
Aunque los datos con que se evaluará inicialmente la “Fase 3″ del programa económico anunciada el viernes por el gobierno serán la cotización del dólar y la reacción de los precios internos, las posibilidades de éxito del programa, incluidas las reformas “estructurales” y el desempeño de la economía real, dependerán de la eficacia del flamante esquema de banda cambiaria para anclar expectativas, aumentar las reservas internacionales y reducir gradual pero sosteniblemente la tasa de inflación.
Atrás quedó la idea oficial de llegar rápidamente al dígito anual de inflación en base a un tipo de cambio semi-fijo y la convergencia entre “base monetaria” y “base monetaria amplia”, creación conceptual que no compraron ni el FMI ni la mayoría de los economistas profesionales de la Argentina.
El propio Fondo dice en un pasaje de su Staff Report que el programa económico requiere “reformas fiscales estructurales para respaldar el ancla fiscal y las mejoras asociadas en el superávit primario” y aclara que para respaldar esa transición “el marco monetario evolucionará, con el M2 privado como objetivo intermedio y límites estrictos a los activos internos netos como ancla nominal adicional en el contexto de un sistema de banda cambiaria en expansión”.
Casos exitosos
El documento cita como ejemplo “la experiencia exitosa de países como Perú y Uruguay, que redujeron la inflación de forma duradera y fortalecieron la estabilidad externa en un contexto de dolarización alta y persistente” y afirma que el nuevo programa “proporcionará una vía hacia un tipo de cambio totalmente flexible en el contexto de un sistema bimonetario donde coexisten el peso y el dólar”.
El cambio de referencia monetario “es cualitativamente importante: monitorear el M2 es bastante más apropiado si se quiere seguir una meta de control de agregados. En general es mejor controlar el crecimiento del dinero”, explicó a Infobae un economista jefe de un importante centro de investigación e inversiones.

Cambio de objetivo
El documento del FMI habla de un “refinamiento del marco monetario” en el que -anticipa- “las autoridades abandonarán el actual techo amplio de la base monetaria (de $ 47,7 billones) y, en su lugar, monitorearán de cerca la dinámica del M2 privado (neto de depósitos remunerados)”. Y para evitar cualquier confusión, precisa que ese agregado “comprende los sistemas de pago, el efectivo en circulación, los cheques y los depósitos a la vista no remunerados en pesos del sector privado no financiero”.
Más aún, en otro pasaje el Fondo especifica que se establecerán “límites estrictos a los activos internos netos para proporcionar un ancla nominal adicional, con las tasas de interés de política monetaria a corto plazo desempeñando un papel más activo para respaldar la banda y una remonetización gradual de la economía, en estrecha coordinación con el Tesoro”.
También indica para más adelante “una eliminación gradual de las restricciones y controles cambiarios restantes”. La transición al nuevo régimen monetario y cambiario, dice, permitirá eliminar “restricciones cambiarias”. Cita explícitamente la eliminación del programa de incentivos a las exportaciones y la reducción de las demoras en los pagos de importaciones y el objetivo de facilitar la conversión de depósitos en pesos a dólares por parte de los hogares. Aclara, de todos modos, que esa liberalización “será gradual, ya que las retenciones fiscales vigentes (30%) sobre el turismo emisor y las compras con tarjeta de crédito en divisas por parte de los hogares se mantendrían para limitar los riesgos derivados de las salidas de capital”.

También será gradual, señala, el alivio a las restricciones “a la gran cartera de divisas sobre dividendos y pagos de deuda intraempresarial”, proceso necesariamente gradual “más allá de los ya permitidos en el gran esquema de incentivos a la inversión, RIGI”.
Cuánto tiempo hasta el dígito anual
Además de los casos de estabilización duradera en economías bimonetarias, como Perú y Uruguay, que menciona el Fondo, otro ejemplo exitoso, citado por Jorge Vasconcelos, economista del Ieral de la Fundación Mediterránea, es el de Israel, que lanzó su plan de estabilización en 1985, aplicó un sistema de bandas cambiarias, como ahora inicia la Argentina, pero debió reacomodarlo en más de una ocasión.
En su analítico racconto, Vasconcelos enumera que el plan israelí incluyó un ajuste presupuestario equivalente a 7,5% del PBI, un desembolso del Tesoro de EEUU de otros 7,5 puntos del PBI, condimento que -aunque no en igual medida- podría traer en sus alforjas el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent-, y un aumento inicial del dólar respecto del shekel del 20%, con posterior fijación, esquema que duró 13 meses, fue seguido por el pase a una canasta de monedas y, 6 meses más tarde, otra “devaluación correctiva” del 10% respecto de esa canasta.
“Pese a que el déficit fiscal en Israel se redujo de 13% del PIB a cero de 1984 a 1986, el plan demoró más de una década en llegar a una inflación de nivel comparable con la internacional”, dice Vasconcelos Recién en 1995, a una década de lanzado su plan de estabilización, Israel llegó al ambicionado “dígito anual” de inflación. También la mención del FMI al caso de Perú es ilustrativa. El plan de estabilización peruano se lanzó en 1990, al año siguiente la tasa de inflación fue del 140% y al país le llevó seis años más, hasta 1997, llegar a una inflación anual de un dígito, que desde entonces preservó, a pesar de varios sobresaltos políticos.
Así que en materia de reducción de la inflación habrá que armarse de paciencia. La carrera hacia ese objetivo parece ser más de resistencia que de velocidad, más una maratón que un sprint.
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