
En octubre de 1976, los All Blacks llegaron por primera vez a la Argentina. Pocos meses antes, Los Pumas habían realizado una exitosa gira por las Islas Británicas que se cerró con una derrota por un punto -20 a 19- ante el mejor Gales de la historia. De tal manera, la expectativa de lograr con los neozelandeses lo que no se pudo en Cardiff parecía más que razonable. Después de golear a Uruguay en el debut, los de negro ganaron contundentemente los ocho partidos jugados en nuestro país. Incluidos dos test matches.
Camino a los vestuarios del estadio de Ferro de la mano del Abuelo Diego escuché por primera vez una frase que jamás se me borró. “Tan bravos son los All Blacks que los británicos inventaron los Lions solo para tratar de ganarles alguna vez”. Por cierto, ni siquiera así pudieron los británicos con los cracks del Pacífico Sur. En casi 120 años de rivalidad, el combinado de los cuatro seleccionados británicos ganaron 7 partidos, empataron 4 y perdieron… 30.
A partir de esa reflexión y después de ver un rugby de otra dimensión en aquellas hermosas tardes de Caballito, asumí definitivamente que, ganen más o menos títulos, pierdan más o menos partidos, los All Blacks son todo lo que está bien en el rugby. Por innovación, por dinámica y hasta por haber sido los primeros en considerar la posibilidad de que un pilar corra tan rápido como un wing sea tan fuerte como un pilar.
Un Mundial se juega cada cuatro años. En el medio, rara vez alguien juega mejor este juego que ellos, muchachos que viven este deporte con una pasión difícil de igualar.
Ante ese rugby jugaron Los Pumas su tercera semifinal en los últimos cinco mundiales, referencia que vale repetir como un mantra para que, más allá de alegrías o tristezas de coyuntura, simboliza fielmente el lugar que ha sabido ganarse nuestro rugby desde fines del siglo pasado.
Ante ese mismo rugby corroboramos, durante 80 minutos durísimos, que en un universo de campeones mundiales reducido a sólo cuatro países, se puede sorprender al favorito en una instancia preliminar -le pasó a Francia-; difícilmente en una semifinal.
Es cierto que hubo un comienzo de ilusión en el que Los Pumas ganaban la línea de la ventaja en casi todos los contactos pero, aún cerca de su ingoal, los neozelandeses parecían tener toda posibilidad de riesgo importante bajo control.
Podría simplificarse todo a partir de la idea de que ellos, prácticos como son desde que descubrieron este juego hace más de un siglo, tomaron vuelo a partir de la primera ventaja y solo entonces regalaron algo de magia. Error ingrato. No solo los All Blacks hicieron casi todo bien en todos los aspectos del juego -auténtica síntesis del discutido concepto de lo que significa jugar bien a algo-, sino que en varios pasajes mostraron un fascinante juego de ataque. Empezando por el extraordinario rey de Jordie Barrett, el segundo en la difícil noche de París.
En todo caso, muy temprano quedó claro aquello de que “todo puede pasar en un buen día” fue, básicamente, la ilusión de que un intangible nos regalase la que hubiera sido, probablemente, la mayor sorpresa de la historia de esta Copa del Mundo.
Es que, aunque cueste admitirlo, la mística y el amor propio característico de Los Pumas, se toparon con la inevitable realidad de jugar contra los maestros.
Es lógico que duela la derrota y, más aún, duelan los números. Será asunto urgente curar rápidamente las heridas del cuerpo y, sobre todo, las del corazón.
Algunos dicen que no sirve de nada jugar por el tercer puesto y hasta insinúan que debería eliminarse ese partido en los mundiales de fútbol.
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