De soñar con jugar en la NBA a convertirse en el mejor armador del mundo y figura de la Selección de vóley: el lado desconocido de Luciano De Cecco

Hijo de un jugador importante a nivel local, el armador se hizo fana de la naranja desde chiquito, al punto de ser reclutado por un equipo que sería campeón de la Liga Nacional. Por qué no siguió y se cambió de deporte, con el que ganó la medalla de bronce en los últimos Juegos Olímpicos

Luciano, lanzando al aro, y como experto armador en los Juegos Olímpicos de Tokio
Luciano, lanzando al aro, y como experto armador en los Juegos Olímpicos de Tokio

Cuando hay un partido de básquet y de vóley, prefiero ver el primero. Con el tiempo aprendí a disfrutar del vóley, pero tienen que ser por cosas importantes, que necesite ver... De lo contrario, me gusta más el básquet. Soy un apasionado desde muy chiquito. A los 14 años, por ejemplo, si me preguntabas qué quería ser de grande, te decía basquetbolista profesional y hasta soñaba con llegar a la NBA… Y hoy, si bien mi trabajo y mi deporte es el vóley, sigo mucho el básquet, todo tipo de partido y torneos”.

Luciano De Cecco no habla como lo que es, para muchos el mejor armador de vóley del mundo, el titiritero del seleccionado nacional argentino que, en los Juegos Olímpicos de Tokio, emocionó a un país con su juego y la posterior conquista de la medalla de bronce. En este caso, al menos, habla más el basquetbolista frustrado, aquel base de 1m91 que pintaba para al menos ser un jugador de Liga Nacional, pero distintas circunstancias lo sacaron del deporte que amaba y hoy lo disfruta otro, aunque siempre con sus manos mágicas como protagonistas, las mismas que amagaron con generar disfrute con la naranja y ahora amasan otro tipo de pelotas, con una variedad de recursos que cautiva y hace mejores a sus compañeros.

Pero, claro, Luciano soñó otra cosa. Casi de forma inevitable, por una fuerte herencia familiar. Ricardo, su padre, fue un consagrado jugador nacional y, casi por decantación, metió a su hijo en esta pasión por el básquet. Salteño de 1m95 que tenía 17 años cuando Obras Sanitarias, el mejor equipo del país en ese momento, pasó por la provincia para jugar un amistoso y el técnico Heriberto Schonwies quedó sorprendido con este base-escolta que ya se destacaba en Gimnasia y Tiro. Pocos meses después, De Cecco se entraba al lado de monstruos que brillaban en la selección argentina, como el Tola Cadillac, Esteban Camissasa, Chocolate Raffaelli y el Negro Romano, dentro de un equipazo que tenía otro pibe que pintaba bien, nada menos que Héctor Pichi Campana.

En 1983, puntualmente el 24 de septiembre, De Cecco se convirtió en uno de los 12 campeones mundiales a nivel de clubes que tiene nuestro país. Con Obras venció al Jollycolombani Cantú en su casa y se coronó campeón de la 16ta Copa William Jones, el torneo internacional más importante de aquellos años. Cuando comenzó la Liga Nacional, en 1985, y Obras decidió no participar, De Cecco se fue a Unión de Santa Fe y comenzó su interesante carrera en el principal torneo del país. Se destacó en Echagüe de Paraná, pero también jugó en Santa Paula de Gálvez y Ferro, hasta 1994. En total, fueron nueve temporadas y 282 partidos, con un destacado promedio de 11.2 puntos por juego. En 1988, tras la mejor campaña de Ricardo con Echagüe (muy meritorio quinto puesto), nacería Luciano, un 2 de junio. Y absorbería toda la pasión de su padre y del entorno.

De Cecco, junto a su familia. su papá, Ricardo, se destacó en la Liga Nacional. su mamá jugó al vóley
De Cecco, junto a su familia. su papá, Ricardo, se destacó en la Liga Nacional. su mamá jugó al vóley

“Luciano se formó en la guardería de Gimnasia de Santa Fe. Hacía de todo, básquet, vóley, natación, gimnasia… Pero lo del básquet fue siempre especial. Lo arrancó desde muy chiquito. Te diría que en 1991, a los tres años, ya andaba todo el día con la pelota chiquita en la cancha de Santa Paula y copiaba todo lo que hacíamos, elongaba como nosotros, y además era la atracción de los entretiempos porque tiraba al aro siendo muy chiquito”, cuenta Ricardo, quien vio cómo aumentaba la pasión de su hijo hacia el básquet. “Cuando pasé a Ferro, creció su locura por el deporte y, aunque no tenía edad de Mosquito, yo logré que lo sumaran a la escuelita y estaba todo el día jugando con chicos mayores”, agrega.

