
La filmografía de David Fincher siempre ha oscilado entre la investigación y la ejecución, a través sobre todo de figuras masculinas con una herida incisiva en el centro de su memoria emocional. Su nueva película, El asesino –que estrenó Netflix el viernes pasado–, insiste en el hombre herido y opta por la lógica ejecutiva. En tres de los sentidos de la palabra: ejecución artística, asesinato y alta dirección.
El asesino es una pieza de minuciosa orfebrería. La cámara siempre está en el lugar preciso, que a menudo es un punto de vista inesperado; la fotografía de Erik Messerschmidt tiene esa frialdad metálica tan fincheriana; el montaje de Kirk Baxter imprime al metraje un ritmo de coreografía hipnótica; la realización sonora es sencillamente superlativa.
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La banda sonora la firman los músicos Trent Reznor y Atticus Ross, e incluye temas de The Smiths; el diseño es del cómplice habitual de Fincher en esa artesanía, Ren Klyce, que ejecuta una auténtica obra maestra. Un cardiograma sonoro que, a un lado u otro de la frontera de los auriculares, nos introduce y nos expulsa constantemente de la intimidad y la psicología del sicario protagonista.
El perfeccionismo se contagia de Christian (Michael Fassbender), el asesino a sueldo, a Fincher, cuya mirada se vuelve tan implacable como la de su personaje. El credo de éste rechaza la empatía; nosotros no empatizamos en ningún momento con él; pero el ojo de Fincher es el de un francotirador que acierta en cada plano, como si siguiera la disciplina militar del sicario al que persigue por medio mundo.
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Aunque la obra sea ejecutada sin margen para el error, la trama empieza con un fallo. Con un cambio, pues sin él no puede existir un relato: por primera vez en su carrera, Christian falla. Después de varios días y noches al acecho, el millonario que debe eliminar llega finalmente a su gran apartamento de París. Después de seguirlo por la mirilla telescópica a través de varias estancias, equivoca el tiro. Esa equivocación pone en marcha la historia que vemos. La perfección no existe. Y la imperfección es necesaria para activar cualquier narrativa.
Cuando llega a su casa en República Dominicana, descubre que en cuanto se supo que no había cumplido su misión dos asesinos fueron enviados dos asesinos a por él, que hirieron gravemente a su pareja. Ella encajó la tortura porque había sido entrenada por Christian y no dijo nada. La deja en el hospital recuperándose e inicia un riguroso proceso de venganza. No descansará hasta acabar con ellos y con las piezas del sistema en que se insertan.
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Los asesinatos subsiguientes vinculan el film tanto con el cómic neo-noir que adapta (de Alexis Nolent y Luc Jacamon) y con la sucesión de pantallas de un videojuego como con el gesto, tan contemporáneo, de pasar imágenes o apps con el dedo pulgar en tu teléfono móvil. Porque pese a haber sido rodado en París, Santo Domingo, Nueva Orleans, Florida, Nueva York y Chicago, el paisaje que prevalece es el de los aeropuertos, las franquicias, los fármacos y los píxeles.
Desde la oficina de WeWork, en ruinas como la propia compañía, desde la que dispara y se equivoca en el prólogo, hasta la app de Amazon en que compra la tecnología que permite clonar tarjetas de acceso en el epílogo, vemos claramente los logos y los productos de McDonald’s, Starbucks, Sominex, Sensodyne, las empresas de alquiler Hertz, Avis y Enterprise o la de envíos FedEx. The Killer destaca por la presencia ininterrumpida de marcas y franquicias, que convierten la película en un catálogo de la iconografía comercial del siglo XXI globalizado.
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Con su despersonalización y su eficacia ejecutiva, la economía de las plataformas es cómplice de todos los asesinatos. Christian accede a los espacios donde asesinar y a los vehículos para huir siempre a través de aplicaciones. Y después de cada llamada, destruye su teléfono móvil. Mide las pulsaciones de su corazón en todo momento. Es una máquina humana que sólo se ha equivocado una vez y que enseguida ha reaccionado para reparar y sepultar ese error en su expediente, en su currículum, en su historial, eliminando a las personas que conocieron su fugaz derrota.

El monólogo de Christian, en voz en off, actúa como ritmo mental de El asesino. Se repite una y otra vez a sí mismo las claves de su método, con su rechazo sistemático de la empatía. Y añade píldoras de una filosofía del extremo pragmatismo y del elogio de la productividad: “El tiempo libre lleva al hombre a la ruina”, afirma. Trabaja como una bestia, sin tregua. Su trabajo es la muerte ajena, de ricos y millonarios, legales o ilegales. La película nos muestra un paréntesis, en el que ultima a sus propios compañeros de trabajo.
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Después de asesinar al taxista que llevó a los asesinos hasta su casa, al abogado que gestiona el negocio internacional de asesinatos por encargo, a la secretaria de éste o a los dos asesinos a sueldo que maltrataron a su mujer, Christian llega a la última pantalla, al encuentro final. No con un supervillano, sino con un cliente. Con un millonario que jamás había pensado en la cadena de producción, en los operarios, en la sangre. Cuando recibió la llamada en que le comunicaban que, extrañamente, la ejecución no había podido producirse, activó por 150.000 dólares un seguro que cubría los riesgos, tapaba las huellas, borraba el error.

La escena tiene lugar en una escenografía de pantallas que reflejan, en al casa del cliente final, las oscilaciones de los mercados bursátiles. Y justo después de que Christian haya retirado el dinero que guardaba en un banco. En ese contexto de flujo de capitales, el asesino decide no asesinar. No eliminarlo. Mueren los pobres, los intermediaros, los asalariados, los profesionales hipercalificados, todos los peones; pero permanece intacta la estructura de los altos ejecutivos, del gran capital.
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La película evidencia que la macroestructura económica y tecnológica en que vivimos facilita infinitamente el trabajo de los asesinos a sueldo, al igual que condena a millones de seres humanos a la soledad o a la explotación de las corporaciones de logística. Y que las víctimas siempre están en la base de la pirámide y no en su cúpula directiva.
Como su protagonista, David Fincher y su equipo hacen su trabajo a la perfección, gracias al dinero que aportan WeWork, Avis o Amazon. Parece un largometraje sobre un sicario, pero en verdad es la ejecución de un gran autorretrato colectivo, auspiciado por Netflix y que cuenta con nuestra absoluta complicidad, porque somos usuarios de la plataforma. Porque formamos parte de ese mismo sistema que, con nuestras cuotas y nuestros datos, no paramos de alimentar.
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[Fotos: prensa Netflix]
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