Foto: Sebastián Granata / Telam
Foto: Sebastián Granata / Telam

¿ Cuál de todos los Maradonas es este Maradona que vemos?

¿ Cuál de todos los Maradonas amados responde a esta mueca cruel de su hoy?

No es éste quien fuera el padre de sus padres, ni el amigo incondicional de sus amigos; ni el líder de sus compañeros, ni el paradigma de sus colegas.

¿Qué satanás se instaló en su alma para cambiar ternura por agresión, sabiduría por violencia, enojo por reflexión?.

Este no es el Maradona que después de ofrecer su arte único como jugador cautivó al universo con palabras, frases y axiomas propias de una inteligencia prodigiosa.

Siempre admitimos al Maradona genéticamente controversial. Las coincidencias o los desacuerdos con sus dichos o actitudes mantuvieron en dinámico debate el admisible equilibrio de la vida: no todo fue convergencia, no todo fue desacuerdo; no todo fue excelso, no todo fue absurdo. Y acaso por tal terrenalidad se convirtió en una indiscutible leyenda planetaria, en un mito.

¿Adónde quedó ese hombre? ¿ Ese Dios sin ateos? ¿Ese ídolo sin idiomas ? ¿Esa celebridad sin razas? ¿Ese paradigma sin fronteras? Ese hombre multiplicado por muchos hombres en una misma anatomía hasta conformar su mundo propio. Hoy un mundo en crisis.

No es éste que dirige a Gimnasia y Esgrima La Plata aquel que fuera; no puede serlo pues aquel se hubiese enterado que Ricardo Bochini, a la sazón su ídolo, quería verlo y le respondieron que “Diego ahora no podía”. ¿Cómo que no podía recibir al Bocha si enterado que fue recibió –como correspondía- a Hebe de Bonafini en el vestuario un rato antes del encuentro contra Estudiantes? ¿Cómo que no podía si su vestuario se llena de fans, curiosos y cholulos quienes de la mano de algún familiar o influyente ingresan, se sacan fotos, le hacen firmar camisetas de la Selección? ¿Quién está hablando por Maradona? ¿Quiénes son los voceros de sus supuestas decisiones…?.

Este Diego no parece ser el Diego de antes pues aquel jamás se hubiese sumado al coro cruel de la tribuna cantando y saltando en detrimento de la imagen de quien fuera uno de sus jugadores en la selección nacional y actual presidente del club rival: Juan Sebastián Verón. (“El que no salta es un inglés/ el que no salta es un inglés…”) Más aún aquel Diego anterior, aún en la divergencia y ante tal falsedad, se hubiese opuesto al “bullyng” que un coro masificado profiriera en contra de la Brujita, un colega.

No puede ser Maradona un Maradona que desde su ubicación de técnico sentado o de pie se subordine a sus ayudantes, admita los cambios que le indican y pregunte que está pasando en el campo de juego sometido todo el tiempo a una cámara de seguimiento exclusivo. Ése no es Maradona…

El Diego de siempre asumía un rol dominante; imponía su decisión ya sea en el campo de juego o desde el banco de los suplentes y sus asistentes lo ayudaban. Lo que se ve hoy es simétricamente opuesto: el Gallego Méndez y algo menos Adrián González –sus colaboradores- toman las decisiones que Maradona asiente, como si en algunos casos desconociera a sus propios jugadores.

El desnudo rey de su inconmensurable mundo pareciera víctima de unos súbditos que para no alterarlo preferirían suministrarle unos comprimidos sedantes que al mezclarse con el alcohol lo reducen a una peligrosa y cruel caricatura del espanto.

El fútbol necesita recuperar al Diego que era con su desafiante discurso y sus avasallantes contradicciones.

Es ese Maradona el que vive en el corazón encendido de un universo que lo quiere y lo admira sin límites ni condiciones. No pareciera justo que después de ofrecer tanta alegría este Dios de rostro deformado y tono balbuceante termine crucificado en el propio enojo de su indeseado presente.

Maradona no nació para explicar derrotas ni descensos. Tampoco para ser cautivo de contratos ni víctima de aparatos que lo tornan inaccesible para que lo acaricien hijos, nietos, hermanas, amigos o colegas.

Maradona nació para ser feliz y no lo logra.

Alguien secuestró al Diego de la gente.

Devuélvanlo.