
El 12 de enero de 2010 la geología dejó en claro qué significa vivir en una sociedad vulnerable. A quince kilómetros de la capital Puerto Príncipe y a diez kilómetros de profundidad un movimiento tectónico provocó un sismo de siete puntos en la escala de Richter. En Haití, el país más pobre de América y entre los tres más pobres del mundo, se sintió como si fuese mil veces más potente.
En pocos segundos, el 65% de las construcciones del área metropolitana de Puerto Príncipe-Petionville se aplastaron sobre el suelo. Los edificios de gobierno quedaron reducidos a escombros. Doscientos mil personas murieron en pocos minutos posteriores a las 16:53, en que la tierra comenzó a moverse. Cuesta incluso entender la aritmética: dos millones de personas quedaron en la calle, en un país de unos ocho millones de habitantes y en un área metropolitana que no supera el millón de personas. Es más sencillo simplificar: todo Haití quedó devastado. Sin energía, sin agua corriente, con un río de gente refugiada o deambulando por las calles sin ningún lugar al que ir.
A veces, para obtener dimensión del atraso, conviene comparar con los efectos de eventos equivalentes. Un terremoto de 7,6 grados en la costa mexicana sobre Jalisco y Michoacán provocó un par de decenas de muertos en 2003. El de Loma Prieta, sobre la bahía de San Francisco, quizás el área de mayor movimiento sísmico del planeta, dejó 63 muertos: su nivel fue idéntico al de Haití.

El terremoto que azotó el DF mexicano y casi impone suspender el Mundial de 1986 fue de 8,1 puntos: dejó tres mil muertos. El asunto es sobre qué realidad social opera un evento físico para dar la magnitud de la catástrofe. "Un acontecimiento físico es un momento; la vulnerabilidad es un proceso", dicen los que evalúan qué posibilidades tiene una sociedad de enfrentar y recuperarse de un desastre.

El sismo impactó sobre Haití, donde el 80% de sus habitantes sobrevive con menos de dos dólares al día. Una nación degradada al punto en que sólo le queda el 2% de cobertura vegetal original y las laderas son superficies pulidas por la erosión: toda la energía del país se obtiene a partir de la quema de árboles. Un país en que la construcción va de los bloques de cemento, a aquellos sectores que pueden pagarlo, pasando por la piedra o la madera, hasta llegar a la basura o sus restos como materia prima de paredes y techos en los grandes villorios como Cite Soleil, Carrefour Feuilles o Martissant. Ninguna, claro está, tiene algún criterio antisísmico: no hay legislación local que lo contemple. Claramente, el desastre que se inició el 12 de enero a las 16:53 no se generó en el subsuelo haitiano: las causas estaban en la superficie y siguen ahí, ancladas en la exclusión.
Cicatrices es una sección del programa Ambiente y Medio que se emite todos los sábados a las 16 por la Televisión Pública Argentina
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