
En medio de su período vacacional, Jeremías Avellaneda se decidió a cumplirle el sueño a su hijo Pedro, de 5 años, que es fanático de Esteban Andrada.
El pequeño hincha de Boca se fanatizó por los colores cuando empezó a ir a la cancha con su papá, que es operario en una automotriz y ahorra dinero junto a su esposa Carolina para poder construir su propia casa.
Jere es socio adherente y ya llevó varias veces a Pedrito (convertido en socio menor activo) a la tercera bandeja Sur de la Bombonera, lugar desde donde disfrutan viendo los goles xeneizes pero sobre todo las atajadas del guardameta mendocino.
El niño colecciona sus buzos (tiene uno turquesa y uno gris pero pretende sumar más camisetas de Andrada a su placard) y lo considera el mejor arquero del mundo. La idolatría fue heredada de su padre, quien tenía como emblema supremo a Carlos Fernando Navarro Montoya.
Fue en la última semana cuando planificó concurrir a uno de los entrenamientos del plantel profesional en Ezeiza para intentar conocer al ídolo máximo de Pedro. Y a pesar de que el doble turno del equipo conducido por Miguel Ángel Russo proporcionaría más chances de registrar el corto encuentro, el hecho de que las prácticas sean a puertas cerradas lo complicaba.
Sin embargo, Jeremías se levantó a las 6:30 de la mañana y transitó los más de 60 kilómetros desde Francisco Álvarez (donde viven) hasta Ezeiza para hacer guardia antes del entrenamiento. Llegó con Pedro, su esposa y su madre a las 8 de la mañana y esperaron por la oportunidad entre mate y mate. “Decile a Andrada si puede salir”, le imploró el chico a cada encargado de seguridad que se asomaba detrás de la reja. Y cuando a lo lejos distinguió al arquero le gritó y se emocionó cuando vio que levantó un brazo para saludarlo.
La noche anterior habían armado una pancarta: “Andrada quiero una foto con vos por favor”.

A las 12 del mediodía, una de las camionetas que traslada a parte del plantel desde el predio de Boca hasta el hotel donde se concentra cruzó la puerta de ingreso y se detuvo. El 1 boquense le pidió al chofer que se detuviera un minuto para concederle el deseo a Pedrito, se bajó, posó para la cámara y recibió la invitación del niño para que juegue algún día en su casa con él.
Padre e hijo no se negaron a una entrevista televisiva y el chiquilín, que acude a una escuelita de fútbol donde a menudo ataja, se animó a pedirle públicamente una camiseta o los guantes. “Sería un tesoro para él, pero con la foto ya quedó enloquecido”, le comentó a Infobae Jeremías, que también tuvo premio: se cruzó a su ídolo, el Mono Navarro Montoya, y aprovechó para tomarse una selfie.
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