(Pixabay)
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La creación artística e intelectual implica sin duda un acto amoroso que produce sentido y valor. Es una experiencia vital de alto voltaje, no solo individual sino intersubjetiva, ya que se completa y se concreta en la recepción activa y co-creadora de los demás. Pero esta experiencia tiene también un costado económico que no se toma debidamente en cuenta, relacionado con la producción de bienes (culturales o no) y con el trabajo humano.

En estos tiempos de pandemia varias editoriales (tanto las más o menos pequeñas, como los grandes grupos) decidieron abrir el acceso a la lectura y descarga gratuita de algunos libros por un tiempo limitado, ya fueran de dominio público o de escritores de su catálogo con derechos vigentes. Hubo quien hizo lo mismo, en redes sociales, pero sin permiso previo de las personas involucradas, que no en todos los casos aceptaron la situación. Si en épocas normales esto hubiera sido calificado como un acto típico de “piratería”, el contexto de emergencia social y sanitaria provocó ásperas discusiones acerca de la circulación de estas obras más allá de la voluntad de sus autores, y puso en jaque la idea de propiedad intelectual y de la literatura como “trabajo” equiparable a otros.

Parece haber un consenso más o menos general sobre el hecho de que escribir literatura da trabajo, y no poco. Eso dicen, generalmente, escritores contemporáneos de todos los géneros (sexuales y literarios). El tiempo invertido para planear y concretar un libro, las lecturas, los años de formación, las casi infinitas correcciones, los penosos bloqueos contrarrestados por rachas de producción intensa, suelen ser tópicos de entrevistas y motivo de discusiones en los talleres a los que muchos alumnos (conscientes de todo ese trabajo que implica convertirse en escritor/a) no dejan de acudir para familiarizarse con prácticas y técnicas (como cualquier persona, en fin, que se prepara para ejercer una profesión, que se entrena en un oficio).

Otra cuestión, mucho más confusa, atañe a determinar si la literatura es un trabajo/profesión/oficio como los demás, y si corresponde que sea remunerado. ¿Se puede/debe cobrar por su resultado? ¿Quienes escriben, prestan servicios como otros empleados o profesionales? ¿Deberían recibir sueldos, honorarios, porcentajes? Los productos del ejercicio literario, ¿son mercancías? ¿El autor/a tiene derecho “de patente” sobre ellas? ¿Cuánto? ¿Hasta cuándo? Aunque en todo el mundo hay leyes de Derecho de Autor, y tal derecho se halla incluido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin embargo reaparecen estas cuestiones que se creían zanjadas. Sobre todo, en el campo de la llamada literatura artística.

María Rosa Lojo
María Rosa Lojo

El trabajo: del “castigo” a su resignificación positiva

¿Por qué, si la literatura creativa, que le ha dado trabajo a sus autores, no es tan fácilmente considerada como tal, a los efectos económicos? En primer lugar, de una manera subliminal o no, creo que aquí juega un papel considerable la idea bíblica de que el trabajo es sufrimiento, por lo menos según la interpretación vulgarizada del Génesis, que impregna nuestra cultura; es el castigo que debemos soportar por haber sido expulsados del Paraíso. Cuando quienes escriben dicen disfrutar de aquello que hacen, se colocan sospechosamente del lado del placer; si algo complace, no sería realmente trabajo ni ameritaría una compensación material. Desde una visión puritana del asunto, ¡hasta podría tratarse de un pecado…!

Sin embargo, tanto la religión judía como la cristiana terminan resignificando positivamente el valor del trabajo, aun en el mundo que sucede a la caída. Y filósofos no precisamente clericales, como Voltaire, definen el mejor estado humano como “cultivar el jardín”. En su célebre novela Cándido, después de atravesar todo tipo de peripecias y calamidades, el pequeño grupo de sobrevivientes que forman Candido, Cunégonde, Paquette, Giroflée, el profesor Pangloss y el ex fraile Martin, encuentra una genuina forma de felicidad cultivando la huerta que les da sustento. Mientras que el riquísimo senador Pococurante languidece en el tedio, hastiado de sus posesiones y riquezas, “cultivar el jardín”, en cambio, proporciona lo justo y necesario. Trae dignidad, plenitud, sentido.

