
La aparición de ostarine, un medicamento inicialmente concebido para combatir la pérdida muscular en pacientes con cáncer, se ha transformado en un desafío de primer orden para los organismos antidopaje internacionales.
Aunque su desarrollo respondió a necesidades clínicas, su irrupción en el deporte de élite ha generado controversias sobre la equidad de los controles y ha puesto en jaque las trayectorias de atletas que pueden arrojar resultados positivos sin buscar ventajas ilícitas.
Un desarrollo biomédico con efectos colaterales
El origen de ostarine se remonta a inicios del siglo XXI, cuando el investigador James Dalton y su equipo diseñaron este modulador selectivo del receptor de andrógenos. Su propósito era ofrecer una solución más segura que los esteroides tradicionales para enfrentar afecciones como la fragilidad y el desgaste muscular, especialmente en personas con cáncer o enfermedades relacionadas con el envejecimiento.
Frente a los esteroides, ostarine prometía una administración oral sencilla y un perfil de efectos adversos considerablemente menor.

El compuesto buscaba reproducir los beneficios anabólicos de los esteroides, como el aumento de masa muscular, con menos riesgos de alteraciones hormonales o la aparición de características sexuales secundarias no deseadas. Dalton y su grupo identificaron potencial para mitigar la pérdida muscular en pacientes sometidos a quimioterapia o bajo tratamientos para adelgazar.
Sin embargo, a pesar de sus ventajas aparentes, ninguna autoridad sanitaria ha autorizado el uso médico de ostarine debido a preocupaciones asociadas con posibles daños hepáticos.
De laboratorio a la lista negra del deporte
La falta de aprobación oficial no impidió la llegada de ostarine al ámbito deportivo. La difusión de su estructura química facilitó su producción por parte de laboratorios no regulados, que lo comercializaron bajo distintas formas, frecuentemente disfrazadas de suplementos deportivos. Muchos de estos productos incluyen advertencias como “solo para fines de investigación”, buscando evadir la regulación sanitaria convencional.

La Agencia Mundial Antidopaje (AMA) detectó rápidamente el potencial de abuso y, en 2008, incorporó a ostarine en la lista de agentes anabólicos prohibidos. Actualmente, la AMA lo mantiene como sustancia vetada en todos los deportes y en cualquier momento, una decisión que continuará vigente, como indica su listado actualizado para 2026.
Contaminación, control y nuevos dilemas éticos
Durante los últimos dos años, la problemática se ha intensificado. Los laboratorios acreditados por la AMA han identificado ostarine en 114 muestras de atletas en ese período. El perfeccionamiento de los métodos analíticos ha permitido detectar trazas mínimas de la sustancia, pero también ha generado escenarios inéditos: han aumentado tanto los casos de consumo deliberado como los positivos atribuibles a la contaminación de suplementos o al contacto accidental, lo que plantea dilemas éticos complejos para el sistema antidopaje.

En este contexto, la responsabilidad del deportista es absoluta. Las normas estipulan que la detección de una sustancia prohibida implica sanción, independientemente de cómo ingresó al organismo.
La baja calidad de muchos suplementos abre la puerta a la presencia de ostarine no declarada: la Agencia Antidopaje de Estados Unidos ha identificado 19 productos con rastros ocultos del compuesto. Los deportistas que buscan defenderse deben conservar el suplemento, costear análisis independientes y probar la contaminación, un proceso oneroso y sin garantías.
Transferencia accidental y deficiencias de los controles
La transferencia de ostarine también puede producirse por contacto físico o uso compartido de equipamiento deportivo. En una investigación, un atleta demostró que el contacto con un soporte de neopreno impregnado de sudor ajeno resultó en un positivo por dopaje; las autoridades antidopaje reconocieron su argumento y retiraron los cargos. No obstante, estos casos son excepcionales y evidencian las limitaciones de los métodos de control actuales.

El desafío central para las autoridades reside en que los exámenes antidopaje no pueden discernir entre consumo intencional, contaminación por suplementos o transferencia incidental. Un solo análisis de orina no basta para esclarecer la causa real del resultado positivo, y la carga de la prueba recae siempre en el deportista. Esta dificultad se extiende a otros moduladores selectivos del receptor de andrógenos.
Ciencia en busca de soluciones y el impacto en los atletas
James Dalton, como copresidente del Consejo Científico Asesor de la Partnership for Clean Competition, lidera investigaciones orientadas a desarrollar marcadores químicos en orina que permitan distinguir entre el consumo deliberado y la exposición accidental a ostarine. Si se logran avances en este campo, podrían proteger la reputación de atletas inocentes sin debilitar la lucha contra el dopaje.

Las consecuencias de este escenario repercuten tanto en el ámbito deportivo como en la comunidad científica. Los atletas enfrentan la pérdida de sus carreras y prestigio por positivos en contextos donde no media responsabilidad directa, mientras que Dalton admite que dedica ahora más tiempo a prevenir el uso indebido de ostarine que a promover su aplicación médica.
Hasta que existan herramientas que permitan determinar la verdadera intencionalidad tras la presencia de ostarine en los controles, la sustancia continuará representando un dilema entre los avances de la ciencia biomédica y las consecuencias imprevistas en el deporte de alto rendimiento.
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