Es conocido que los “impuestos al trabajo” (que encarecen el costo de contratación y enflaquecen el salario de bolsillo) pesan mucho en la Argentina, pero hay menos estudios sobre la incidencia de los impuestos indirectos sobre el consumo de personas ubicadas en diferentes niveles de la escala de ingresos.
Nadin Argañaraz, presidente del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) calculó precisamente eso: cuánto paga un argentino de “impuestos indirectos”: aquellos que no se tributan de modo directo a la AFIP, sino mediante cargas sobre el consumo, que luego son –o deberían ser– pagados a la agencia recaudadora por quienes los cargaron a la cuenta que se pagó en un kiosco, supermercado, comercio barrial o profesional a quienes se les adquirieron bienes o servicios.
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Para resumir los resultados, valga señalar que una persona con $50.000 de ingreso de bolsillo, que consume todo su salario soporta en impuestos indirectos una carga de $11.760. Esto es, deja en el camino el 23,57% de su ingreso y su “consumo neto” (libre de impuestos) se ve reducido a $38.240.
En el extremo opuesto del ejercicio, para una persona que gana $240.000 de bolsillo (para lo cual debe haber antes dejado en el camino una buena suma de impuestos al trabajo e impuestos directos, como Ganancias), ahorra $89.000 y gasta 151.000, el peso de los impuestos indirectos es lógicamente más alto en términos nominales ($35.700), pero mucho más bajo en relación a su ingreso total: 14,87 por ciento. Esto es, casi 9 puntos porcentuales menos que para alguien que gana casi cinco veces menos.
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Argañaraz calculó dos casos intermedios. En uno, la persona gana $110.000 de bolsillo, ahorra $20.000 y gasta $90.000, de los cuales $21.100 son impuestos indirectos, o 19,30% de su salario de bolsillo. En el otro ejemplo, alguien gana “netos” $160.000, ahorra $35.000 y gasta $115.000, lo que da como resultada que entre su ingreso y su consumo neto hay una brecha de $27.090 de impuestos indirectos, equivalentes a 16,91% de su salario de bolsillo. Una patriótica contribución a los fiscos nacional, provincial y municipal.

El ejercicio parte de preguntar cuánto se paga de impuestos al consumir bienes y servicios, asumiendo cuatro casos; personas que ganan de bolsillo $50.000, $100.000, $160.000 y $240.000, respectivamente. La primera, sin margen de ahorro, gasta todo su ingreso neto en consumo. La segunda, en cambio, gasta $90.000 y ahorra $10.000; y la tercera gasta $115.000 y ahorra $45.000; y la cuarta gasta $151.000 y ahora $89.000. Es decir, el consumo aumenta a medida que lo hace el ingreso, pero menos que proporcionalmente, pues empieza a haber un margen de ahorro.
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A eso le sigue el cálculo de impuestos: los nacionales, que suman IVA e impuestos internos, los Provinciales (Ingresos Brutos) y los Municipales, que incluyen la Tasa de Seguridad e Higiene que afrontan los comercios y empresas productivas locales y las tasas sobre servicios como energía y gas.
De la suma de esos niveles impositivos Argañaraz llega al cálculo citado arriba, sobre cuánto de impuestos indirectos aporta cada una de las personas que, a diferentes niveles de ingreso y gasto, asume el ejercicio. El peso de los impuestos nacionales oscila entre el 15,05% para la persona de menor ingreso de bolsillo ($50.000) y 9,49% para el que gana $240.000. Los impuestos provinciales pesan entre 6,40% para el más de menos salario de bolsillo y 4,04% para el más “rico”. Y los tributos y tasas municipales, entre 2,12% y 1,34 por ciento.
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Del ejercicio surgen dos conclusiones. La primera es que los impuestos al consumo no sólo son regresivos, en el sentido que pesan más sobre los sectores de menores ingresos, que destinan una porción mayor de los mismos al consumo y una parte mínima o nula al ahorro, sino que son muy regresivos, justamente porque el consumidor debe soportar las cargas de tres niveles de gobierno: Nación, Provincias y Municipios.
La segunda conclusión es que, también debido al volumen que significan, los impuestos al consumo son una tentación muy grande para el vendedor de bienes o proveedores de servicios, aquel que efectivamente debe terminar transfiriendo el monto del impuesto (que cargó al consumidor) al fisco, pero que en alguna medida puede terminar evadiendo. La evasión genera a su vez competencia desleal respecto de quienes cumplen con sus obligaciones tributarias, y si esa competencia desleal persiste, lleva también a un avance de los sectores informales sobre los formales y genera un círculo vicioso, si el problema fiscal intenta ser contrarrestado con nuevos impuestos o tasas más altas, que incentivan aún más la evasión y la informalidad.
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Una historia en la que el consumidor termina siendo el último orejón del tarro.
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