
El nivel competitivo de cualquier país, así como la calidad de vida de sus habitantes, es resultante de la capacidad de generar conocimiento, en forma colectiva. Tal capacidad deriva del capital social. En otras palabras, de la creación de conocimiento de manera cooperativa y solidaria, sobre la base de la confianza entre los miembros de un colectivo y de donde surge la innovación tecnológica, organizacional e institucional.
El capital social está referido al valor de las relaciones entre las personas dentro las empresas y entre firmas y otras firmas donde la confianza, la reciprocidad y el compartir valores, apoyan la transferencia de la información y el desarrollo del conocimiento. La confianza constituye la base de toda relación humana libre y es un elemento central del capital social. Sólo sobre la confianza es posible construir un vínculo entre partes en el marco de la libertad, que no esté sustentada en la fuerza.
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Mediante esta creación se eleva el nivel de competitividad a través de las ventajas competitivas que sólo se construye con la acción humana.
El capital social es clave para desarrollar la capacidad de creación de conocimiento y fundamental para la innovación, la construcción de ventajas competitivas sostenibles y la adaptación activa a los cambios de los clientes y el ambiente. La interacción entre los actores es la más importante fuente de nuevas ideas e información que pueden promover innovaciones.
El capital social está sujeto al grado en que las personas confían unas en otras y de los valores y normas que comparten. Desde una visión económica, muestra la dimensión relacional y asociativa de diferentes agentes, que operan en la producción y la distribución, para alcanzar una meta común y, por ende, un aumento en los ingresos a través de la generación de conocimiento.
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Desde sus comienzos, la ciencia económica se ha entendido a sí misma como una ciencia social, abocada a las relaciones humanas con una visión del hombre como ser eminentemente social.
Esta ciencia entiende, cada vez más, que el comportamiento de un conjunto de personas se puede explicar, desde los intereses individuales que conforman dicho grupo, y que conduce a la cooperación social a través de la selección por parentesco y la reciprocidad o altruismo recíproco. (Francis Fukuyama, 1999).
En Persona y Acción, Juan Pablo II habla del compromiso con la resolución de los problemas sociales, mediante la inter-subjetividad. Se refiere a ese modo de ser social, que revela su espíritu comunitario, y remarca la importancia de la relación o conjunto de relaciones con la comunidad. Peter F. Drucker, a su vez, expresa: "La comunidad que se necesita en la sociedad poscapitalista – y especialmente la necesita el trabajador del saber- tiene que basarse en el compromiso y la compasión más que ser impuesta por la proximidad o el aislamiento".
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Mientras que la creación de capital humano puede promover el egoísmo, la construcción de capital social induce al fortalecimiento y cohesión de la familia, de la comunidad y de la sociedad. Una política de exclusiva acumulación de capital humano, a la larga, no es efectiva.
Si la educación no apunta a alcanzar los objetivos legítimos de quien lo adquiere mediante el aprendizaje en función de un logro comunitario, lo que logra es un conocimiento egoísta. Por estar centrada en logros únicamente personales sin reparo en los demás, tiende a volverse en desmedro del bienestar de quien lo posee y de la sociedad donde se desenvuelve.
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La falta de incentivos a cooperar nos lleva a estrategias de corto plazo, orientadas más a la explotación que hacia la cooperación. Más a la extracción que a la inversión. A evadir el riesgo evaluado; a ir a lo seguro aun en desmedro del bienestar general; a entrar en el juego de suma cero, en lugar del juego de suma positiva.
El capital social es, ante todo, un factor de producción en el cual se pueden invertir otros recursos con la expectativa de beneficios futuros. Pero, además, puede ser un sustituto o un complemento de otros recursos. Por ello, resulta posible compensar la carencia de recursos financieros o de capital humano mediante el establecimiento de buenas relaciones.
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El capital social resulta también complementario de las otras formas de capital puesto que por sí solo no es suficiente para el desarrollo.
Y, al igual que el capital humano, el social no tiene un índice de depreciación. Es que tanto uno como otro no pierden su capacidad de producción. Por el contrario ésta mejora.
Como un músculo, si se ejercita, incrementa su habilidad. Por el contrario, si no es usado periódicamente, se deteriora.
(*) Manuel Alvarado Ledesma es Profesor de la Maestría de Agronegocios de la UCEMA
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