El jardín, o la huerta, del Candido, se propone como una elocuente metáfora del trabajo creador. De la escasa tierra se obtiene mucho, todos llegan a desarrollar sus mejores cualidades, hasta el delincuente se convierte en un hombre honesto. La “pequeña sociedad” recupera la alegría con que Adán y Eva administraban el Edén, antes del pecado.

Voltaire
Voltaire

Trabajo alienado y derecho de autor

La mala prensa del trabajo tiene que ver también con otros factores: el desprestigio y el bajo estatus social y remunerativo de muchas formas de actividad laboral a lo largo de la Historia y, desde luego, con el concepto de trabajo alienado (Marx) que nace de la explotación. Desde diversas formas extremas de opresión, como la esclavitud, hasta formas de alienación modernas más o menos soportables, el trabajador no gozaría realmente del producto de su esfuerzo, enajenado en favor de otro: el dueño de la tierra, de los medios de producción, incluso de su persona misma (el esclavo, convertido él mismo en objeto, en mercancía) o por lo menos de buena parte de su tiempo vital.

Justamente el reconocimiento de un “derecho de autor” intenta subsanar, al menos en parte, la alienación del sujeto con respecto al bien que produce. De esta manera, el autor/a durante su vida, así como sus herederos inmediatos, continúan disponiendo de ese bien cultural y pueden seguir beneficiándose del fruto de ese trabajo.

Podrá discutirse si la compensación es o no suficiente en los hechos, pero, al menos, la existencia de un “derecho autorial” es un gran progreso con respecto a situaciones contractuales que no lo contemplaban. Baste pensar en Emilio Salgari, autor de novelas exitosísimas que sus editores retribuían con sumas miserables. Se suicidó, acosado por las desgracias familiares y las deudas, mientras otros se enriquecieron a su costa. Su vida no fue mejor, en ese aspecto, que la del más alienado de los obreros. Y como tal, tuvo que trabajar sin descanso, para satisfacer el afán de lucro de sus virtuales “propietarios”.

¿Por qué entonces la negativa a ceder gratuitamente derechos autoriales, ha sido vista por algunos como una actitud injusta e insolidaria? Mientras que se acepta (al menos no leí manifestaciones en contra) seguir pagando los servicios de internet y teléfono para bajar contenidos y comunicarse, o el abono de Netflix, o la pizza que se pide al delivery y que probablemente es traída por un trabajador precarizado.

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¿O será ese el problema? ¿Que el derecho de autor –pese a todas las limitaciones impuestas por la poco propicia realidad mercantil— le abre al trabajo literario alguna ventanita de la que otras ocupaciones rentadas carecen, sumadas al hecho de que ese trabajo (resignificada ya su condición mítica e histórica de condena y carga) suele ser percibido por quienes lo practican como una actividad creativa, que da sentido y satisfacción a sus vidas?

En realidad, así deberían poder sentirse siempre quienes trabajan, sin que esto les quitara su derecho a una remuneración por lo que honestamente hacen. La lógica de que “como todos o la mayoría se sienten mal con sus ocupaciones rentadas, quien disfrute la suya, que la haga gratis”, suena sofística, regresiva, retardataria. Sofística, porque muchas personas que no escriben disfrutan de sus trabajos intelectuales o manuales (ya se trate de jardinería o de medicina, de abogacía o de docencia, de programación, de costura, de cocina o de herrería) y no por eso dejan de esperar que se les retribuya por ellos. También, porque la salida para una situación de presunta inequidad no debería consistir en “igualar para abajo” (que todos se perjudiquen), sino en procurar el bien de la mayoría. Y es regresiva porque el derecho de autor (aunque en la mayoría de los casos no cubra las necesidades mínimas) representa una legislación de avanzada con respecto a otros momentos históricos.

