
El 30 de noviembre de 2022, el director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, anunció el lanzamiento de ChatGPT a través de un escueto tuit: “Hoy lanzamos ChatGPT. Intente hablar con él aquí: chat.openai.com”. En un mensaje posterior, añadió: “Las interfaces lingüísticas serán un gran problema, creo”. Estas palabras, que parecían minimizar el impacto de la noticia, marcaron el inicio de una transformación profunda en el sector tecnológico. ChatGPT no solo se convirtió en el servicio web que más rápido alcanzó 1 millón de usuarios, sino que también desató una competencia feroz entre las grandes empresas tecnológicas, conocida como las “guerras de la inteligencia artificial”.
La figura de Sam Altman ha pasado de ser prácticamente desconocida fuera del ámbito tecnológico a convertirse en uno de los protagonistas centrales de esta revolución. La biografía escrita por la periodista del Wall Street Journal Keach Hagey, titulada The Optimist, documenta con detalle los momentos clave de la vida y carrera de Altman. El libro explora desde su infancia y una vida familiar marcada por dificultades, hasta su primer emprendimiento fallido, Loopt, su paso por la incubadora de startups Y Combinator y la fundación de OpenAI.
Altman, de baja estatura, complexión delgada, judío y abiertamente gay, rompe con el estereotipo tradicional del “tech bro” de Silicon Valley. Su reputación se forjó más como un hábil generador de redes y recaudador de fondos que como un programador introvertido. Es conocido por redactar extensos ensayos sobre el futuro de la humanidad, lo que refuerza su imagen de pensador y visionario dentro del sector.

La creación de OpenAI representó, en sus inicios, una apuesta por un modelo diferente al de los gigantes tecnológicos tradicionales. La organización nació como una entidad sin fines de lucro, comprometida en su carta fundacional a desarrollar inteligencia artificial para el beneficio de la humanidad y a compartir su código de manera pública. Altman no poseía acciones en la empresa, una decisión que, según explicó en entrevistas, pudo tomar porque ya contaba con una fortuna personal estimada en 1.500 millones de dólares (1.130 millones de libras esterlinas), fruto de inversiones previas.
La hiperconectividad de Altman también jugó un papel relevante en su vida personal y profesional. Según relata Hagey, Altman conoció a su esposo, el ingeniero de software Oliver Mulherin, en el jacuzzi del cofundador de PayPal y Palantir, Peter Thiel, cuando Altman tenía 29 años y ya era director ejecutivo, y Mulherin era un estudiante de 21 años. Thiel se convirtió en un mentor importante para Altman, aunque su influencia en la historia de OpenAI resulta menor en comparación con la de otro personaje destacado de Silicon Valley: Elon Musk.
Elon Musk, propietario de Tesla y SpaceX, fue cofundador y uno de los principales donantes de la versión sin fines de lucro de OpenAI, llegando incluso a proporcionar el espacio de oficinas en los primeros años de la organización. Sin embargo, la relación entre Musk y Altman se deterioró con el tiempo, hasta el punto de que Musk actualmente mantiene una demanda contra OpenAI y ha ofrecido, de manera poco sincera, comprar la empresa. Este distanciamiento se produjo a medida que Altman modificó radicalmente el rumbo de la compañía.

Uno de los cambios más significativos fue el abandono del compromiso de publicar el código de manera abierta. Ante las dificultades para recaudar fondos, OpenAI creó una filial con fines de lucro. Esta decisión generó inquietud tanto entre el personal como en la junta directiva, quienes temían que la visión original de desarrollar inteligencia artificial para el bien común se estuviera perdiendo en la búsqueda de productos rentables y de uso masivo.
El libro de Hagey describe con detalle uno de los episodios más tensos en la historia de OpenAI: el intento de la junta directiva de destituir a Altman como director ejecutivo. La reacción fue inmediata y contundente: más de 700 de los 770 ingenieros de la empresa amenazaron con renunciar si Altman no era restituido. En un lapso de cinco días, Altman recuperó su puesto, fortalecido y con mayor poder que antes.
Actualmente, OpenAI evalúa la posibilidad de transformarse en una empresa completamente privada. Altman, por su parte, ha dejado de ser una anomalía en el ecosistema de Silicon Valley y se asemeja cada vez más a otros líderes del sector. Al igual que otros magnates tecnológicos, se prepara para escenarios catastróficos, adquiriendo terrenos y propiedades en zonas remotas. Además, está previsto que reciba acciones de OpenAI, a pesar de su postura inicial. Incluso, según se menciona en el libro, comparte con Peter Thiel el interés en las transfusiones de sangre joven como posible método para ralentizar el envejecimiento.

The Optimist subraya que, aunque las consecuencias de los modelos de inteligencia artificial sean inéditas, el proceso de su desarrollo sigue siendo profundamente humano. Altman emerge como una figura enigmática, que aparenta actuar con las mejores intenciones, pero que también enfrenta acusaciones frecuentes de manipulación hábil y calculada.
Para quienes estudian la vida de los fundadores de las grandes tecnológicas, persiste una pregunta inquietante: “en un mundo de 8.000 millones de personas, ¿por qué las historias de quienes provocan cambios tan enormes en nuestra sociedad resultan tan similares?”. La biografía de Hagey invita a reflexionar sobre la naturaleza de estos líderes y el impacto de sus decisiones en el rumbo de la tecnología y la humanidad.
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