Borges, Daktari y Lennon

Por Gabriela Esquivada

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Borges ya era una leyenda a finales de la década de 1960, cuando nacimos los miembros de mi generación perdida: los que fuimos a la escuela primaria durante la dictadura; a los que la Guerra de Malvinas nos encrespó la adolescencia. Los que nos enamoramos de la política en la primavera de Raúl Alfonsín y los que aceptamos que nuestros sentimientos no eran correspondidos durante los años que siguieron, un rechazo que nos dejó secos y de a ratos cínicos.

Cuando fuimos chicos escuchamos muchas veces el nombre Borges, que se incrustó en nuestro paisaje cultural como el de Bambi o el Daktari, con la diferencia de que era alguien que nos esperaba en el futuro: íbamos a leer a Borges cuando fuéramos grandes, porque era un escritor muy pero muy serio y teníamos que crecer para poder entenderlo. Cuando crecimos supimos que ser grande no lo garantizaba, y que eso tampoco importaba porque con entrar un poco en su universo se podía estar más que bien.

Borges era un señor tan importante que los mayores se referían a él como Borges, a secas, no Jorge Luis Borges y mucho menos Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo.

Cuando lo leímos, en la década de 1980, Borges ya no era el polemista del grupo reunido alrededor de Victoria Ocampo y su revista Sur, ni el emblema de la transformación social que comenzó con el golpe de Estado que echó a Juan Domingo Perón, ni el provocador clave de los años en que se confundió al peronismo como el impulsor posible de una patria socialista. Borges era ya el sol del sistema literario argentino, y nadie se hubiera atrevido a confinarlo a una inspección de aves de corral, como hizo el primer peronismo.

Como historias enterradas habían quedado los desprecios de la izquierda: "El odio contra los de abajo es en Borges incontenible", había dicho Jorge Abelardo Ramos. El autor que no nombraba a Perón encarnaba el símbolo del escritor argentino y hasta de la Argentina: antes de Lionel Messi y de Diego Maradona, aquel rincón austral del mundo se conocía fuera por Carlos Gardel y por Borges.

Era un consagrado que en 1961 había ganado el premio Formentor ex aequo con Samuel Beckett, y en 1979 —otra vez compartido, con Gerardo Diego— el Cervantes. Tenía ya trascendencia global, había sido traducido y bien podía recibir la Orden de Caballero del Imperio Británico como una invitación a hablar de literaturas germánicas antiguas en un rincón perdido del planeta.

De izq. a der.: el
De izq. a der.: el poeta Horacio Ratti, Jorge Rafael Videla, J.L.Borges, Ernesto Sábato y el padre Leonardo Castellani (el 19 de mayo de 1976)

Borges era un señor que nos incomodó y nos invitó a contradecirnos. Nos encantaba su literatura no-política que nos abría ventanas al mundo, pero a él, caramba, le había encantado el militar genocida Jorge Videla, a quien le había agradecido en persona el golpe de Estado "que salvó al país de la ignominia". Con ese gesto tachó para siempre su nombre de la lista de candidatos al Premio Nobel. Y sin embargo, aunque la dictadura explotó su prestigio mundial, Borges firmó el 12 de agosto de 1980 una solicitada que pedía, "ante la situación de angustiosa incertidumbre por la que atraviesan los familiares de personas desaparecidas por motivos políticos o gremiales" que se publicaran "las listas de los desaparecidos" y se informara sobre su paradero. Entre políticos como Raúl Alfonsín y Alicia Moreau de Justo, académicos como Gregorio Klimovsky y Boris Spivakow, religiosos como el obispo Jaime de Nevares y el rabino Marshall Meyer, artistas como Leonor Manso y Hermengildo Sábat, se leía su nombre (y también el de otros escritores, entre ellos de Héctor Viel Temperley, Marta Lynch, Adolfo Bioy Casares y Jorge Asís).

Un ejemplar de cubierta ajada,
Un ejemplar de cubierta ajada, como suele encontrarse en las librerías de viejo, de la edición 1974 de las Obras Completas de Borges en un tomo

A los de mi generación nos tocaron, además de las ediciones de obras individuales en Emecé, dos volúmenes gordos de su obra completa. Conservo el marrón, de su obra en colaboración, en bastante buen estado, se nota que no demasiado leído. El verde, en cambio, su obra propia, tiene muchas páginas ajadas y se le desprendió la cubierta, entre las mudanzas y las lecturas con amigos en noches alargadas porque si uno terminaba de leer algo de Inquisiciones otro retrucaba que se fijara en El oro de los tigres, y después alguien más aseguraba que no se podía seguir sin escuchar una cosita de "Pierre Menard, autor del Quijote" (no sé por qué, siempre terminábamos con ese cuento, o con "Funes el memorioso" y la tragedia de su imposibilidad de ver en el perro de las 3:14 de perfil al mismo perro de las 3:15 de frente), y así.

Cantaron los Who en "My Generation": "La gente trata de menospreciarnos (Hablo de mi generación) / Sólo porque hacemos lo que queremos (Hablando de mi generación)". También se aplicó a nuestro Borges: los interpretábamos como se nos antojaba, jactanciosos o devotos. Nos guiñábamos los ojos porque justo que nos tocaba estudiar a Michel Foucault destronar la figura del autor, ahí estaba el gran creador que decía que él no era más que un lector. En cada línea y hasta en una mera palabra de un cuento descubríamos mensajes misteriosos —y a veces descubríamos la pólvora— y nos sentíamos tan, pero tan sofisticados.

