Abelardo de la Espriella hace campaña con chaleco antibalas y habla en los mítines detrás de un vidrio blindado. La precaución tiene un trasfondo real, pues el país todavía carga con el asesinato de un precandidato presidencial en 2025. Pero De la Espriella convirtió esa protección en una puesta en escena y, con ella, proyecta la idea de que estamos ante algo inédito, una derecha radical tan transgresora que necesita blindarse por todos los flancos. A pocas horas de la segunda vuelta, vale la pena separar el envoltorio del contenido e indagar quién es el líder que está detrás del vidrio y debajo del chaleco. La pregunta es qué tipo de derecha representa frente a la que ha gobernado el país durante décadas.
La respuesta puede resultarle incómoda tanto a sus seguidores como a sus críticos. De la Espriella comparte casi todo el fondo con la derecha tradicional colombiana. Donde se distancia es en las formas y en su relación con las reglas. La continuidad está en el qué y en la ruptura con el cómo. Y esa distinción, lejos de ser un matiz académico, es lo que define el riesgo del proyecto.
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Empecemos por lo que no cambia. La seguridad de mano dura, la economía pro empresa, el conservadurismo en lo cultural y una agenda que, en últimas, favorece a quienes ya concentran el capital. Nada de eso es novedad. Es la columna vertebral de la derecha colombiana desde el Frente Nacional y muy en particular del uribismo. El propio De la Espriella lo reconoce cuando se declara “más uribista que Uribe”. La diferencia con el Centro Democrático no es tanto ideológica como sociológica. Mientras el uribismo se volvió el partido de los estratos altos y de los herederos políticos, como ha señalado el politólogo Yann Basset, De la Espriella recogió el discurso del trabajo y del mérito y le habló a “los nunca”, los que dice que nunca se robaron un peso ni vivieron del Estado. Es el mismo proyecto, pero con otro público.
La ruptura aparece en otro lugar. De la Espriella se presenta como el candidato de la institucionalidad y promete, en su programa, blindar la Constitución y la separación de poderes. Pero ese mismo programa propone, una por una, medidas que se estrellan con el ordenamiento constitucional vigente: la cadena perpetua, que el tribunal tumbó en 2021 (Sentencias C-294 y C-349 de 2021); la aspersión aérea con glifosato, que la Corte suspendió por razones ambientales y de consulta previa (Sentencia T-413 de 2021); y la eliminación de la JEP, incorporada al orden constitucional precisamente para no depender de la voluntad de un solo gobierno (Acto Legislativo 01 de 2017 y Sentencia C-080 de 2018).
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El programa también deja abierta, estratégicamente, la vía del decreto. Es un abogado que conoce con precisión las reglas que promete violar. Ahí está justamente la filiación que él mismo declara con Bukele y con Milei. No se trata de aplicar un programa económico común, sino de una manera de entender las instituciones como instrumento: válidas cuando producen el resultado correcto, prescindibles cuando no.
A muchos les tranquiliza pensar que De la Espriella no tendría mayoría en el Congreso, así que no podría hacer gran cosa. Pero ese es un error de cálculo. La ausencia de mayorías no frena un proyecto iliberal, sino que lo desvía. La falta de votos para reformar por la vía ordinaria abre otros caminos que están contemplados en su propio plan, tales como firmar decenas de decretos en los primeros días, convocar referendos, presionar a las cortes. La debilidad parlamentaria, que con un gobernante respetuoso de las reglas sería un freno, con uno que las considera un obstáculo se vuelve una justificación para soslayar las instituciones. Por eso, el bloqueo legislativo no es tranquilizador. Al contrario, es una condición de posibilidad de su pulsión de gobernar por fuera de las reglas.
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La derecha que estuvo en el poder en Colombia lo hizo ajustada a la Constitución. Cuando la Corte Constitucional le frenó a Uribe en 2010 su intento de gobernar un tercer período, él respetó el fallo. Fue una derecha obligada a buscar coaliciones, a contar con las cortes, a negociar con un Congreso que le imponía límites. Lo que está en juego el domingo no es solo cuál derecha gana, sino qué pasa con esa arquitectura institucional cuando llega alguien que la describe como el enemigo. Esa diferencia no se mide en las urnas. Se mide después, en lo que las instituciones sean capaces de resistir.
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