Economía de la felicidad: un abordaje filosófico

Por Pablo Caramelo

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La teoría económica evalúa hasta
La teoría económica evalúa hasta que punto el crecimiento económico implica mayor felicidad. (istock)

En el ámbito de la teoría económica dominante, un mayor crecimiento de la actividad, refleja necesariamente un aumento del bienestar material y por ende un incremento en la felicidad experimentada por los individuos. Sin embargo, a partir del surgimiento de lo que se ha denominado economía de la felicidad, este esquema ha comenzado a cambiar o al menos a contemplar otras perspectivas.

Desde este nuevo marco conceptual, donde los economistas buscan comprender y explicar cómo interactúan las fluctuaciones macroeconómicas en la felicidad de las personas, diversos estudios sostienen que el crecimiento económico no implica necesariamente un aumento de la felicidad en la población.

En el año 1974 se conoció el primer trabajo del economista Richard Easterlin en este sentido, en el cual se concluye que, si bien dentro de un mismo país aquellos individuos con mayores ingresos reportan mayores niveles de felicidad, los países cuyos habitantes disponen de mayor nivel adquisitivo no son necesariamente los países con habitantes más felices. En tanto que tampoco son los países con menor nivel adquisitivo aquellos que presentan mayores niveles de infelicidad. Este fenómeno es el que precisamente se conoce como la paradoja de Easterlin.

Pero frente a esta temática propuesta por la economía de la felicidad, emerge una cuestión ineludible en términos teóricos y filosóficos que resulta imprescindible resolver para el correcto abordaje de este ámbito de discusión. La misma radica, nada más y nada menos, en determinar en qué consiste la felicidad o, al menos, establecer qué es lo que la origina. Todos tenemos una somera idea de a qué se refiere este concepto, sin embargo no existe un consenso acabado respecto a sus causales. Al punto en que algunos sostienen que lo que la define como tal resulta subjetivo, lo cual constituye una verdadera contradicción, considerando que lo que justamente persigue una definición es distinguir de forma unívoca, un objeto o un concepto.

Tal es la controversia en torno a esta noción, que la misma permanece irresuelta desde tiempos ancestrales. Siendo muy diversas las causas que las distintas corrientes filosóficas han identificado como desencadenantes de la felicidad a lo largo de la historia. Ya en la época de la antigua Grecia, alrededor del año 400 antes de Cristo, Sócrates sostenía que la felicidad se alcanzaba a partir del desarrollo del saber. En tanto que la postura aristotélica propone que será aquel comportamiento basado en la prudencia y la virtud el que arroje como resultado una vida dichosa. Por su parte la corriente epicureísta, sostiene que la felicidad se obtiene al desligarse de las cosas que generan dependencia y persiguiendo siempre el placer.

Contrariamente, Kant entiende como el camino a la felicidad el cumplimiento del deber, un cumplimiento colectivo de las reglas formales, de modo que nunca se permita el avasallamiento del otro. En la escuela de Pensamiento Utópico, la felicidad sólo es posible mientras nos comprometamos a realizar un mundo nuevo, con ciudadanos comprometidos a trabajar por transformar la realidad. Por último el "cinismo", sostiene que los problemas humanos se encuentran en el abandono que el hombre ha hecho de su naturaleza original, afirmando que nada hace más infeliz al hombre que la civilización. Por lo cual, propicia el retorno a la naturaleza y a las costumbres primitivas de los hombres y mujeres.

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Más allá de las marcadas diferencias que existen entre estas posturas filosóficas, todas han logrado gran cantidad de adeptos a sus preceptos. Y a pesar de que las mismas se presentan como antagónicas, podemos establecer un denominador común entre ellas. Este hilo conductor que une a estas distintas caracterizaciones, radica en que todas proponen mecanismos para la obtención de la felicidad que resultan propicios para la conservación de la especie.

Por lo cual podríamos decir, aunando todas estas posturas e incluso muchas otras, que la felicidad es un sentimiento de recompensa, o de profunda satisfacción que obtenemos luego de una concatenación de éxitos en la carrera "conservacional", mecanismo que se encuentra vigente a partir del tan difundido proceso de selección natural.

De forma tal que ancestralmente aquellos que percibieran este sentimiento agradable denominado felicidad, luego de determinadas acciones convenientes en términos conservacionales, incrementaban sus posibilidades de supervivencia y reproducción. Generándose de este modo, un incentivo comportamental a través de esta sensación de bienestar en favor de un accionar propicio para la conservación.

A partir de este abordaje se observa cómo esta dialéctica conservacional ofrece un nuevo marco para definir y comprender el concepto de felicidad, cuestión prioritaria y fundamental para el correcto desarrollo de esta nueva vertiente del pensamiento económico. Lo que genera además, un esquema teórico que quizás resulte de utilidad al momento de diseñar políticas públicas en pos de la felicidad de los ciudadanos.

(*) Pablo Caramelo es Economista (UBA)

Twitter: @caramelo_pablo