
La muerte de Alfredo Bryce Echenique hace unos días ha devuelto a muchos lectores a una evidencia que nunca desapareció del todo: su literatura hizo de la memoria una forma de inteligencia sentimental. El autor fue uno de los narradores hispanoamericanos más reconocibles de su tiempo, no solo por su humor y su melancolía, sino por su capacidad para convertir la experiencia vivida en materia literaria. Su fallecimiento ha sido señalado como la pérdida de una de las grandes voces de la narrativa peruana e hispana contemporánea.
Leer a Bryce Echenique únicamente desde sus títulos más célebres sería insuficiente. Conviene atender también a las ciudades que modelaron su sensibilidad y que terminaron incorporándose a su obra no como decorados, sino como formas de vida recordada. Entre ellas destacan tres ciudades europeas a las que volvió una y otra vez, en su trayectoria y en su escritura: París, Madrid y Perugia. Son tres ciudades que ayudan a entender no solo dónde vivió sino cómo llegó a ser.
París o aprender a mirar desde lejos
París ocupa un lugar central en su geografía sentimental. Allí completó su formación universitaria y vivió una experiencia decisiva de distancia con respecto a Lima. La capital francesa no fue para él una simple escala académica ni un escenario prestigioso al que acogerse, sino un espacio de transformación vital.
Ese matiz es importante. El París de Bryce no coincide con la imagen monumental que tantas veces ha circulado en la tradición literaria hispanoamericana. Es, más bien, una ciudad de aprendizaje duro, de lecturas, sí, pero también de amores contrariados, de fragilidad, de precariedad y de observación de uno mismo lejos del mundo de origen. Por eso reaparece con tanta densidad en títulos como Guía triste de París (1999), donde la propia formulación del título deshace cualquier tentación de mirada grandilocuente.

París fue, además, la ciudad de su amistad con Julio Ramón Ribeyro, un lugar de conversación entre escritores peruanos que compartían exilio, observación irónica del mundo y una relación compleja con el reconocimiento.
La distancia nunca implica ruptura total con Lima. París le permite mirar el origen desde fuera, entenderlo mejor y convertirlo en literatura. De ahí que su novela Un mundo para Julius (1970), aunque profundamente limeña en su materia, no pueda desligarse del todo de esa experiencia europea que enseñó al autor a recordar con mayor lucidez.
Madrid: la conversación como patria
Madrid parece haber representado para Bryce otra forma de arraigo: la de la amistad y la interlocución. En sus declaraciones públicas más tardías insistió en la importancia que la ciudad tuvo para él como espacio de convivencia, trato y continuidad afectiva. No se trata de una observación menor. Toda la obra de Bryce está atravesada por una fe muy particular en la conversación.
Madrid era un lugar especialmente propicio para esa sociabilidad. No solo por la lengua común, sino por la textura misma de su vida literaria y urbana. Frente a la extranjería más marcada de París, Madrid ofrecía un espacio de pertenencia menos desgarrado, más inmediato, donde el escritor podía sostener amistades, circular por el campo cultural y seguir alimentando esa oralidad tan característica de su estilo. La relevancia madrileña no fue únicamente privada, porque la ciudad fue también un lugar de consagración en el espacio cultural en español.

Ese Madrid dialoga muy bien con novelas como La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985), donde la experiencia europea aparece atravesada por la errancia, el humor, la afectividad y una continua necesidad de interlocutores. Las ciudades no se definen solo por lo que se ve de ellas, sino por las voces que contienen. Madrid pertenece, en ese sentido, a la gran tradición de sus lugares conversados, ciudades donde el yo no se afirma aislándose, sino hablando con los otros.
Perugia: el retiro donde nace una voz
Perugia suele quedar en un segundo plano cuando se resume la biografía de Bryce Echenique, pero su importancia es muy considerable. No se trata de una gran capital cultural ni de un enclave habitual en los relatos sobre la literatura hispanoamericana del siglo XX. En Perugia escribió, con apenas veintinueve años, los cuentos de Huerto cerrado (1968), el libro con el que inició su carrera y que obtuvo una mención en el Premio Casa de las Américas.
Ese dato cambia por completo la posición de la ciudad italiana en su itinerario. Perugia no es una simple ciudad evocada al pasar, sino el lugar donde empieza a consolidarse una voz narrativa propia. Si París había sido el aprendizaje de la distancia y Madrid llegaría a ser la ciudad de la amistad sostenida, Perugia aparece como el espacio de concentración, de comienzo y de decantación. Allí se perfila el primer Bryce Echenique, todavía no el novelista de consagración internacional, pero sí el narrador que descubre que puede transformar materiales dispersos de la vida en una prosa con cadencia propia.
Perugia permite, además, corregir una imagen demasiado lineal del escritor hispanoamericano en Europa. No se formó solo en grandes metrópolis ni en los espacios visibles del prestigio; necesitó también ciudades menos estridentes, lugares de retirada donde la experiencia pudiera asentarse y adquirir forma. Esa necesidad armoniza con algo muy profundo de su obra: la tensión constante entre el flujo oral de la memoria y el trabajo silencioso que lo convierte en literatura.
Tres ciudades para una autobiografía sentimental
París, Madrid y Perugia forman así una secuencia muy reveladora. Cada ciudad aporta una experiencia específica y todas juntas componen una auténtica autobiografía sentimental.
El centro, en último término, siguió siendo Lima. Las ciudades europeas no borraron su condición de escritor limeño y peruano. Más bien la hicieron más compleja y consciente. Tantas veces Pedro (1977), No me esperen en abril (1995) o sus antimemorias muestran hasta qué punto su mundo narrativo se construye en esa oscilación entre la cercanía del origen y la lejanía que permite releerlo. Quizá por eso resulte adecuado pensarlo no como un escritor que acumuló ciudades en su currículo, sino que convirtió ciertos lugares en formas de conciencia.
* Profesora titular de Literatura española, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
[Fotos: Agencia literaria Carmen Balcells y archivo]
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