Imaginarios del arte y el trabajo

Otros reparos comparan la tarea literaria con los que serían “verdaderos” trabajos: oficios rudos o escasamente calificados, frente a los cuales la literatura representaría en cierto modo una posición de privilegio. Incluso, por su goce implícito (como ya dijimos), o su narcisismo, supondría una cierta inferioridad moral con respecto a esa otra clase de trabajadores, los genuinamente sacrificados, antes quienes los literatos/as deberían inclinarse con reconocimiento y hasta vergüenza.

Al margen de que toda la sociedad, en efecto, tendría que reconocer el gran valor de las tareas que son tan imprescindibles como de bajo estatus en la escala del prestigio, convendría recordar que la literatura tampoco está precisamente en la cúspide de la valoración colectiva (mucho más proclive a detenerse en jugadores de fútbol o estrellas del espectáculo). Si alguien busca fama y fortuna, consagrarse a escribir no parece el camino más rápido ni aconsejable.

Sería bueno detenerse en las varias imágenes culturales que pesan, implícitas, tras la renuencia a equiparar el trabajo literario con un oficio. Una de ellas tiene que ver con la dicotomía histórica entre el trabajo intelectual y el manual. Otra, con la visión del artista como aristócrata. Y otra, por fin, con el concepto de “artista” (genio creador) acuñado, sobre todo, en el Romanticismo.

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Si de lo primero se trata, no hay más que recorrer someramente la Historia para comprobar la asidua desvalorización del trabajo manual frente a la espiritualidad. El mundo antiguo encargaba los oficios físicos a los esclavos, mientras que los hombres libres y en particular los propietarios disponían de ocio para dedicarse al recreo y a los estudios teóricos, adscriptos a una esfera superior, independientes de la mera función utilitaria. En la Edad Media, si bien se otorgó valor a los oficios y corporaciones, estos seguían por debajo del ideal de vida monástica y contemplativa.

El capitalismo, la Reforma protestante, y más tarde la Revolución Industrial, reivindican la producción de riquezas, el trabajo como intervención humana en el mundo, pero los trabajadores son (volviendo a Marx) alienados de lo que producen. Precisamente como signo de hermandad y solidaridad con estos hombres y mujeres sometidos a la explotación, intelectuales y artistas de izquierda preferirán pensar en su propia actividad como otro trabajo, aboliendo el escalón jerárquico entre “los que viven por sus manos” y los obreros del pensamiento.

La relación histórica entre arte y aristocracia juega un papel equívoco. Por un lado, los aristócratas han sido mecenas y empleadores de artistas de todos los ramos. También los mismos aristócratas han producido arte, con la libertad de quien no tiene que preocuparse por el sustento cotidiano. La condición de aristócrata (en tanto perteneciente a la élite de los aristói, los mejores, según la etimología griega) se ha utilizado asimismo como metáfora de la “vida de artista”, situada más allá de las convenciones vulgares (aunque la aristocracia pueda ser en sí misma una clase sometida a reglas a veces asfixiantes de comportamiento).

En nuestro país, como en otros, muchos escritores (sobre todo en las primeras camadas) fueron hijas e hijos de las élites, lo que no necesariamente implicaba riqueza, pero sí capital simbólico y posibilidades educativas. La literatura ocupó en principio en sus vidas un papel no profesional, secundario con respecto a otras urgencias. La generación del ’80 configuró en particular un modelo de escritor (varón), consagrado a la actividad política de construcción nacional, que dedicaba solo sus ocios al placer artístico.

