
En el 2000, Tom Hart Dyke, que en ese entonces tenía 24 años, dejó la tranquilidad de su hogar, el castillo de Lullingstone en Kent, Inglaterra, para atravesar la inhóspita selva colombiana en busca de especies únicas de orquídeas. Su pasión por la botánica, alentada desde la infancia por su abuela, lo había llevado a recorrer medio mundo recolectando semillas raras, pero sin imaginarlo ese interés casi le cuesta la vida.
Tom y su compañero de aventuras, Paul Winder, un banquero británico que tomaba un año sabático, se adentraron en el Tapón del Darién: la franja selvática que separa Panamá de Colombia y que por varios años se convirtió en el paso terrestre obligado para que miles de migrantes de diferentes nacionalidades llegaran a Estados Unidos.
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De acuerdo con su relato a BBC, ignoraron las advertencias oficiales, y, por el contrario, aceptaron la guía de lugareños mientras cruzaban uno de los territorios más agrestes y desconocidos del continente.
El 16 de marzo, a solo 45 minutos de salir del Darién, tres adolescentes armados y con uniforme los habrían interceptado. Pronto llegaron más guerrilleros de una facción vinculada a un grupo armado ilegal, sin detallar de cuál se trataba.

Los británicos iniciaron entonces un cautiverio de nueve meses plagado de incertidumbre y miedo. Al poco tiempo, uno de sus captores les anunció: “Tienen cinco horas antes de que les volemos la cabeza”, Paul Winder se entregó a la oración.
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Tom, en cambio, recurrió al cuaderno que mantenía oculto y comenzó a dibujar el boceto de un jardín soñado: un mapa del mundo donde cada región estaría representada por ejemplares de plantas obtenidas en sus viajes y semillas enviadas durante años a Inglaterra.
“Comencé a garabatear un jardín. Mi esperanza era la vegetación (...) Pensé: haré un mini mapa del mundo en el terreno, y en cada región sembraré las semillas que he ido enviando a casa”, relató al medio citado. Ese ejercicio lo acompañó durante el encierro, tanto en días de relativa calma como en jornadas de agotamiento, frío y desplazamientos forzados a través de la selva.
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Los guerrilleros en ocasiones le permitieron hacer patrullas armadas para recolectar orquídeas; Tom montó pequeños jardines en los precarios campamentos, aunque nunca dejó de estar expuesto al peligro constante.
“No estamos acostumbrados a ese ambiente. Ellos eran muy fuertes y no siempre podíamos seguirles el ritmo. Hubo momentos malos, momentos buenos, momentos aterradores y momentos fantásticos”, indicó al medio citado.
Después de nueve meses de avances y retrocesos en la selva, los captores, tras un inesperado cambio de actitud, anunciaron a Tom y Paul que quedaban libres. Devolvieron sus pertenencias, les indicaron una ruta de escape y les advirtieron que no volvieran jamás.
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“Llegamos a este increíble valle, y uno de los soldados vino y simplemente dijo: ‘Tom y Paul, son libres de irse. Si alguna vez regresan o traen a alguien aquí, los torturaremos a ustedes y a sus amigos y los ejecutaremos. Y aquí están todas sus cosas’”, recordó.
Pero la travesía por el Darién no terminó allí: tras un cruce fallido y días de desorientación entre pantanos, la pareja de exploradores volvió a caer en manos guerrilleras antes de encontrar finalmente la libertad, a quienes les tuvo que explicar que la otra facción del grupo los había liberado.
“Terminamos en un pantano y pasamos días sumergidos en agua... no quiero ser dramático, pero era como una película de Indiana Jones: las serpientes realmente cuelgan de las ramas. Para dormir, flotamos sobre masas de raíces entre dos árboles”, relató.
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La incredulidad fue tal que, al contactar a la embajada británica, un funcionario les comunicó que figuraban como fallecidos. Lograron ser repatriados, y el propio Tom necesitó semanas para recuperarse.
De regreso al castillo familiar y tras repasar el diario que lo había mantenido cuerdo, Tom se propuso hacer realidad el jardín que había concebido en su mente durante el secuestro. En 2005, The World Garden abrió al público en los terrenos de Lullingstone, con miles de especies recolectadas por el mundo, incluidas aquellas que Tom imaginó cuando creyó que no sobreviviría.
“Colombia me hizo quién soy. Me hizo darme cuenta de que debo vivir cada día al máximo”, expresó Tom Hart Dyke, quien hoy lleva el legado familiar de exploradores y botánicos, y que incluso da crédito a sus captores por el motor que le permitió materializar su mayor obra.
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