
La posibilidad de un nuevo fenómeno climático extremo empieza a encender alertas en Colombia. No se trata de una variación cualquiera del clima, sino de un escenario que podría traducirse en meses prolongados de calor intenso, menor disponibilidad de agua y presiones adicionales sobre los ecosistemas y las ciudades.
Las proyecciones del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio apuntan a la eventual formación de un “súper El Niño”, una versión más fuerte y persistente del conocido fenómeno climático. De materializarse, sus efectos no se limitarían a una región específica, sino que tendrían impacto a escala global, alterando patrones de temperatura y precipitación en varios continentes.
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En Colombia, las señales preliminares ya motivan llamados a la prevención. Autoridades ambientales advierten que el país podría enfrentar una combinación compleja de altas temperaturas y periodos prolongados sin lluvias, un escenario que pondría a prueba la capacidad de respuesta institucional y comunitaria.
Desde la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), su director, Alfred Ballesteros Alarcón, fue enfático en la necesidad de anticiparse. “Debemos prepararnos y ser estratégicos ante una posible ola de sequía. En Bogotá y La Sabana ya lo vivimos, ya tuvimos un racionamiento. Hoy hemos tratado de llegar a cada rincón de la jurisdicción CAR con nuestros reservorios y tanques de cosecha de agua, que sin duda ayudarán a nuestros habitantes durante la posible sequía, que podría extenderse hasta 2027”, señaló en su cuenta de X
El antecedente al que hace referencia no es menor. Las restricciones en el suministro de agua en la capital y sus alrededores dejaron en evidencia la vulnerabilidad de los sistemas hídricos frente a eventos climáticos extremos. Ahora, con la posibilidad de un fenómeno más intenso, la preparación cobra mayor relevancia.
A nivel técnico, un “súper El Niño” implica un aumento inusual en la temperatura de las aguas del océano Pacífico. En episodios pasados, como el registrado en 2015, esa variación alcanzó los 2,8 grados Celsius por encima del promedio. Sin embargo, los modelos actuales sugieren que el próximo evento podría igualar o incluso superar ese umbral.

Este calentamiento no solo impacta el océano. Tiene efectos directos sobre la atmósfera, modificando la circulación de los vientos y la distribución de la humedad. En términos prácticos, esto se traduce en sequías más intensas en algunas regiones, mientras otras podrían enfrentar lluvias más fuertes de lo habitual.
De hecho, uno de los aspectos más complejos del fenómeno es su doble cara. Aunque en Colombia predominaría la escasez de lluvias, a nivel global se prevé un incremento en eventos extremos, como inundaciones en zonas donde la humedad atmosférica se acumule en exceso. Esto ocurre porque una atmósfera más cálida tiene mayor capacidad para retener vapor de agua.
Los impactos, además, no se limitarían al corto plazo. Las proyecciones indican que los efectos más marcados podrían sentirse hacia 2027, con posibles récords de temperatura global que superarían los ya registrados en años recientes. Esto refuerza la idea de que el cambio climático y los fenómenos naturales están interactuando de formas cada vez más intensas.
En el caso colombiano, las implicaciones van más allá del clima. Sectores como la agricultura, la generación de energía y el abastecimiento de agua podrían verse directamente afectados. La disminución en los niveles de los embalses, por ejemplo, pondría presión sobre el sistema energético, que depende en gran medida de la generación hidroeléctrica.

Frente a este panorama, las estrategias de adaptación empiezan a tomar forma. Desde la CAR se impulsan soluciones como reservorios y sistemas de recolección de agua lluvia, pensados para mitigar los efectos de la escasez. Sin embargo, expertos coinciden en que estas medidas deben complementarse con una gestión más eficiente del recurso hídrico y una mayor conciencia ciudadana.
El fenómeno de El Niño, en cualquiera de sus versiones, no es nuevo. Ocurre de manera cíclica y ha sido estudiado durante décadas. Lo que cambia ahora es la intensidad con la que podría manifestarse y el contexto climático global en el que se desarrolla, marcado por temperaturas en ascenso.
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