
Excéntrico, tardíamente reconocido, el británico Edward Burra (1905-1976) realizó una obra poco convencional para su época con una técnica, las acuarelas, que las grandes artes menospreciaron injustamente en el siglo XX.
Desde niño sufrió artritis reumatoide y una enfermedad sanguínea que lo debilitaba por lo que jamás pudo usar un caballete y un lienzo de la manera convencional, así que solía sentarse y utilizar papel grueso colocado sobre una mesa. Esta enfermadad no solo marcó la elección de sus herramientas, sino también le impidió unirse a grupos artísticos, aunque fue brevemente miembro del grupo Unit One de Paul Nash durante los ’30.
Nació, crecío y trabajó en Sussex, lejos de los centros, por lo que su trabajo tampoco solía aparecer en los círculos de legitimación con facilidad. Estudió dos años en el Royal College of Art y en la segunda mitad del ’20 recorrió Francia, donde realizó escenas urbanas, uno de los ejes de su obra. Su primera exposición en solitario tuvo lugar en la Galería Leister, en 1930.
Gracias a Nash conoció las vanguardias y quedó impresionado por las obras de los alemanes George Grosz y Otto Dix, lo que lo llevó a realizar collages y dibujos con un espíritu dadaísta. Además, fue uno de los primeros artistas británicos influenciados por el Surrealismo.
A Burra le fascinaba lo exótico, lo prohibido, y sus piezas tienen un halo de misterio, como un costado salvaje y una carga sensual más que sexual, una tensión que produce cierta incomodidad, como sucede en El bar de aperitivos, una obra de 1930 que se encuentra en la Tate Gallery.
“Existe una extraña tensión entre el barman, el cliente y el corte del jamón en el cuadro. La mujer come distraída, mientras que el hombre corta con gozo y la mira de reojo. La violencia y la tensión sexual parecen estar en juego. Burra era un agudo observador de lo cotidiano, a menudo exagerándolo en caricatura para comentar sobre la sociedad”, dice la descripción de la obra en el site del espacio cultural londinense.
Realizó retratos de los nuevos inmigrantes, marineros, bebedores y prostitutas de las calles de Londres y Nueva York, como pinturas de corte macabro en las que los hombres llevan terroríficas máscaras de pájaros y paisajes e incluso durante la Segunda Guerra diseñó escenografías para obras teatrales y ballets.
Representaba el cuerpo humano de manera lánguida, tal vez porque su propio cuerpo le causaba tristeza, con su artritis reumatoide de manos nudosas como tubérculos. La Tate organizó una retrospectiva en 1973, lo que siginficó su primer gran reconocimiento en vida, por lo que sus obras alcanzaron a partir de allí otro status.
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