“Sí, fue así. Yo nací y crecí viendo básquet, rompiendo portarretratos en casa con pelotas de básquet, jugando con las figuritas, viendo videos de básquet y siguiendo a mi padre a todos lados. Me acuerdo de estar todo el día con la pelota, primero en Echagüe, luego en Santa Paula y Ferro, ya fuera en el playón o en el estadio, cuando terminaba el entrenamiento. Iba de un lado a otro, picando la pelota y lanzando en los aros chicos y grandes. Recuerdo que me iba a tirar con jugadores, como Charles Parker y el Pipi Vesco, en Echagüe. O con el Pitu Rivero en Gálvez”, recuerda en charla con Infobae. Luciano todavía tiene muy frescos los recuerdos emocionantes de aquella infancia tan especial. “Me acuerdo de muchas cosas de cuando mi viejo era jugador, sobre todo de cuando estuvo en Ferro. Vivíamos en Buenos Aires, yo iba al jardín del club. Cuando me buscaba, había como un túnel que te llevaba al Etchart y yo entraba… También me metía en la utilería y el utilero me daba un jugo exprimido para que no entrara a la cancha a hacer quilombo porque estaban entrenando y había que hacer silencio. Me retenían ahí hasta que era mi momento y me metía a jugar. Me desesperaba”, rememora.

De chico era tal el fanatismo que en su habitación tenía pegados varios posters en las paredes (de Jordan, Shaquille O’Neal, Kareem Abdul-Jabbar y Magic Johnson, por ejemplo) y, como comenta su padre, “en la tele se la pasaba viendo partidos. Yo grababa y guardábamos los VHS. Todavía hoy los tengo, algunos pasados a DVD, en mi oficina. Luciano estaba fascinado con la NBA”. Shaq era uno de sus ídolos y, cuando Ricardo viajó a Orlando, le trajo varios artículos de Orlando Magic, donde jugaba el pivote que había irrumpido como una estrella de la NBA a mediados de los 90. Eso fue el sueño del pibe. “Sí, era muy fan de Shaq. Mi viejo me trajo su camiseta del Magic, también los pantalones y las zapatillas, que lamentablemente me duraron poco porque estaba en pleno crecimiento. Pero además tenía todo de él, posters, la película, de todo”, precisa.

Luciano sigue siendo fan de la NBA aunque también ha quedado atrapado por el básquet europeo, en especial la Euroliga, la Champions del básquet. “Hoy en día me vuelve loco LeBron James. Todavía no entiendo cómo hace para estar tan a tope a su edad. Me gustan muchos jugadores, pero no tanto los Curry, Lillard o Harden, que tiran 700 triples por partido. Disfruto más ver a (Luka) Doncic, por ejemplo. Y también miro y me encanta la Euroliga. Me gustó Shane Larkin en el Efes, el pivote de Fenerbahce que jugó en la NBA (Jan Vasely), cómo jugaba el Kaunas de Lituania, que tenía buenos tiradores. En Euroliga hay más juego, en cambio en la NBA el que la agarra la tira. Y me parece que estoy jugando a la Play y no mirando un partido”, comenta quien estuvo en el equipo ideal de Tokio 2020.

Ricardo De Cecco, en el plantel del mítico plantel de Obras
Ricardo De Cecco, en el plantel del mítico plantel de Obras

Pero lo más interesante, además de su pasión por la naranja, es la historia de amor y desamor que tuvo, sobre todo cuando quiso ser basquetbolista profesional. “Si a los 14 me preguntabas qué quería ser cuando sea grande, decía jugador de básquet. Ni se me pasaba por la cabeza ser jugador de vóley. Yo soñaba con llegar a la NBA”, aclara. Fundamentos para la ilusión tenía. Jugó en selecciones provinciales santafesinas y, a los 15 años, fue reclutado por Ben Hur de Rafaela, mientras era un gran animador de la Liga Nacional –fue campeón en 2005 con Julio Lamas como DT y Leo Gutiérrez como su gran estrella-. “Esto se dio luego de aquella recordada inundación de Santa Fe, en 2003. Como la gente que perdió sus casas bajo el agua terminó en los clubes y escuelas, los equipos perdieron su lugar de entrenamiento y a Luciano le salió esta chance. Estaba Facundo Müller en Ben Hur, que reclutaba mucho y él se fue, ilusionado. Debutó en la liga local, pero empezó a extrañar bastante y a los nueve meses quiso volverse. Tal vez en el club no tuvo la contención necesaria… Se produjeron algunos episodios de querer volverse y al final un día me llamó, con bolsos en la vereda, y lo fui a buscar”, detalla Ricardo.

