Un reciente descubrimiento en el desierto de La Tatacoa sacudió el panorama de la paleontología sudamericana: un equipo internacional identificó el fósil de la segunda “ave del terror” en Colombia, un depredador gigante de casi tres metros, 15% más grande que el ejemplar hallado previamente.
La investigación fue desarrollada por un equipo de investigadores entre los que se encontraban principalmente colombianos y también, en menor cantidad, de Perú, los Estados Unidos y Argentina.
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El liderazgo de este estudio estuvo encabezado por el paleontólogo argentino, Federico J. Degrange. Sin embargo, el investigador colombiano Luis Gonzalo Ortíz Pabón lideró un estudio preliminar con este espécimen.
Este hallazgo, realizado en el Museo Paleontológico La Tormenta redefine la comprensión sobre la distribución y diversidad de los fororrácidos en el continente.
“Son aves muy carismáticas de las cuales se tiene un registro de hace aproximadamente unos 45 millones de años. Como su nombre lo indica, es un ave que da miedo. Lo usual es que sean muy grandes”, explicó Ortiz Pabón en declaraciones a El Tiempo.
El fósil, bautizado informalmente como “Poncho”, fue encontrado en la misma capa geológica que el primer ejemplar colombiano, conocido como “Paco’.
Ambos restos fueron preservados en el museo fundado por César Perdomo en el municipio de Villavieja (Huila), un espacio que se ha convertido en referencia para investigadores nacionales y extranjeros.

Durante la revisión de los restos de “Paco”, los científicos detectaron otro fósil de mayor tamaño, aunque menos conservado, que inicialmente fue descartado para estudios posteriores.
“Revisamos de nuevo el material y encontramos rasgos diagnósticos muy claros: un puente óseo sobre un canal, algo característico de las aves del terror”, señaló Ortiz Pabón.
Las diferencias entre ambos ejemplares resultan notables. “Paco es grande, pero Poncho es 15% más grande y sus huesos son mucho más robustos. Parece indicar que era un animal más compacto, de constitución más fuerte”, afirmó Ortiz Pabón.
Las estimaciones científicas sitúan el peso de Poncho en 180 kilogramos, frente a los 156 kilogramos de Paco, y su altura rozaba los tres metros, superando a su predecesor por cerca de medio metro.
“Ya era difícil imaginarse a Paco, un ave de dos metros y medio y una cabeza enorme, pero Poncho representa un reto mayor. Es un animal de huesos masivos, de proporciones impresionantes”, comentó el investigador.

El contexto ambiental en el que vivieron estas aves dista mucho del actual paisaje árido de La Tatacoa. Durante el Mioceno medio, la región era un bosque húmedo tropical, con ríos y una fauna diversa. En ese ecosistema, los fororrácidos probablemente ocuparon el papel de depredadores principales, desplazándose con rapidez y cazando presas de mediano tamaño.
El hallazgo de dos aves del terror en el mismo nivel geológico plantea interrogantes inéditos para la ciencia. “El material es muy fragmentario, entonces no podemos saber de ahí para abajo a qué género o especie pertenecen. Se nos abren muchas dudas. Podrían ser especies diferentes, lo cual es muy raro, porque fuera de Argentina no se han encontrado aves del terror conviviendo en las mismas capas. Es la primera vez que ocurre algo así por fuera de ese país”, explicó Ortiz Pabón. Entre las hipótesis que baraja el equipo se encuentra el posible dimorfismo sexual o la coexistencia de dos especies distintas.
“Que hayan dos especies conviviendo también nos abre muchas preguntas: si se trataba de especies diferentes, ¿qué nichos ocupaban?, ¿cómo se distribuían?, o si, por el contrario, se trataba de variaciones dentro de una misma especie”, agregó el investigador.
Más allá de las incógnitas taxonómicas, el descubrimiento tiene un impacto relevante en la comprensión de la biogeografía sudamericana.
“Este hallazgo es importante porque amplía el conocimiento que teníamos de las aves del terror en términos de distribución. Nos confirma la hipótesis del gran intercambio biótico, de cómo participaron estas aves en el movimiento de fauna entre el norte y el sur del continente”, afirmó Ortiz Pabón.

El registro colombiano refuerza la idea de que el Mioceno medio fue un periodo de gran diversidad ecológica en el neotrópico. “En Argentina es normal encontrar varias especies conviviendo, pero en Colombia, en un ambiente tropical como este, es un hecho excepcional. Nos permite empezar a entender cómo se dio la evolución y dispersión de estos animales en ecosistemas distintos a los de las pampas del sur”, puntualizó el investigador.
El avance de las investigaciones en La Tatacoa ha transformado la percepción científica sobre la región. “Hace muchos años se decía que en la Tatacoa ya no había nada nuevo por descubrir. Sin embargo, con los hallazgos recientes —no solo de aves del terror, sino también de xilópalos, mamíferos y estudios de isótopos— estamos viendo que este es un ambiente mucho más complejo de lo que se pensaba. Hoy tenemos más preguntas que respuestas”, reconoció Ortiz Pabón.
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