Borges era un señor muy pudoroso y lúcido y mordaz del que alguien siempre se sabía una anécdota, como una social media celebrity de hoy. Que le había cambiado el nombre al gato de su empleada doméstica, Pepo, por el de mejor linaje Beppo, por un poema de Lord Byron. Que cuando vio la promoción de un libro de Ernesto Sábato que presentaba al autor como el rival de Borges, comentó bajito qué curioso era que ninguno de sus libros se publicitara como "Borges, el rival de Sábato". Que había sido víctima del descaro de alguien que había hecho circular "Instantes", un poema inspirational, en estilo autoayuda, y le había colgado el sambenito de su autoría.

Borges era un señor que había sufrido por amar a algunas personas, como el poeta nacional Leopoldo Lugones al que dedicó su libro El Hacedor. Allí, en el poema "La Luna", escribió:

"Cuando en Ginebra o Zurich, la fortuna

quiso que yo también fuera poeta,

me impuse, como todos, la secreta

obligación de definir la luna.

Con una suerte de estudiosa pena

agotaba modestas variaciones,

bajo el vivo temor de que Lugones

ya hubiera usado el ámbar o la arena".

También sufrió por Estela Canto, con quien se imaginó "un vasto, complejo y entretejido futuro de felicidad" que se probó imposible. Él tenía 45 años, ella 28; en su primer encuentro caminaron desde la casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, en Recoleta, hasta la casa de ella, en San Telmo; él le propuso ir al Parque Lezama, y allí hablaron hasta el amanecer. "La actitud de Borges hacia mí me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba", escribió Canto en Borges a contraluz. "Gozaba de su conversación pero su convencionalismo me agobiaba. Sus besos, torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente". Borges vivía aún cuando ella remató en Sotheby's el manuscrito de "El Aleph", el cuento que le había dedicado.

Había sido desdichado en el amor hasta que se casó, ya enfermo de cáncer de hígado y mediante la intermediación de papeles en Paraguay, con su compañera de años María Kodama, que se convirtió en una guardiana rabiosamente dura de su obra. Su casamiento con Elsa Astete había terminado en divorcio: otra anécdota-Borges dice que un admirador lo saludó por la calle, en el barrio de Retiro, y le dijo que poco antes había visto a su mujer en una librería, y el poeta ciego sacudió la cabeza porque aquella esposa —argumentó— jamás se molestaría en entrar a un lugar con libros.

Borges no sólo había almorzado los sábados en el restaurante del Hotel Las Delicias de Adrogué, sino que había comido innumerables noches en la casa de Bioy, según supimos cuando su amigo le dedicó un libro entero al recuerdo de esa relación. Juntos habían escrito Seis problemas para Don Isidro Parodi con el seudónimo H. Bustos Domecq; la complicidad entre ellos también se extendió al guión de la película Invasión, un experimento vanguardista que dirigió Hugo Santiago.

Borges había sido un traductor precoz: en la infancia había hecho una versión en castellano de El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Y uno exquisito en la Biblioteca Sur. Por sus versiones, capas geológicas de lectores conocieron a James Joyce, Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling, Herman Melville, André Gide, William Faulkner, Walt Whitman, Virginia Woolf, George Bernard Shaw, G. K. Chesterton, Jack London, y también a Franz Kafka, Hermann Hesse y Novalis, entre otros.

Borges era un anglófilo al que le decían Georgie y escribió su autobiografía en inglés para la revista The New Yorker, en 1970. Había tenido padre y madre, pero parecía que hubiera nacido de la Enciclopaedia Britannica.

Borges fue director de la Biblioteca Nacional desde que el golpe de 1955 lo puso allí, por 18 años: los exactos del exilio de Perón. Antes había estado a cargo de una municipal, la Miguel Cané del barrio de Boedo, y luego sería el bibliotecario ciego y desquiciado de El nombre de la rosa, el best seller de Umberto Eco cuyo título sale, precisamente, de unos versos suyos:

"En el nombre de la rosa está la rosa,

y todo el Nilo en la palabra Nilo".

Borges nos llenó la cabeza de cuchilleros, nos argumentó que el tango valía la pena hasta 1920, nos presentó a Evaristo Carriego, nos habló de la venganza con "Emma Zünz", nos reveló qué creían los gnósticos, nos vacunó contra el nacionalismo (el literario y el otro: todos los temas, de todos los lugares y de todos los tiempos, son del que los quiera), nos confundió en laberintos, nos inventó Buenos Aires como un espacio donde todo sería posible aunque le faltara la vereda de enfrente, nos ofreció lo fantástico en la puerta de nuestras casas cotidianas, nos regaló el amor por Franz Kafka y los géneros presuntamente menores como el policial y en Historia universal de la infamia nos mostró que en la vida nada estaba claro, ni siquiera los límites entre el ensayo y la ficción.

  1. E. Feiling —con quien tuve la suerte de compartir mucho tiempo de lectura del tomo verde— le atribuyó “uno de los mejores poemas de amor de la lengua castellana, ‘H.O.’ (1972), en el que se lamenta de aquello que le endilga su imagen más difundida:

Esas cosas no son. Otra es mi suerte:

Las vagas horas, la memoria impura,

El abuso de la literatura

Y en el confín la no gustada muerte".

Cuando Borges murió —lejos de su país como eligió, en su segunda ciudad, Ginebra— muchos de mi generación nos sentimos tristes, y hasta un poco incrédulos, como cuando seis años antes supimos que habían matado a John Lennon. Presumo que Borges se hubiera vuelto a morir nomás de conocer esa comparación.

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