
Fútbol y álbum de figuritas van de la mano así que cuando en 1984 Mario Dantiacq y Pascual Lococo decidieron hacer el álbum de Diego Maradona, fueron a buscar a quien era en ese entonces su representante, Jorge Cyterszpiler. Había que convencerlo.
Dantiacq era el dueño de Ultra Figus, la empresa líder de álbumes de figuritas y Pascual Lococo trabajaba en la agencia de publicidad que se encargaba de la cuestión gráfica, el diseño y la promoción de los álbumes.
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En aquel entonces el crack jugaba en el Barcelona y en uno de sus viajes a Buenos Aires tuvo su primer encuentro con la dupla. “Fue en su quinta de Moreno, un día nublado de junio del 84. Comimos un asado que hizo Don Diego y estuvimos todo el día mientras a él le hacían otras fotos. Como soy futbolero, enseguida pegamos muy buena onda”, recuerda ahora Lococo, a los 78 años y con una memoria de hierro para recordar fechas, nombres y lugares con precisión quirúrgica. Dantiacq falleció en 2014.
El contrato entre Ultra Figus y “Maradona Producciones” estaba cerrado. Lococo quería enfocar el álbum por el lado didáctico, para que Diego les enseñara a los chicos a jugar. Así nació “Aprende a jugar fútbol con Diego Maradona”, un álbum de 200 figuritas donde el jugador detallaba todos sus secretos en la cancha: la rabona, gambeta, la pared, el tiro libre, tirar un caño, el penal, pegarle con el empeine, el sombrerito, patear un córner, etc.
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Diego Arandojo es el autor del libro “Es otro éxito de Ultra Figus” (editorial Universo Retro) que cuenta la historia de los álbumes que se convirtieron en íconos de una generación como El Regreso del Jedi, Snoopy, ET, Sarah Kay, Mazinger y varios más. “Cuando di con el de Diego me pareció una cosa muy excéntrica, la idea de enseñar a jugar al fútbol. Por eso le dediqué un capítulo entero. No había otro caso parecido tan didáctico y pedagógico de que el mejor jugador del mundo te enseñe a jugar”, dice.
La idea era muy buena pero tenía una dificultad. En vez de usar las figuritas de fotos de Diego en partidos y rivales reales, había que hacer una producción especial. Pero la vida de Diego, ya en ese entonces a los 23 años, era un tsunami a toda velocidad. En el transcurso, se fue del Barcelona y en julio del 84 fue presentado en el Nápoli de Italia.
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Lococo recuerda: “Pasaron los meses y en marzo de 1985 todavía no teníamos ni una sola foto. Le pregunté al Ruso Cyterszpiler si podíamos hacerlas cuando Diego viniera a la Argentina para jugar con la Selección las Eliminatorias del Mundial de México 86. Pero había que hablar con Bilardo para que diera el permiso. No era fácil. El Ruso me dijo “Venite a Nápoles y hacemos las fotos allá”, así que en abril tomé un avión y me fui. Y ahí arrancó una historia fascinante.
-Y allá en Nápoles fue todo más fácil
-No tanto, porque los viajes de Diego fueron posponiendo el día de la sesión y además tenía que haber sol y no llover, que abrieran la cancha, etcétera. Al final, me fui a Nápoles por una semana y me quedé un mes. Contratamos al fotógrafo oficial del club (Italo Cuomo) y las fotos las hicimos un lunes, el 22 de abril, al día siguiente de que el Nápoli le ganara al Inter de Milán, nada menos. El San Paolo abrió para nosotros y Diego ya era el Rey del club.
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-¿Qué recordás de aquel día?
-A las 10 de la mañana estábamos en la cancha con Jorge, dos grandes personas que me ayudaron mucho allá: Guillermo Blanco (jefe de prensa) y Juan Carlos Laburu (su camarógrafo personal). También el hermano de Diego, Lalo, (que sale en varias figuritas) y otros chicos que salen en el álbum en las escenas, marcando a Diego, como rivales, etcétera. Diego llegó después del mediodía de muy buen humor. “Tranquilo Pascual, tengo todo planificado, hoy ganamos”, me dijo apenas llegó. La mejor onda. Un genio. En un par de horas terminamos todo, porque con Diego no había que repetir ninguna foto. Agarraba la pelota y hacía todo lo que te podés imaginar. Las fotos las vimos en diapositivas unos días después en la casa de Diego. Nos quedamos a cenar y me acuerdo que vimos por la tele dos partidos de las copas europeas.
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-¿Y cómo siguió todo?
Había que maquetar los pliegos del álbum, no podíamos perder más tiempo. Diagramé las cuadrículas con el tamaño de las figuritas, la estructura general. Tenía que ir a un fotocromista para hacer las películas con la impresión. La empresa de fotocromos quedaba en Marano, a unos 15 kilómetros al norte de Nápoles, así que íbamos todos los días con Gianni, un empleado que trabajaba con Cyterszpiler y Diego, me llevaba a la mañana y me buscaba a la tarde. Así durante varios días, diseñando página del álbum, figurita por figurita. ¡No había computadora! Todo a mano. Cuando terminamos las películas fuimos a una imprenta en Aversa, un poco más al norte. Y así fue como el 12 de mayo, un mes después de salir a Italia, llegué a Ezeiza con las pruebas en papel ilustración. El álbum, por fin, estaba terminado. Salió a la venta en septiembre de 1985. Como incentivo extra, para los que completaban las 25 preguntas de un cuestionario sobre la vida de Diego, participaban de sorteos de televisores, bicicletas y el premio mayor: dos pasajes a México a ver el Mundial. El sorteo fue en el Italpark a fin de año.
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-¿Cómo fueron las ventas del álbum?
-Estuvo bien, pero no fueron las esperadas. Diego ya era el mejor del mundo, pero acá no se televisaban los partidos del Nápoli, no era como allá. En Italia era una locura, cada entrenamiento se llenaba de gente solo para verlo. Cuando salió el álbum ya no estaba Cyterszpiler al lado de Diego, ya había llegado Guillermo Coppola. Entonces quedó trabada su proyección internacional y solo se vendió en nuestro país. Y otra cosa más: imaginate si se hubiera publicado durante o apenas después del Mundial de México 86, con Diego con fama internacional y elegido el mejor jugador del mundo sin discusión. Se hubiera vendido diez veces más.
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Más de 35 años después, el álbum circula entre coleccionistas privados. Y el buzo tricolor azul, blanco y rojo que usó Diego hoy está considerado un ícono retro-fashion, y los fans de Maradona compran las réplicas que se venden online.

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