Pero ese modelo de escritor ocasional, refinado diletante, cambió también, con los tiempos. Se fueron incorporando al campo literario actores de las clases medias e incluso bajas. No pocos asumieron el periodismo de manera profesional y lo combinaron con la literatura, como sus antecesores de las élites del siglo XIX, hay que decir, también lo habían hecho. Un miembro conspicuo del patriciado: Lucio V. Mansilla (1831-1913) había narrado, en una divertidísima causerie, “…cómo el hambre me hizo escritor”: Allí fija el comienzo de su carrera periodística (en la que también intentó fungir, sin éxito, como empresario), cuando aceptó escribir, como ghost reporter, una crónica (falsa) de la navegación del río Salado, a cambio de los pesos que necesitaba para la subsistencia en ese momento de su accidentada vida. Ese ficcional (pero convincente) artículo le valió la posibilidad de convertirse en fundador-director del efímero periódico El Chaco.

Victoria Ocampo
Victoria Ocampo

Y, si queremos seguir desmontando el modelo del “artista aristócrata ocioso”, baste recordar al prolífico Manuel Gálvez, otro hijo de “familia tradicional”, autor de una extensa obra y activo militante en favor de la profesionalización de los autores. O a Victoria Ocampo, firme defensora del Derecho de Autor en toda su larga trayectoria como directora de la revista y de la editorial Sur, y no solo allí. Fue miembro, desde su fundación, del primer directorio del Fondo Nacional de las Artes, institución creada para promover y financiar el trabajo de los artistas vivos, en todos los rubros, con los recursos que derivan de las obras ya ingresadas en el Dominio Público Pagante (esto es: el FNA percibe un arancel por el uso de obras cuyos derechos de autor ya han caducado, con el fin de utilizarlo para el sostén de los artistas en la actualidad).

Por último, un modelo siempre influyente es el del artista como creador-transgresor, más allá de todo sistema: el genio romántico, el poeta maldito, el enfant terrible de las vanguardias, disruptivo y rebelde con respecto a toda regulación: tanto las anteriores regulaciones artísticas como las económicas. El genio, tocado por la inspiración, trascendería como un ser especial, iluminado –otra vez aquí la antinomia manual/espiritual– los procedimientos y técnicas, los oficios. Sin desconocer que hay un grado de “trance” en la experiencia estética y que la vocación/pasión, a más de ciertas condiciones naturales, son necesarias (aunque no suficientes) para el ejercicio artístico, esta postura suena un tanto anacrónica en el mundo de hoy.

También corresponde señalar que los movimientos y los artistas disruptivos finalmente ingresan al canon, y desde luego, al mercado. Artistas visuales, como Dalí, o Picasso, hicieron en vida fortunas considerables (y con todo derecho). El “mito del artista famélico” (y eternamente bohemio) se estrella contra muchos ejemplos de la realidad.

Conclusiones: Un trabajo, pero con demanda insuficiente y porcentaje magro

Los bienes artísticos son, desde luego, bienes de un estatuto especial. No se producen en serie, como los industriales. No es lo mismo, obviamente, una lata de tomate que un cuadro o un libro. Las creaciones estéticas provocan interacciones siempre renovadas entre experiencias subjetivas complejas, de comprensión y transformación simbólica de la realidad, que ni siquiera la muerte logra interrumpir. “Escucho con mis ojos a los muertos”, dijo Francisco de Quevedo, hablando del acto de lectura. No entran, pues, en el circuito del simple consumo y el descarte. El tiempo que demanda su “fabricación” es inmedible, no se puede determinar con certeza cuándo comienza un proceso creativo, ni hay recetas fijas para activarlo. No obstante, este proceso desemboca en obras/productos, que no son solo mercancías, pero que en algún aspecto circulan como tales. Y que sin duda existen como fruto de un trabajo (tiempo, expertise, esfuerzo) con derecho a ser remunerado. Con todas sus limitaciones, el Derecho de Autor procura mantener el vínculo entre creadores y obras, e impedir así que ese trabajo se enajene.

