
“Primero soy de Racing y después argentino”. Así se define Gustavo Costas, el ídolo de la Academia que logró un título internacional con el club de sus amores después de 36 años tras la victoria por 3-1 ante Cruzeiro en la final de la Copa Sudamericana en Asunción. “Cuando nací, mi viejo me inyectó esa droga y después me llevó para que me anotaran en el Registro Civil”, dice con emoción cada vez que alguien le consulta sobre los orígenes de su pasión.
La pasión con la que vivió el partido en La Nueva Olla, como si fuera un jugador más, corriendo y celebrando los goles de Gastón Martirena, Maravilla Martínez y Roger Martínez, demuestra lo que siente Costas por la institución de Avellaneda.
Su historia con la entidad de Avellaneda surgió durante su infancia. Criado en una familia con el corazón albiceleste, junto con su hermano Fabio se sumó a las divisiones inferiores, donde creció junto a las grandes figuras del equipo de José Pizzuti que escribió la época dorada de la entidad bonaerense con la Copa Libertadores de 1967 y la Copa Intercontinental de ese mismo año en el recordado triunfo ante el Celtic de Escocia. Tal es así que en la final frente a los europeos, disputada en el Cilindro, ingresó al campo de juego en los brazos de Juan Carlos Rulli como la mascota del plantel.
Las meriendas con mate cocido que le preparaba la legendaria Tita Mattiussi formaban parte de sus rutinas en las inmediaciones del estadio. Él era uno de los pibes de la categoría de 1963 que soñaban con jugar en Primera.
Su debut se dio en 1981, pero dos años más tarde comenzó a sufrir la crisis deportiva que acosó a la institución durante más de tres décadas. El descenso a la Segunda División marcó el primer puñal que forjó su resiliencia. “Fue una época muy difícil. Cuando uno está en las malas, entiende lo que significa el Mundo Racing. En ese momento sentí que me adoptaba una familia que tenía una presión muy grande por atravesar dos años en la B. Había mucha tensión y pesaba ponerse esa camiseta, porque había que estar a la altura de las consecuencias. Gracias a Dios, se formó un grupo humano maravilloso y logramos el objetivo”, deslizó recientemente Walter Fernández en diálogo con Infobae. Para esas alturas, Gustavo Costas ya era el capitán del equipo, y bajo la conducción del Coco Basile, la Academia volvió a Primera.

Con figuras de la talla de Rubén Paz, el Pato Fillol, Miguel Colombatti, el Toti Iglesias y el Mencho Medina Bello, entre otros, Racing volvió a la conquista internacional en la Supercopa de 1988 y la Copa Interamericana que celebró unos meses más tardes en Los Ángeles, Estados Unidos. Fueron los días más felices de Costas en el club. El capitán había cumplido su sueño de devolverle el rótulo de Primer Grande al escudo que lleva en la sangre.
Con la satisfacción de la tarea cumplida, en 1992 fue vendido al FC Locarno de Suiza, pero “un amor así jamás se olvida” y a los dos años regresó para integrar la zaga central hasta 1996, cuando Miguel Brindisi le reveló que no lo iba a tener en consideración en su proyecto y buscó un nuevo destino en Gimnasia y Esgrima de Jujuy, donde se retiró.
Con un estilo aguerrido, una humildad notable y un compromiso innegable, el ex defensor alcanzó los 337 encuentros oficiales disputados con la camiseta académica, cifra con la que se convirtió en el futbolista con más presencias en la historia del club. Entre esos partidos, se destacan los dos duelos por la final de la Supercopa, en la que Racing se impuso contra el Cruzeiro. Y ahora busca repetir la película, aunque en esta versión de la Copa Sudamericana lo tendrá en su rol de entrenador.
Luego de colgar los botines, en 1999 tuvo su primera experiencia en una dupla técnica que conformó junto al Bocha Maschio. Fue una de las etapas más oscuras de la entidad bonaerense, con pedido de quiebra, amenazas del remate de su sede social de Villa del Parque y la prohibición de iniciar el torneo debido a la deuda millonaria que derivó en el gerenciamiento.

El impedimento para comenzar el Clausura de 1999 por la crisis financiera fue la gota que rebalsó el vaso. La Academia debía debutar ante Talleres de Córdoba, pero la Justicia no permitió que se desarrollara el encuentro debido a la delicada situación que atravesaba la entidad de Avellaneda. Sin embargo, más de 30.000 fanáticos poblaron el Presidente Perón para manifestar su afecto incondicional por los colores. Aquel 7 de marzo se dio de forma espontánea e improvisada al nacimiento del Día del Hincha de Racing. Y Gustavo estaba presente.
Tras recibir constantes amenazas y llamadas intimidatorias de parte de funcionarios y jueces, Costas se comunicó con Maschio para pedirle que lo acompañara a pelear por el club. Así, la dupla técnica, junto a varios referentes del plantel como Fernando Teté Quiroz, Pablo Michelini, Jorge Reinoso y Sergio Zanetti, además de antiguas glorias como el Pato Fillol y el Chango Cárdenas, se reunieron en una estación de servicio y partieron hacia el Cilindro para resistir ante la presión de la AFA. Finalmente, un recurso de amparo le permitió a la Academia comenzar el certamen en la segunda fecha contra Rosario Central en el Gigante de Arroyito. La recordada caravana a Rosario fue una muestra más de afecto de los fanáticos que atravesaban un sufrimiento muy profundo a causa del pedido de quiebra de Daniel Lalín.
En medio de aquella caótica situación, debió intervenir el poder político, ya que “la desaparición de Racing” se transformaría en un problema de Estado. El periodista Bernardo Neustadt, reconocido hincha de la Academia, recordó en una de sus editoriales la conversación privada que había tenido con el presidente de la nación. “Hace diez minutos estuve con el presidente Menem. Le dije: si quiere terminar su mandato de manera gloriosa, salve a Racing. Me miró fijo y me dijo: lo voy a salvar”. Y en los días siguientes, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, declaró que “Racing no podía desaparecer y que la situación no le era indiferente”.
Racing se salvó. Para ello tuvo que apelar al gerenciamiento a cargo de Blanquiceleste SA. Fue un proceso que contó con la Promoción y el campeonato de 2001 que cortó con la sequía de 35 años sin títulos en el ámbito doméstico. Sin embargo, los resultados volvieron a poner en tela de juicio a las autoridades y en 2007 Costas renunció a su cargo en Cerro Porteño para dar una mano cuando Mostaza Merlo tuvo que terminar su segundo ciclo, después del glorioso Paso a Paso. Para esas alturas, los números de la institución volvían a estar en rojo y el convenio que debía durar una década, se interrumpió por un nuevo pedido de los hinchas: el 21 de diciembre de 2008 volvió la democracia al club. Tuvieron que pasar 11 años de angustia para que los socios puedan volver a elegir a sus representantes. Y después de las gestiones de Rodolfo Molina y Gastón Cogorno, Víctor Blanco asumió el cargo para que la Academia vuelva a ser protagonista en el fútbol argentino.
Para Costas, la final ganada ante Cruzeiro no solo significó un desafío profesional, sino también logró el sueño de conseguir su primer título con el buzo de DT albiceleste al frente de su tercer ciclo. Su experiencia como campeón había comenzado con Alianza Lima (Perú), Cerro Porteño (Paraguay), Barcelona (Ecuador) e Independiente Santa Fe (Colombia), con el que acumuló cinco títulos. Ahora fue el turno de llevar (nuevamente) a su corazón a la gloria internacional.
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