“Lo recuerdo bien a Luciano. Jugaba ambas posiciones, de base y de escolta. Era alto para esos puestos y sus virtudes eran el tiro de tres puntos, la inteligencia, la visión del juego y el pase, que habitualmente los veía un segundo antes. Lo reclutamos en Ben Hur, junto a otros jugadores, estuvo un tiempo y le costó adaptarse. Era muy chico, tenía 14 ó 15 años. Extrañaba su familia y decidió regresar a su casa en Santa Fe”, precisa Facundo Müller, quien apareció en la escena nacional siendo asistente de Julio Lamas y ahora dirige en Japón (en el Veltex Shizuoka).

“No me pude acostumbrar a Ben Hur. Desgraciadamente, hubo una inundación muy grosa en Santa Fe y me volví a casa. No fue la mejor decisión en ese momento… O, al menos, con la cabeza que tengo hoy no lo habría hecho, me hubiese quedado y habría intentado sobreponerme a la adversidad de extrañar a mi familia y todo lo que significaba ser reclutado por un club que en ese momento era el boom en la Liga Nacional”, explica de primera mano. Para colmo de males, cuando regresó a Santa Fe y a Gimnasia de Santa Fe, el club de sus orígenes, surgieron problemas con su pase. Ben Hur lo trabó durante seis meses, “tal vez pensando que Luciano podía rever su decisión y regresar”, y Luciano se cansó de esperar. Fue cuando el vóley le abrió definitivamente sus puertas. No importó que le dijeran que “era un deporte de mujeres” o que él sintiera que era menos espectacular y le gustaba menos que el básquet… Los amigos terminaron de convencerlo y el empujón final fue una convocatoria a una selección provincial de vóley. Luego llegó el reclutamiento de Bolivar, el club de Marcelo Tinelli que generaba una revolución a nivel local. Luciano quedó en el Proyecto Talentos y tomó la decisión de dedicarse de lleno al otro deporte.

“Decidí agarrar el otro tren, tratando de no cometer los mismos errores que con el básquet, sobre todo desde el punto de vista de superar las dificultades. Pero, claro, me quedó la espina de no saber qué habría pasado si me hubiera quedado en Ben Hur y hasta dónde habría llegado”, admite una de las figuras que hoy tiene la Lube Civitanova, equipo top de la SuperLega de Italia, la NBA del vóley. “Con certeza no sé decirte hasta dónde podría haber llegado con el básquet. Como jugador era un base inteligente, con una buena mano de tres puntos, que tomaba decisiones, que jugaba bien el pick and roll, aunque era medio vago defensivamente. Yo siempre le decía que en mi equipo nunca hubiese jugado (se ríe). Pero quizá a la Liga Nacional podría haber llegado. Es difícil decirlo hoy, pero hizo buena parte del proceso y la chance la habría tenido”, analiza Ricardo, quien hoy es el coach de Colón de Santa Fe en la Liga Argentina.

Dejar un deporte y seguir con el otro no fue una decisión fácil para Luciano. Ni por su fanatismo por el básquet ni por lo que podría decir su padre. “Al principio no se animaba a decirme lo que había decidido. Junto a mi esposa, Graciela, maquinaron cómo lo iban a anunciar… Ella había jugado al vóley en Unión y recuerdo que ella me lo vino a decir. Fue una charla corta, no hubo discusión, sólo le pregunté si estaba convencido…”, recuerda Ricardo. El padre sentía que podía haberlo intentado un poco más pero, como persona de bien que es, priorizó lo que sentía su hijo, no él. Justamente hay una anécdota con Rubén Magnano, el mítico DT argentino que ayudó a construir a la famosa Generación Dorada, que pinta la humanidad de Ricardo pero, además, el talento que tenía Luciano. “Yo estaba en un curso de entrenadores en Buenos Aires y me lo crucé a Rubén, quien ya era el entrenador campeón olímpico… Me dijo quería hablar conmigo sobre Luciano, me preguntó que había pasado que no se había presentado a la preselección, creo que U15, a la que había sido convocado. Entonces yo le conté lo que había pasado”, recuerda.

-¿Vos qué le dijiste cuándo te dijo que dejaría el básquet y seguiría con el vóley?

-Que hiciera lo que sintiera, lo que lo hiciera feliz.

-Te felicito, Ricardo. Hiciste muy bien.

“Sí, fue así. Parece que Magnano quería citarme a una preselección o algo así y papá le dijo que me había ido a otro deporte…. Y es verdad que mi viejo me dijo varias veces que hiciera lo que me hiciera feliz. Recuerdo que me lo dijo la primera vez que me subí a un colectivo para ir a jugar al vóley”, admite el hijo, quien cuenta cómo se bancó en silencio haber perdido a su hijo-basquetbolista. “Después le pesó un poco, porque muchos de sus amigos más cercanos todavía lo joden con que me fui a jugar al vóley. Pero bueno, a con estos resultados que he conseguido, mi viejo puede decirles ‘bueno, tenía razón el pibe’”, tira entre risas. Y así as. “Tan mal no le fue, porque él estaba convencido y lo ha hecho muy bien”, deja claro Ricardo, orgulloso del camino de Luciano en el vóley.

