Esto toma particular relevancia para analizar e intentar explicar una desventaja cognitiva en los niños que no cuentan con sus necesidades básicas satisfechas. Los factores que podrían explicarla son varios. Por un lado, no hace falta ser un especialista en ciencias para saber que el acceso a una adecuada nutrición y recursos sanitarios y educativos son piezas fundamentales en la primera infancia. Recientes estudios han demostrado que el apoyo social y psicológico también son cruciales para un adecuado desarrollo cognitivo. La evidencia científica nos muestra (y la experiencia de vida reclama) que nuestros chicos necesitan y deben crecer en un entorno seguro, estable y con niveles bajos de estrés.
Si nos enfocamos específicamente en el desarrollo del lenguaje, se han reportado deficiencias en la calidad de la interacción padres-niños en entornos de extrema vulnerabilidad, lo cual se podría asociar a carencias en los factores recién mencionados: el hecho de vivir en condiciones de adversidad, inestabilidad y estrés. Esto puede generar que los adultos estén más condicionados para responder satisfactoriamente a las necesidades de tal interacción, atenuando o disminuyendo así también el nivel de estimulación cognitiva y social.

Aquí toma particular relevancia la cantidad y calidad de habla dirigida hacia los chicos, convirtiéndose en un factor esencial en la desventaja lingüística que pueden presentar algunos niños en dichas condiciones. Por ejemplo, investigaciones recientes reportaron que los niños con sus necesidades básicas satisfechas, a sus 36 meses de edad, habrán escuchado 30 millones de palabras más que aquellos que no las tienen, lo cual traería consecuencias negativas a largo plazo. Otro estudio longitudinal realizado en familias de habla hispana mostró que aquellos niños cuyas madres les hablaban más a los 18 meses, aprendían más vocabulario a los 24 meses. Además, 6 meses más tarde, la riqueza del lenguaje escuchado se relacionaba con mayor eficiencia en el procesamiento lingüístico.
Estos estudios ponen al descubierto la importancia y la necesidad imperante de garantizar a todos nuestros chicos la posibilidad de estar inmersos en un contexto de interacciones sociales positivas con un entorno lingüístico rico y variado. Esto es vital en la formación de las habilidades de procesamiento de la información necesarias para la comprensión del lenguaje en tiempo real y para la adquisición de un amplio vocabulario. A su vez, tendría un efecto cascada, impactando positivamente en la posterior adquisición de la lecto-escritura, en el desempeño académico y en el desarrollo cognitivo a largo plazo.
Las investigaciones realizadas deben ayudarnos a comprender que los cerebros de los argentinos (y sobre todo de los niños) son el capital más importante que tenemos como Nación. No existen recursos naturales ni reservas monetarias que puedan superar al capital humano.
Por ello mismo, tener a casi la mitad de nuestros chicos y adolescentes viviendo en contextos de pobreza no sólo representa una inmoralidad, sino también una hipoteca social de cara al futuro. Esta es la grieta más profunda a la que nos enfrentamos como argentinos.
Esos cerebros deben ser, en el futuro próximo, los que innoven, los que creen, los que a su vez proyecten un país cada vez mejor. Por ello, la pobreza, la discriminación y la ignorancia son las principales barreras del crecimiento. Asimismo, la desigualdad y la falta de oportunidades generan desesperanza, apatía y violencia en las comunidades. La inversión en el desarrollo humano, en la educación, en la salud y en la investigación científica y tecnológica representa una herramienta de equidad. No debe ser vista como un lujo de los países que alcanzaron el desarrollo, sino como la piedra basal de aquellos que buscan alcanzarlo de una vez por todas.
Facundo Manes es neurólogo y neurocientifico, rector de la Universidad Favaloro y presidente de la Fundación Ineco
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