Ahora bien, más allá de las buenas intenciones, nos chocamos contra las condiciones del mercado. Escritores y escritoras de nuestro país (sobre todo en ficción artística para adultos), aun percibiendo derechos, ¿pueden vivir de ellos? Las tiradas y las estadísticas de venta así como el porcentaje que se les paga por cada ejemplar, nos llevan a concluir que el número de quienes lo hacen es forzosamente muy reducido. La sobreoferta de libros (o la falta de demanda de los mismos) lleva a narradores como Edgardo Scott, a concluir que la literatura no es un trabajo, al no haber un verdadero requerimiento social que amerite la correspondiente remuneración. También apunta Scott (lo cual es, por lo menos, opinable) que artistas y poetas no aspiran a tenerla. La realidad es que no pueden conseguirla, en la mayoría de los casos, pero dudo de que la rechazaran si la coyuntura lo permitiera.

Como señala Juan Mattio, las condiciones actuales hacen también que a un escritor/a de ficción literaria le parezca muy poco deseable (para su propia experiencia artística) vivir solo de sus magros réditos. Saquemos cuentas: a valores de enero de 2020, y tomando como referencia el dólar Banco Nación, para ganar un sueldo promedio (33.311 $/526 usd), que ya estaba en esa fecha por debajo de la línea de pobreza para una familia tipo, cada escritor/a debería vender 8.000 ejemplares en un año, calculando el habitual 10% de regalías sobre el precio de venta al público (PVP) promedio (unos 500$) de una novela. Esta cifra se considera incluso como bastante exitosa. La inmensa mayoría de los títulos de ficción para adultos no supera los 3000 ejemplares vendidos y las tiradas más usuales están por debajo de ese número.

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Aun cuando se obtuviera esa remuneración modesta, Mattio señala, razonablemente, que entonces un/a escritor/a debería “escribir al ritmo que generan sus necesidades (una novela por año, por ejemplo) y además escribir novelas que le interesen al mercado, lo que puede ser una trampa muy peligrosa.”

Concuerdo con esta idea. Producir literatura a marcha forzada y bajo presión para ganarse la subsistencia diaria (lo cual implica también agradar necesariamente al público –si no se vende, no hay derechos–), no es el mejor camino para desarrollar una vocación artística, ni la excelencia en ella. Por eso los escritores suelen tener otras ocupaciones rentadas, que pueden asociarse de alguna manera a la proyección literaria (desde el periodismo, tampoco demasiado redituable, a la docencia y los talleres de escritura). O bien, sencillamente, otros trabajos muy diferentes pero que les permiten recibir ingresos adecuados.

Los premios literarios institucionales que otorgan subsidios mensuales vitalicios a la creación –el Primer Premio Municipal de Buenos Aires, el Primer Premio Nacional, o el Premio a la Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes–, permiten compensar en mayor o menor medida la orfandad económica que suele acompañar al trabajo artístico. Claro que llegan cuando los premiados se hallan, por lo menos, a la mitad o incluso al final de su vida productiva y ya tienen construida una obra que los ha hecho acreedores de los galardones recibidos.

Que hoy por hoy, tal como están dadas las cosas, la enorme mayoría de los escritores y escritoras, tanto en Argentina como en otros países del mundo, no puedan vivir de sus derechos, no significa que estos (por escasos que sean) no deban cobrarse. Asociaciones como CEDRO, en España, o CADRA, en Argentina, existen para protegerlos, en todos sus aspectos, que no solo atañen a lo económico. Y para mejorar también las condiciones del acuerdo por esos derechos entre creadores y empresas.

Esto no quita que la gratuidad sea posible. Muchos autores –en momentos de pandemia o no– también decidimos liberar a veces la circulación de algunas de nuestras producciones, con fines filantrópicos, didácticos, de difusión o de intercambio: en circuitos de lectores/escritores, recitales o festivales publicados o en vídeo, en portales de investigación (como Academia.edu, donde subimos gratuitamente nuestras obras ensayísticas y tenemos acceso a las de colegas) y en tantos otros medios.

Pero esta decisión únicamente pueden tomarla las autoras y autores de los textos en cuestión. Solo hace falta que se nos pida permiso.

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