
El artista disidente Ai Weiwei realizó en silencio un retorno inédito a Pekín tras diez años en el exilio europeo, impulsado por el deseo de reunir a su madre de noventa y tres años con su hijo de diecisiete.
Esta visita, según el propio Ai relató a CNN, supuso para el reconocido crítico del régimen chino una especie de reconexión emocional: “Fue como una llamada telefónica desconectada durante diez años que de pronto vuelve a conectar. El tono, el ritmo y la velocidad regresaron a lo que eran antes.”
El viaje, que transcurrió sin incidentes mayores salvo una breve interrogación en el aeropuerto, ha reavivado el debate sobre los nuevos equilibrios de poder y censura en China, donde la presencia y obra de Ai fueron suprimidas sistemáticamente en la última década.
Durante las tres semanas en Pekín, Ai compartió imágenes y videos a través de Instagram, mostrando encuentros relajados con familiares y amigos. Los registros audiovisuales, sin sonido, transmiten una atmósfera distendida, en marcado contraste con el pasado reciente del artista, quien vivió cuatro años bajo arresto domiciliario tras ser acusado de evasión fiscal en 2011 y pasar ochenta y un días detenido sin que se presentaran cargos formales.

El propio Ai destacó a CNN que sus planes para este reencuentro no incluyeron medidas preventivas especiales y que, aunque fue “inspeccionado e interrogado” durante cerca de dos horas en el aeropuerto principal de Pekín, las preguntas resultaron “muy simples”.
La ausencia de nuevas restricciones o represalias gubernamentales despertó interrogantes sobre la actitud actual del régimen ante uno de sus críticos culturales más célebres, así como sobre la eficacia de una política interna que, durante años, se centró en borrar su nombre de la esfera pública local.
Según diversas especulaciones recogidas por CNN, años de censura han logrado reducir el conocimiento y la influencia de Ai Weiwei entre los ciudadanos chinos. A su vez, la decisión estatal de no entorpecer su viaje podría buscar evitar un nuevo escándalo internacional por la negativa de entrada a un artista cuya figura ya ha trascendido las fronteras chinas.

Ai, quien se ha establecido sucesivamente en Alemania, el Reino Unido y Portugal desde que obtuvo la devolución de su pasaporte en 2015, ha aprovechado recientes entrevistas para promover su obra Ai Weiwei on Censorship. En ellas, extendió sus críticas hacia Occidente, sugiriendo que enfrenta “sus propias formas de censura” y vive, a su juicio, “una fase de decadencia”, en contraste con el momento ascendente del contexto chino.
Al explicar las posibles razones por las que China no bloqueó su regreso, Ai elaboró para CNN: “Aunque un país o grupo puede no estar de acuerdo con mis posturas, al menos reconocen que hablo con sinceridad y no en busca de un interés personal.”
La confrontación entre Ai Weiwei y el gobierno chino ha sido larga y pública, marcada tanto por la represión oficial como por las obras críticas que erigieron su reputación mundial. Una de ellas, el documental Hua Hao Yue Yuan (2010), exploró el maltrato sufrido por dos activistas detenidos tras protestar contra el Partido Comunista Chino.
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