El armador, de 33 años, confiesa: “Cuando hay un partido de básquet y otro de vóley, y ambos me interesan, trato de ver los dos en simultáneo. Pero cuando el de básquet me interesa más, miro ese, sin dudas"
El armador, de 33 años, confiesa: “Cuando hay un partido de básquet y otro de vóley, y ambos me interesan, trato de ver los dos en simultáneo. Pero cuando el de básquet me interesa más, miro ese, sin dudas"

Pero, claro, la profesión es una cosa y el amor, otro. “Cuando hay un partido de básquet y otro de vóley, y ambos me interesan, trato de ver los dos en simultáneo. Pero cuando el de básquet me interesa más, miro ese, sin dudas. He aprendido a disfrutar de lo que es el deporte de mi vida y lo que es mi pasión, tratando de no confundirme respecto de dónde vengo y qué es lo que hago. El vóley me gusta, he aprendido a consumirlo. Pero por el básquet me levanto a las 4 de mañana para ver un partido, algo que no creo que haría por el vóley. Me pasó con el Mundial de básquet en China, hace dos años. Yo estaba en Santa Fe y me levantaba, con mi viejo, desayunábamos y mirábamos los partidos. Y ahora fíjate que lo mismo pasó en estos Juegos con muchos argentinos, que se levantaron temprano para ver a mi Selección, algo que yo por el vóley todavía no lo he hecho”, compara.

Como un amplio conocer del básquet, a De Cecco se le pidió una reflexión sobre una posible comparación entre la Generación Dorada del básquet que él idolatra y esta nueva camada del vóley que logró el bronce en Tokio. “La GD es incomparable. Más allá del nombre que remite a ese oro que ganó, ese plantel tenía 11 o 12 jugadores que competían al máximo nivel internacional, algo que no debe haber pasado nunca en una Selección argentina por fuera del fútbol. Nosotros recién tenemos muchos jugadores que están empezando a irse afuera. Es algo más prematuro. Aprovechamos una oportunidad única para meternos en un torneo en el que nadie nos daba como favoritos. No creían ni que pasábamos la zona. Es muy diferente a lo que hizo la Selección de básquet en 2004, que venía de perder una final del Mundo con Yugoslavia y luego le ganan en el primer partido de los Juegos Olímpicos. Ellos fueron siempre en alza desde ahí, nosotros veíamos qué podíamos raspar en cada partido para ver si clasificábamos a cuartos. Al final terminamos logrando algo muy bueno. Coincidencias hay con ese equipo de la GD, creo que eso de ir de menor a mayor, sobre todo”, explicó hace días en el programa semanal de Twitch que tiene la Confederación Argentina de básquet.

Tan atado está a su amado básquet que, en esta cuarentena de la pandemia, que le tocó atravesar en Italia, mantuvo su ligazón leyendo el libro Once Anillos del entrenador Phil Jackson y viendo, en apenas dos días, toda la serie The Last Dance que relata la última y mítica temporada de los Bulls de Michael Jordan. Tampoco es casualidad que tenga una amistad con tres jugadores del seleccionado, como Facu Campazzo, Nico Laprovittola y Patricio Garino, con quienes ha compartido varios momentos en Juegos Olímpicos y Panamericanos. Con ellos se conecta, incluso durante sus temporadas europeas, a charlar o jugar en línea al NBA2K o algún otro juego. “En Tokio compartimos cafés, charlas, de todo un poco... Me queda la deuda de ir a verlos a un partido que no sea de la Selección, en sus clubes... Ojalá, en algún momento, poder ir a Barcelona o Denver para verlos en vivo y en directo”, apunta. Toda su vida está relacionada al básquet. Sigue la Liga Nacional a la distancia, sobre todo a Unión SF, recién ascendido, y cada vez que puede se calza algunas de sus pares de zapas para ir a lanzar al aro en alguna cancha callejera en Italia.

“No me pregunten por qué me pasé al vóley porque no me acuerdo con certeza. Tendría que haberme quedado... Es un deporte que me gusta, que sigo mucho y me encanta jugar. Si tengo una cancha de vóley y una de básquet me la paso más tirando que otra cosa. Y lo mismo me pasa cuando hay dos partidos en la tele…”, repite el crack del vóley.

-¿Y qué significa el básquet en tu vida, Luciano?

-Mucho. Siento que el básquet me dio un medio de querer ser alguien más allá de que al final no me haya dedicado, me dio el placer de jugarlo, de competir y el compromiso de un deporte que siempre ha enseñado algo.

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